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Entre 1532 y 1564 Rabelais dio a las prensas cinco libros (el quinto, que apareció póstumamente, no se sabe a ciencia cierta si fue escrito por él) protagonizados por dos gigantes, inmoderados en todos los aspectos de la vida, que proporcionan a su autor, un médico cultísimo educado en las mejores letras griegas y latinas que podían enseñarse en la época, la posibilidad de pasar revista, desde una perspectiva satírica, a la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XVI, la de los poetas de la Pléiade, la de la Escuela de Fontainebleau, la de los châteaux repletos de tesoros bibliográficos, la de los Estienne y Casaubon, la Francia humanística que toma el relevo de la Italia cuatrocentista para forjar un Quinientos galo pletórico de cultura y de erudición. En un preliminar a Gargantúa (1534), o tal vez a Pantagruel (1532), afirma Rabelais que la risa es el proprium (hablando en términos escolásticos) del ser humano y que, por lo tanto, reír es lo que nos distingue de los demás animales (incluidas las hienas, para las que la risa es un mero accidente físico, no un ejercicio de voluntad). Ello nos predispone a esperar que el libro que comienza donde termina esa sentencia nos haga reír, nos suma en una perpetua carcajada que dé cumplimiento perfecto de nuestra condición humana. Y así es, desde luego, pero teniendo en cuenta que esa risa y esas carcajadas no están al alcance de cualquiera, porque la sofisticación que anida en la relación de las aventuras de los gigantones rabelesianos es muy elevada y, aunque la risa es el proprium del hombre, lo es en mayor grado de unos que de otros, según su formación y su agudeza personales. Llegué a Rabelais a través de la versión española, pionera, de Eduardo Barriobero y Herrán, publicada por Aguilar en tres volúmenes en rústica de los años veinte del siglo pasado que luego se reunirían en un solo tomo, encuadernado en piel, de la colección Joya. Ha habido luego otras traducciones dignas de mención, como la de Gabriel Hormaechea (Acantilado) o la de Alicia Yllera (Cátedra, cuatro tomos; falta el quinto y definitivo). En cuanto a los ilustradores, quien mejor ha sabido traducir en imágenes el abigarrado y delirante universo de Rabelais es, sin duda, su compatriota Gustave Doré, como lo hizo con otros clásicos de primera fila, como el Quijote de Cervantes, la Commedia de Dante o Lost Paradise de Milton.


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