Compartir:

Aparecido en pleno auge de la llamada «poesía social», algún sector de la crítica ha venido considerando Historia del corazón como integrado en esta corriente poética. Son principalmente dos de los poemas del volumen los que más se acercan a esta categoría y justificarían tal adscripción: el siempre antologado «En la plaza» y «El poeta canta por todos». En ambos el poeta se funde con la oleada humana, haciendo uso precisamente de imágenes marinas, pero de un mar que ya no es cósmico sino el latido de un corazón unánime.

No obstante, el poemario en su conjunto es más existencial que social, existencial en un sentido más participativo, bien es verdad, de lo que había venido siendo la poesía de Aleixandre hasta entonces. Es un libro escrito desde el «nosotros» de la condición humana compartida, que deriva hacia cierto tono gnómico o sapiencial: «Hermoso es el reino del amor, / pero triste es también».

Incluso cuando el poeta echa mano de la segunda persona no lo hace para particularizar a un interlocutor sino para situarse en un estadio medio entre la autorreflexión y el «tú» universal, reclamando la participación del lector; diríamos que es el «tú» del autodescubrimiento y de la búsqueda de convicción: « ¿Lo sabes? Todo es difícil. Difícil es el amor. / Más difícil su ausencia. Más difícil su presencia o estancia. / Todo es difícil… Parece fácil y qué difícil es / repasar el cabello de nuestra amada con estas manos materiales que lo estrujan y obtienen» («Difícil»).

El lenguaje de Aleixandre se ha hecho más directo, más terso, más cercano al coloquio sin renunciar al largo aliento de los versículos que caracterizan toda su poesía, aunque sin el vuelo visionario anterior a la guerra, lo que da como resultado una rehumanización de su obra que venía ya desde Sombra del Paraíso.

No hay que ver en este descenso a lo terreno una renuncia. En Historia del corazón el rendimiento lírico de esta especie de sumisión rasante es palpable, pues los poemas ganan una tensión que abre la poesía de Aleixandre hacia un intimismo ensanchado que culminará en la gran obra de madurez, Poemas de la consumación, del que aquí se adelantan tonos y temas.

Esta tensión, que da fuerza a los textos, se observa en la continua lucha entre la conciencia del peso terreno de la existencia y lo alado y sublime del amor, del deseo, de los sueños y las aspiraciones compartidas. Así, el cuerpo de la amada se convierte en «solo sonido de mi voz» («Mano entregada»); el protagonista de «El viejo y el sol» se eleva de su onerosa ancianidad en un rayo de sol, convertido en pura luz; o la amada se transfigura en medio de una naturaleza fertilizadora («En el bosquecillo»); incluso las imágenes de elevación y surgimiento hacen que la masa social pierda su horizontalidad para elevarse a otro estadio.

La palabra «historia» del título es índice de un transcurso humano. El libro es el recorrido del corazón del hombre y su crecimiento desde la infancia («La mirada infantil» se titula una de las secciones), pasando por el encuentro con el otro, tanto en el amor como en la convivencia social, hasta llegar a esa vejez que se deslíe hacia otra luz… ¿o hacia otra oscuridad? En un diálogo literario con el Rubén Darío de «Lo fatal», Aleixandre dice sí saber a dónde vamos y de dónde venimos, pues somos «entre dos oscuridades, un relámpago», pero también dialogando con Quevedo escribe: «alma más bien en que todo yo he vivido» («Mirada final»).


Compartir: