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LAUDATIO

El año pasado, en una ocasión como esta, destaqué de la figura del fundador, Antonio Fontán Pérez, marqués de Guadalcanal, tres características que, a mi juicio, hicieron de él una figura eminente, verdaderamente ejemplar. En primer lugar, su deseo de conservar de la tradición lo que sigue siendo vigente, fecundo, civilizador, integrador, sabio. Después, su liberalidad máxima: el placer por el individuo en su individualidad, en su singularidad, lo que le dotaba de una tolerancia genuina e infalible. Finalmente, su condición de maestro de la amistad, de genio de la amistad. Los discípulos de Platón decían: «Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad» para destacar el compromiso del filósofo con las ideas antes que con las personas. Yo creo que don Antonio diría: «Amigo de la verdad, pero más amigo de mis amigos»; o quizá: «La amistad —la fidelidad a las personas reales— es la única y principal de las verdades, por encima de creencias y de códigos».

Se verá que estas características adornan también al premiado de hoy. Por eso creo que don Antonio estaría muy complacido de la persona que este año obtiene el premio que lleva su nombre.

 

EL AUTOR DEL ARTÍCULO PREMIADO

Valentí Puig nació en Palma en 1949. Realizó estudios de Filosofía y Letras. Es periodista y escritor (en catalán y en español). Como periodista, es colaborador habitual de diversas publicaciones, entre otros medios, ABC —fue corresponsal en Londres—, El País, Diario de Mallorca y La Vanguardia. Ha desarrollado una extensa actividad literaria fundamentalmente escrita en catalán: poeta, dietarista, narrador y ensayista. En el ámbito catalán ha obtenido los más prestigiosos premios, como el de novela Ramon Llull en 1987 con Somni Delta (Sueño Delta); el Premio Josep Pla 1998 por L’home de l’abric (El hombre del abrigo), una aproximación novelada a la vida y obra del propio Josep Pla; el Premio Nacional de la Crítica en narrativa en catalán en 1999 por su libro de relatos Maniobres privades,y en 2006 el Premio Sant Joan de Narrativa por La gran rutina. Otros libros narrativos son Dones que fumen (Mujeres que fuman), cuentos, y Complot, novela. Es autor de varios dietarios como En el bosque o, hasta ahora el último publicado, Rates al jardí (Ratas en el jardín). Ha escrito libros de viajes sobre ciudades —Dublín, Palma—. Es editor de un Diccionario Pla de Literatura y de varios ensayos o de índole miscelánea como Cien días del milenio, entre otros títulos.

Si tuviera que compendiar la variedad de la obra de Valentí Puig diría de ella que es la obra de un hombre culto. ¿Qué entiendo por una persona culta?

Ser culto no significa acumular conocimientos de historia sino tener conciencia histórica, convertir la naturaleza en historia, practicar un cierto escepticismo atento a la pluralidad, a la complejidad, a la diversidad atomística de la realidad; alergia a las síntesis precipitadas y pretensiones maximalistas atemporales. No es el nihilismo del todo vale porque la historia enseña que el número de buenas ideas alumbradas por la humanidad es pequeño y controlable. Al contrario, el historicismo hace de las ideas algo racional, susceptible de deliberación, crítica, revisión y, en su caso, abandono.

Por otro lado, ser cultura implica una recepción crítica de la tradición. En ella se encuentra un ensayo de solución colectiva a problemas reales de convivencia, sabiduría atesorada y confirmada por la experiencia, aprendizaje colectivo, consenso de generaciones que sería estúpido ignorar.

En resumen, ser culto incluye relativismo delicado y sabio conservadurismo.

Defiendo que Valentín Puig es el paradigma del hombre culto. Sin duda acumula muchos saberes, como sugieren la lista de los libros citados y su afición a tantas cosas.

Pero lo que le caracteriza no es tanto eso, que también, sino sobre todo esa doble condición de hombre culto antes descrita.

