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Suprema teofanía. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. Traza con el compás de arquitecto la Jerusalén celeste, arquetipo universal, pero exige una renuncia sublime: la perfección no llegará nunca, porque el modelo es inimitable. «Paradoja de la imitación cristiana», dice bien Hans Urs von Balthasar. Prueba de fuego para la vanidad, pecado mayor de la especie… Sólo ahí, en ese nivel trascendente que define la Teología, encaja con menos firmeza la historia y la teoría de la imitación que Javier Gomá nos ofrece en un libro  excepcional. Pero también en su doctrina surge una inteligente propuesta de renuncia: el universal concreto resulta ser necesario, pero imposible; deja la condición de promesa para convertirse en fuente de nostalgia. Lección suprema de la experiencia de la vida.

Conviene, sin embargo, no anticipar conclusiones. Decía que estamos en presencia de un libro excepcional. Excepción, aclaro, en sentido literal. Porque aporta (muchas) ideas propias en un ambiente nutrido casi siempre de una escolástica menor para epígonos sin talento. Porque muestra un dominio envidiable de fuentes primarias y secundarias del más variado origen: filosofía y literatura; psicología y sociología; ciencia política, a veces; teoría jurídica, cuando la necesita. En fin, porque se trata de la tesis doctoral de un autor (ajeno a la universidad en su vida profesional) que se presenta como un investigador maduro y solvente cuando otros apenas balbucean sin rumbo fijo. Imitación y experiencia sitúa a Gomá en un lugar de preferencia entre quienes tienen algo que decir en el pensamiento español contemporáneo. Le exige mucho, sin duda, de cara a futuras aportaciones al debate de las ideas. Pero termino ya con los elogios merecidos: el esquema expositivo no falla nunca, a base de tres imitaciones premodernas y otra más bien posmoderna; la difícil técnica del excursus es utilizada con brillantez, por ejemplo en referencia a Thomas Mann, Carl Jung o Mircea Eliade; en fin, la pulcritud del buen castellano filosófico demuestra, más incluso que las citas pertinentes, una lectura profunda de los mejores, en especial de Ortega y de Zubiri. Luce además la soltura del buen ritmo discursivo, a veces alterado por la obsesión de reiterar para hacerse entender y por la presencia prescindible de algunos autores de segunda fila.

Empiezo por las cien últimas páginas, la parte más original. El libro ofrece, ante todo y sobre todo, una teoría general de la imitación de prototipos morales. Es, diríamos, la única imitación posmoderna posible, puesto que la Modernidad (léase, Ilustración y luego, cada uno a su manera, romanticismo y positivismo) destruyó sin piedad las eres vías de la imitación premoderna, a saber, las referidas a la Naturaleza, a las Ideas y a los Antiguos. Creo que el autor se duele del carácter fragmentario, distante, incluso despectivo, de las teorías modernas sobre la imitación: una suerte de residuo anacrónico en el plano sociológico (por todos, Elias Canetti) o psicológico (Sigmund Freud, mejor que nadie). Se trata, como bien ha escrito Javier Roiz, de desplazar lo inexplicable a una pieza central que sirva para purgar de irracionalidad al resto del sistema1. A mi juicio, la expresión más perfecta de este cómodo expediente racionalista procede de Descartes, con su doctrina incongruente sobre el «genio maligno». Sea como fuere, ya que no hay modernidad posible fuera del sujeto ilustrado (parece que tampoco posmodernidad, pese a las apariencias), se debe evitar cuidadosamente cualquier sombra de perfección o de estatismo en el modelo y, a la inversa, hay que asumir sin matices los rasgos obligatorios de progreso, libertad y dinamismo: sin este salvoconducto, todo pensador será expulsado de manera fulminante del paraíso de la contemporaneidad.

El nuevo sujeto emancipado imita porque quiere y no porque debe. Imita a quien quiere y lo hace cuando le place y mientras le apetece, sin deber alguno de fidelidad o perseverancia. Acumula así un arsenal de ejemplos y de contraejemplos, que Gomá, estupendo definidor, califica de «experiencia de la vida». Elige sin compromiso frágiles amoríos, recogidos al paso de aquí y de allá. Imita, pues, pero quizá no imita, porque si baja la guardia puede caer en el instinto, el sentimiento o la credulidad, que garantizan la eterna condena al fuego de ese infierno mal llamado Tradición. Nuestro autor lo sabe (aunque sospecho que no lo comparte) y se esfuerza con el arma de la exquisitez conceptual en salvar del anatema al objeto de su preferencia.

Lo consigue, porque es más inteligente que sus adversarios vanidosos, lastrados todavía por el «prejuicio contrario a la imitación que arraiga en la Modernidad» (pág. 23) y por la supuesta incompatibilidad entre el sujeto autónomo y la «consustancial» heteronomía de la imitación (pág. 25). Pero lo hace —a veces— a costa de admitir una imitación por fragmentos, deconstruida, un poco arbitraria, residuo brillante, casi asumible por el pensamiento débil, del naufragio de más de veinte siglos de metafísica y de filosofía moral: «quien elige como modelo un prototipo, que realmente lo sea, puede ceder al deseo de imitarlo sin por ello merecer el reproche de irracional» (pág. 25).

PRINCIPIOS DE UNA IMITACIÓN RACIONAL

Bienvenida sea la nueva fórmula si consigue, como es el caso, recuperar un concepto nuclear, pero antimoderno por su irritante solidez, como es la excelencia. El autor revela su propósito último cuando, al abordar la Pragmática de la imitación, convierte a la excelencia en el primero de los cuatro principios del prototipo. Hay que ser valiente para admitir que existe alguien mejor que yo y que por ello le admiro. Más todavía, le quiero precisamente porque es mejor, expresión suprema de austeridad moral que la egolatría del sujeto vulgar (un cretino, en sentido literal) no llega nunca a aceptar.

