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No hay día sin su partido de fútbol. Sueño o pesadilla para millones de personas en este planeta. En este comienzo de verano han coincidido en el tiempo las dos competiciones regionales futbolísticas más importantes: la Eurocopa, que se disputa en Francia entre el temor a los atentados y el salvajismo hooligan, y la Copa América, que se celebra en un país como Estados Unidos donde la emigración hispanoamericana está transformando, poco a poco, los gustos deportivos entre los más jóvenes. Quizá sea este un buen momento para recordar a Jacinto Miquelarena y sus crónicas deportivas en las que recordaba que “el sentido sportivo, además, ha despertado el sentido de la juventud, llegando al descubrimiento de que se puede ser joven mucho más tiempo de lo que se era antes”.

Miquelarena es hoy en día un escritor relegado al olvido, aunque haya quien considera que sus trabajos, vinculados en cierta medida con la generación del 27, forman parte de la mejor tradición prosista española. Más allá de sus posturas políticas −fue uno de los miembros fundacionales de Falange Española−, este ostracismo literario es consecuencia directa de la aparente incompatibilidad, construida por unos intelectuales cegados por el inconsistente elitismo cultural, entre la creación artística y el deporte. Y es que algunas de las mejores páginas de Miquelarena están consagradas al deporte y las emociones que éste origina. Ha costado escapar del falso esnobismo que desprecia el deporte como un entretenimiento de masas simple y tonto. Aunque aún hoy seguimos teniendo escaramuzas que lo atacan, quizá porque no sean conscientes que “el sport ha entrado en nosotros al arma blanca. Ya no es un juego al margen; ya no es una actividad complementaria y elegante, como un té de las cinco. El sport penetra en toda nuestra vida para empaparla de sentido sportivo. Los negocios son un juego y hay que saber ganar y perder. La política es un juego y hay que saber perder y ganar”.

Nacido en 1891, Miquelarena fue la representación de la emergente burguesía desarrollada en el Bilbao de finales de siglo, esa ciudad a la que algunos caracterizaron rimbombantemente como la Atenas del Norte. En su juventud, como buen hijo de su época y de su clase social, estudió en Inglaterra, viajó alrededor del mundo (“sí; el viaje es un gran sport en el stadium del mundo”) y comenzó a apasionarse por el deporte. Aunque pueda sorprender por su deriva política posterior, engrosó en su juventud las filas del nacionalismo vasco y, por esa razón, consiguió participar de la creación de Excelsior (1924), el primer diario español dedicado exclusivamente al deporte de carácter apolítico que pretendía sanear económicamente las pérdidas del resto de publicaciones del Partido Nacionalista Vasco. En la posterior década de los treinta, al tiempo que daba el salto al ABC madrileño y a la dirección de la revista deportiva Campeón, Miquelarena se acercó al reducido grupo de escritores que secundaron a José Antonio Primo de Rivera en su proyecto falangista. Con todo, su prosa se mantuvo distanciada de la habitual retórica grandilocuente del fascismo español.

Era un espectador perspicaz, que construía sus crónicas deportivas y sus libros de viajes sobre un humor sutil, jovial y conscientemente contradictorio. Sus frases aún se leen como golpes breves y directos, que no dejan indiferentes. Por ejemplo, “lo lamentable es que se va al sport con un viejo equipaje de pasiones y debilidades, que en el sport se inflaman y se irritan. Y, sobre todo, porque no se va al sport con lealtad” o “el juego veloz [en el fútbol], a base de una geometría primaria, es un buen juego y el más bello, a mi juicio. Pero es el más difícil. Se necesita lo que no se encuentra fácilmente: vigor en el hombre, entusiasmo y corazón”. Y es que, por encima de los condicionantes políticos franquistas que limitaron notablemente la lucidez de su escritura durante la guerra civil en un recién estrenadoMarca, nos encontramos ante un creativo y centelleante escritor deportivo. La prueba más evidente es Stadium (Notas de sport) (1934), probablemente el primer libro en español que intentó elaborar una reflexión global sobre las implicaciones sociales y culturales de ese imparable fenómeno cultural de masas de la época que era el sport moderno. Como es evidente, el texto ha envejecido porque algunas de sus opiniones son extemporáneas, pero deberíamos sumarlo al canon clásico de la literatura deportiva. O, mejor dicho, quizá deberíamos comenzar a elaborar dicho canon. Porque también en este campo la desmemoria abunda. ¿Cuántos cronistas deportivos conocen lo que hacían sus antepasados?  

Entre las páginas de Stadium encontramos múltiples y valiosas observaciones sobre el fútbol, el boxeo, el ciclismo, el tennis o el automovilismo. El periodista vasco era consciente de que el deporte había penetrado en la vida para transformarla y «empaparla de sentido deportivo». Al leer sus opiniones sobre el fútbol, nos detenemos a cada instante para degustar el aroma original de unos conceptos o palabras en desuso en nuestro idioma (grupo de galería, tercer back, goal-keeper, etc.), que nos hablan de un pasado lejano y de unos protagonistas que comenzaron a jugar «por la emoción y el olor de caerse en el césped». Y si queremos fijarnos en las notas sobre ciclismo, nos sumergimos en la poética oculta que encierra el pedaleo del héroe: «va la ruta, trecho a trecho, haciéndose trepidante, y sonora, y multicolor, porque canaliza la batalla de la carretera». Y es que, para Miquelarena, “la labor [del ciclista] no es dulce. Hay que luchar un día y otro en la carretera, que se retuerce, que se endereza, que muerde, que se tira a un barranco. Hay que luchar con el hambre y con la sed, con el calor y con el frío. Hay que luchar con la comitiva, llena de explosiones y de klaxon, amenazante con sus aletas y con sus ruedas, que trepida cerca siempre de las bicicletas frágiles, entre nubes de polvo

Su escritura es ácida y elocuente. Miquelarena era capaz de encerrar la magia del deporte, con sus virtudes y defectos en una sola frase. Del boxeo decía que, “a fuerza de recibir guante, todos los boxeadores se parecen. Cabezas taylorizadas. Ford no haría otra escultura, si fuera escultor”. Del fútbol nos ha legado reflexiones que siguen vigentes: “una carga limpia, robusta, al adversario, es el escape de todo ese sobrante de vitalidad que, si se prohíbe la carga, desciende casi siempre a los pies. Y los pies, en fútbol, deben destinarse al balón exclusivamente” o “Imagínense ustedes el terrible espectáculo de lanzar un pedazo de carne, uno solo, a una jaula de leones hambrientos, por los barrotes de arriba. Es el corner”.

Pero los que peor salían parados de su pluma fueron, y continúa siendo un referente habitual, los árbitros: “al único ser que no se le tolera el instinto de conservación es al árbitro”, “se puede saber el número de hijos que tiene cada árbitro por el lugar del campo en que se coloca en cuanto silba el término del partido. Si ese lugar es el más lejano al punto de salida hacia el vestuario, no cabe duda: el árbitro es soltero” o “sin temperatura no hay fútbol. Para que un árbitro sea un buen árbitro tiene que ser un mal árbitro. Un árbitro no puede cazar el off-side como se caza un conejo; tiene que cazar el perro para que nos divierta”.

¿Por qué leer hoy a Miquelarena? Porque Jacinto Miquelarena señaló una parte del camino que transitamos en la actualidad. Pasarán los años, pero seguiremos comprobando que nuestros deseos, sueños e inquietudes son muy semejantes a los de las generaciones anteriores. Además, nos legó algunas sabias intuiciones que deberíamos tener en cuenta como aficionados: no hay nada «más estúpido que el envenenamiento de nuestras horas de descanso con una serie de preocupaciones, que serían ridículas si, en el fondo, no fueran vergonzosas». En el fondo, no lo olvidemos nunca, el deporte es una herramienta heterogénea y ambivalente que nos anima a mantener la alegría y el optimismo.

 


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