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«Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma» es, para mí, el mejor poema de Jaime Gil de Biedma (1929-1990). Figura en las páginas 32-35 de su librito Poemas póstumos, sexta entrega de la colección «Poesía para todos», Madrid, 1968 (digo lo del librito porque tiene cuarenta páginas y tan sólo doce poemas, aunque se cuenten entre ellos algunos de los más hermosos que se han escrito en castellano en los últimos cien años). Fue en verano de 1996, y en su casa de campo de Nava de la Asunción (Segovia), cuando Jaime escribió este poema, que evoca a su vez sucesos del verano de 1965, pues existe una fotografía de agosto de ese año en la que puede verse a algunos de sus personajes en la piscina de la casa (foto reproducida por Shirley Mangini en su Gil de Biedma, Madrid, Júcar, 1980, pág. 103).

Paradójicamente, cuando «el otro» Jaime Gil de Biedma hace que Jaime Gil de Biedma se suicide después del último verano de su juventud, lo que está haciendo es salvarse a sí mismo, y ello en la medida en que no concibe seguir viviendo una vez ida la juventud y, por lo tanto, tiene que morir, siquiera en el poema. «Después de la muerte de J. G. de B.» es una pieza memorable. Resulta fácil percibir su huella en un amplísimo abanico de poetas contemporáneos, desde Miguel Veyrat a Miguel d’Ors, pasando por mí mismo. Otros autores, como Julio Martínez Mesanza, no aprecian lo más mínimo la  obra poética de Jaime, una poesía de rigurosa «línea clara» y alta calidad expresiva que, dependiendo del lector, puede fascinar o irritar, pero que a nadie deja indiferente.

DESPUÉS  DE LA MUERTE DE JAIME GIL DE BIEDMA

En el jardín,  leyendo,
la sombra de la casa me oscurece las páginas y el frío repentino de finales de agosto
hace que piense en ti.

El jardín y la casa cercana
donde pían los pájaros en las enredaderas, una tarde de agosto, cuando va a oscurecer y se tiene aún el libro en la mano,
eran, me acuerdo, símbolo tuyo de la muerte.
Ojalá en el infierno
de tus últimos días te diera esta visión un poco de dulzura, aunque no lo creo.

En paz al fin conmigo, puedo ya recordarte
no en las horas horribles, sino aquí en el verano del año pasado, cuando agolpadamente
-tantos meses borrados- regresan las imágenes felices
traídas por tu imagen de la muerte …
Agosto en el jardín,  a pleno día.

Cerca de la piscina
vasos de vino blanco dejados en la hierba, calor bajo los árboles. Y voces
que gritan nombres.
                       Ángel,
Juan, María Rosa, Marcelino, Joaquina
-Joaquina de pechitos de manzana.
Tú volvías riendo del teléfono
anunciando más gente que venía:
te recuerdo correr,
la apagada explosión de tu cuerpo en el agua.
Y las noches también de libertad completa
en la casa espaciosa, toda para nosotros
lo mismo que un convento abandonado,
y la nostalgia de puertas secretas,
aquel correr por las habitaciones,
buscar en los armarios
y divertirse en la alternancia
de desnudo y disfraz, desempolvando
batines, botas altas y calzones,
arbitrarias escenas,
viejos sueños eróticos de nuestra adolescencia,
muchacho  solitario.
                   ¿Te acuerdas de Carmina,
de la gorda Carmina subiendo la escalera
con el culo en pompa
y llevando en la mano un candelabro?

Fue un verano feliz…
                   El último verano
de nuestra juventud  dijiste a Juan
en Barcelona al regresar
nostálgicos,
y tenías razón. Luego vino el invierno,
el infierno de meses
y meses de agonía
y la noche final de pastillas y alcohol
y vómito en la alfombra.
                     Yo me salvé escribiendo
después de la muerte de Jaime Gil de Biedma.

De los dos, eras tú quien mejor escribía.
Ahora sé hasta qué punto tuyos eran
el deseo de ensueño y la ironía,
la sordina romántica que late en los poemas
míos que yo prefiero, por ejemplo en Pandémica.
A veces me pregunto
cómo será sin ti mi poesía.

Aunque acaso fui yo quien te enseñó.
Quien te enseñó a vengarte de mis sueños,
por cobardía, corrompiéndolos.


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