De un lado, hombre con conciencia histórica, con ese sano relativismo que atempera las pretensiones de absolutismo en todas las esferas: política, cultural, nacional. Hombre atento a las singularidades, a los rasgos característicos, a las peculiaridades de cada individuo, cada pueblo, cada cultura, en su complejidad, en su rica pluralidad, en su diversidad irreductible a un ideario, a un programa político, un plan.

Ese sensus para lo particular le hace hedonista, sabiamente placentero con las cosas de este mundo: la mesa, la lectura, la conversación, el eterno femenino que nos eleva. Ese aprecio y la familiaridad con lo contingente, lo cambiante, lo mortal, pero en cuanto mortal, querido, amado, apreciado en su mortalidad, vulnerabilidad, fugacidad transeúnte. Contra la ansiedad de lo nuevo, el anhelo de novedades, el adanismo que cree estrenar el mundo cada día, ese empezar de cero que destruye por estupidez, por ignorancia, por insensibilidad, por incultura, contrapone el premiado un transar, pactar con la realidad del mundo en su estructura, pactar también con los otros y ser puente. Valentín tiene algo de pontífice, pero de un pontífice que hace de puente sin pontificar.

De otro lado, Puig es un conservador sabio. Un hombre inteligente es quien se proporciona los medios para obtener fines; uno sabio es quien elige bien los fines. Y para ser sabio hay que reconocer que flotamos sobre un lecho de tradiciones que conviene no olvidar ni despreciar sino conservar. Valentín Puig se parece a esos conservadores de registro anglosajón, como Burke, como Oakeshott. Este último escribió un ensayo luminoso titulado « ¿Qué es ser conservador?» (1956) publicado en El racionalismo en la política y otros ensayos. Allí describe la «disposición conservadora», la cual «estima el presente, y no se estima por sus conexiones con una antigüedad remota ni porque se reconozca como algo más admirable que cualquier alternativa presente, sino a causa de su familiaridad». «Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica».

Estas palabras del filósofo inglés describen muy bien, creo yo, la actitud de Valentín Puig: historicismo, conservadurismo crítico, sabiduría. Eso define su verdadero genio. Por eso cultiva todos los géneros: porque el género es solo un instrumento entre varios para producir y proyectar su mayor talento: su persona de hombre culto.

El ARTÍCULO

El artículo premiado —«Catalunya en todo y por partes»— es un texto de corroboración de lo antedicho: el artículo de una persona verdaderamente culta.

Advierte en él contra los maximalismos, los costes cuantiosos del todo o nada que perjudican a Cataluña, «mientras —dice— el realismo sin ambigüedad presenta más opciones abiertas». Propone el deslinde entre catalanismo y Cataluña, siendo la primera solo una opción política entre varias presentándose a sí misma como un todo. Y para demostrarlo recorre la historia, la visita girada por Alfonso XIII a Barcelona en 1902 y los artículos de Joan Maragall sobre ese acontecimiento.

El artículo contrapone la simplificación, el maximalismo reductor y monocorde, frente al reconocimiento de la pluralidad, diversidad, riqueza y complejidad de la realidad. El artículo es un homenaje a la seriedad de la realidad. Y eso es propio de los hombres sabios y cultos.

Por eso concluyo que el premio está muy bien otorgado y me alegro mucho por ello. Y felicito cordialmente al autor y a la Fundación. Gracias a todos.


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Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho. En 1993 ganó las oposiciones al cuerpo de Letrados del Consejo de Estado con el número 1 de su promoción. Desde 2003 es director de la Fundación Juan March. A lo largo de una década publicó cuatro libros en torno a la ejemplaridad: Imitación y experiencia (2003), Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible (2013). Ha reunido su producción ensayística en dos compilaciones: Tetralogía de la ejemplaridad (2014) y Filosofía mundana. Microensayos completos (2016). En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo por su primer libro. Es patrono del Teatro Real y del Teatro Abadía. Miembro del Consejo de Dirección de Nueva Revista.