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Henri Michaux nació en Namur, Bélgica, el 24 de mayo de 1899, donde pasó una infancia y adolescencia retraída y lectora.

A los 20 años abandonó sus estudios de Medicina y se embarcó en un mercante hacia Suramérica. Dos años después vuelve a la detestada Bruselas y la lectura de Lautréamont le incita a escribir. En 1924 se instala en París. Del Surrealismo sólo le atrae la pintura, Paul Klee en especial: el descubrimiento de una plástica que no se limita a copiar la realidad le conmociona profundamente. En 1927 publica “Quién fui” en la N.R.F. “Esto no es Literatura”, protestan algunos, y Michaux está pronto a darles la razón; el concepto tradicional de poesía le parece narcisista y vacuo. Fruto de sus viajes por América y Asia son Ecuador (1929) y Un bárbaro en Asia. El costumbrismo le deja indiferente, los viajes son para él una confrontación con su propio interior. En la India descubre un pueblo dedicado a la religión concebida como posesión y dominio de lo divino. Su reacción ante esa especie de mecánica espiritual es de fascinación y recelo.

A partir de entonces, escribe y publica una serie de libros donde su peculiarísimo estilo alcanza la madurez: Viaje a Gran Garabaña, Entre centro y ausencia (1936); Plume, seguido de Lejano interior (1938), En el país de la mapa (1941), Meidosems (1948), La vida entre los pliegues (1949) y Frente a los cerrojos (1954).

Llevó siempre una vida retirada, lejos de cafés, cenáculos y escuelas literarias. En 1937 fue redactor jefe de Hermes, revista dedicada a estudiar las relaciones entre religión, espiritualidad y poesía.

En 1948 su mujer había muerto a causa de muy graves quemaduras. Michaux escribe entonces sus páginas más desgarradas. Durante largos períodos deja la escritura y se dedica exclusivamente a pintar. Muere en 1984.

A propósito de sus escritos inspirados en la mescalina, el escritor declaró que “a los aficionados a la perspectiva única, pudiera venirles la tentación de juzgar en adelante la suma de mis escritos como la obra de un drogado. Bien que lo siento. Pertenezco más bien al tipo de bebedor de agua. Jamás licores ni excitantes y, desde hace años, ni café, ni tabaco, ni té. Un vino muy de tarde en tarde, y poco. Tomar y abstenerse, sobre todo abstenerse. La fatiga es mi droga, para quien le interese”.

Cuando Michaux comenzó sus experiencias con la mescalina en los años cincuenta, había publicado ya parte esencial de su obra, cuyo estilo y contenido no ceden en extrañeza a la obra que nos ocupa: ¿un alucinado congénito?

Abramos uno de sus mejores libros, Plume, escrito veinte años antes de El infinito turbulento. Tomando una fórmula que continuó en otros volúmenes, éste se compone en gran parte de relatos de viajes imaginarios, cuya tradición en la literatura occidental es milenaria. Pero si Michaux quiso incorporarse alguna vez al género, hay que reconocer que su postura es absolutamente excéntrica. Leyendo alguno de los viajes de Luciano, Swift, Voltaire o Lem, comprobamos cómo se arman de ironía contra el absurdo. La inteligencia se sirve de las referencias cruzadas, del contraste y desproporción con una intención crítica más o menos oculta hacia el mundo real. En Plume hay humor. Uno puede llegar a reírse a carcajadas leyéndolo, pero, ¿hay ironía? El viajero se ve acosado y zarandeado por el entorno, pasa por distintos estados de ánimo, intenta adaptarse, pero las referencias a un mundo ordinario o a la mera posibilidad de un orden que la imaginación pueda concebir parecen estar ausentes. Lo que sucede, sucede, por extraño que nos parezca. Eso es todo y así acaba Plume. “¡Fatiga, fatiga! Entonces, ¿No nos abandonará jamás?” El refinado Michaux, como el hombre primitivo, vive o sobrevive en un mundo cerrado, amenazante, sin escapatoria.

Nuestro autor reconoce una característica común en los estados alucinatórios: los filtros de los que la mente se sirve en su estado ordinario para seleccionar y estructurar sensaciones parecen haber desaparecido y la conciencia se ve amenazada por sus contenidos, arrastrada a un mundo dual, pendular, discontinuo, maniqueo. Las comparaciones están ausentes porque la violencia de la percepción las arrincona. Michaux eligió la poesía, la ciencia de los símiles, para expresarse. De tal contradicción surgió una obra única, originalísima, una de cuyas muestras más significativas es El Infinito turbulento (1957), que ocupa un lugar central dentro de la tetralogía mescaliniana compuesta también por Miserable milagro, Paz en los quebrantos y Conocimiento por los abismos y que forma un conjunto integrado de poesía, exploración interior, descripción, erudición y antropología.

Excelente pintor y dibujante, sale a la caza de visiones que plasma de manera sorprendente, pero en su viaje de instrucción se ve arrastrado mucho más allá de donde esperaba. Michaux distingue tres modos de abordar el infinito, sea éste aparente o real: el modo puro, el modo diabólico y el modo demencial. Un hilo muy fino los separa y las “Ocho experiencias” que componen el grueso del libro dan cuenta de todos ellos con una lucidez aterradora, haciendo acopio de todos sus poderes de resistencia ante las innumerables trampas de la mescalina, anotándolas, como es usual en él, con un estilo tónico hasta la crueldad y seco hasta el despego, uniendo imágenes audaces y abstracciones, tono coloquial y arrebatado lirismo. La “tercera experiencia”, cuyo fragmento final ofrecemos, es un remanso en medio de lo que resulta ser, en sus propias palabras, un “miserable milagro” del que escribió en su diario más de cincuenta veces: “Intolerable, Insoportable”.

Los acostumbrados a la psicodelia bobalicona o al misticismo de salón a lo Aldous Huxley pueden extrañarse de El Infinito turbulento. Sin embargo, su lectura resulta siempre un renovado placer por su vigor y sinceridad, por su humanidad a veces extraña, nunca declinante.


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