Sin embargo, faltaría más, la excelencia posmoderna necesita aparecer como socialmente legitimada: no es ahora un valor aristocrático (prohibido) sino democrático (exigido), y de ahí que la nueva areté se defina como «la forma personal de una armonía generalizada de valores» (pág. 334). Por esta vía construimos, me parece, un nuevo ídolo de la tribu al que se atribuye un estándar de cualidades homologables (es decir, políticamente correctas) y, tal vez exagero, le abrumamos por medio de premios, honores y reconocimientos, mucho más atractivos cuanto más transnacionales.

La virtud así determinada combina, pues, prudencia social con creencias abstractas. Es pura tipicidad, como explica el autor en páginas donde revela su sólida formación de jurista: «el que matare…», el derecho sagrado a la igualdad ante la ley… Prohibido imitar lo excepcional. Construyamos, en cambio, pautas de adoctrinamiento eficaz, envueltas en papel de regalo, para aliviar la tensión cotidiana de nuestra «muchedumbre solitaria»2. Normalidad social, pues, sublimada en el prototipo, como base para una «teoría crítica del sujeto excelente».

He aquí, explica Gomá, a nuestro Yo contemporáneo, «adelgazado y debilitado, aunque imprescindible», al que pretende liberar de su prisión actual, una «mónada sin ventanas» (pág. 342). Porque, como bien dice, la Modernidad entera descansa en el poder de la subjetividad y esta situación no admite retornos. Es muy cierto: no se vende billete de vuelta hacia el mundo premoderno. Pero, digamos con Nietzsche, las verdades son simples ilusiones que se han olvidado de que lo son; al cabo, una hueste en movimiento de metáforas, metonimias y antropomorfismos. Y en ese movimiento nos introduce hábilmente nuestro filósofo, español y —por ello— necesariamente raciovitalista: el devenir de la vida; la ejemplaridad in fieri y no sólo in factum esse; en suma, la imitación en el transcurso del tiempo. Gana Heráclito una vez más. ¿Quién se atreve a apostar por el ser estático en una era desenfrenada, caótica y televisiva?

Segundo principio. Unidad integral del ser y del deber ser, que viene a referirse a la excelencia vista desde otra perspectiva. El prototipo excelente «abraza, en suma, una unidad inextricable de ser y de deber-ser». Aquí se evoca con acierto al hombre prudente de Aristóteles: por ser una ley en sí mismo, se sitúa «fuera de» la ley común de la polis. Es cierto, pero ¿por qué modelo y ejemplo y no filósofo-rey, una suerte de residuo platónico enquistado en el núcleo mismo de la teoría del discípulo? Vieja cuestión, acerca de la ley general como coartada (Calicles y tantos otros) para controlar a los mejores. ¿Es acaso un atisbo de la doctrina elitista de la democracia, hoy día tan de moda?3.

Con mayor fundamento apela luego a Kant, porque aquí sí se adivina un prototipo genuino, una idea a priori de perfección genérica, pero concreta, desplegada en el territorio de la razón práctica como expresión de un modelo humano ejemplificador. Desde su legítima ambición intelectual, procura Gomá reconstruir la ficticia ruptura académica entre ser y deber-ser, cuyo origen atribuye al mismo Aristóteles, que por eso mismo no debería ser admitido como germen del prototipo humano específico, según antes pretendía. Presa, en efecto, del furor clasificatorio (seguido por una interminable tradición escolástica: qui distinguit bene docet), la Metafísica sólo conoce «entes dóciles al concepto porque carecen de auténtica individualidad» (pág. 347). Vuelvo a Nietzsche: los conceptos se han formado desconociendo, de manera arbitraria, las diferencias individuales, como si hubiera un arquetipo primigenio copiado por manos tan torpes que ningún ejemplar sea copia fiel del mismo.

Pretende, pues, nuestro autor reconstruir la unidad, el ser total del hombre, antes deconstruido. Hermosa intención, que honra a quien la practica, porque vendría a salvar al sujeto posmoderno de ese juego de fragmentos inconexos que le dejan al margen del buen camino ante la complacencia y con la complicidad del pensamiento débil. Esto es, el individuo sin arraigo, preparado para adquirir un libro de falsas recetas de autoayuda, aptas acaso para sobrevivir malamente en la oscura realidad de cada día. Pero sigamos en el empeño de liberar al hombre-masa (porque de él hablamos, en último término) de su vulgaridad satisfecha y autocomplaciente4.

La oferta para fabricar este «cuerpo preñado de ley moral» (pág. 349) consiste en combinar, o más bien en yuxtaponer, la universalidad constitutiva del formalismo moral kantiano con la individualidad que proporciona la filosofía sentimental de Max Scheler. De esta pareja tan digna de admiración (nunca mejor dicho) surge una inteligente dualidad de fuentes de legitimidad, coacción de una parte y ejemplo persuasivo de otra. Además, esta ley viviente acumula, si nos atenemos a lo antes referido, una tercera forma de justificación: esto es, la normatividad socialmente normalizada, que el prototipo encarna por definición. En síntesis: razón, hecho y valor, disgregados por Hume en el Treatise, obra cumbre de la Modernidad ilustrada, retornan aquí al redil unitario. Acierto pleno. Sean bienvenidos a la casa común.

Tercer principio. Se llama «analogía dialéctica» y viene a reforzar la idea nuclear: la excelencia del modelo, superior y más alto, frente a la incompletud y carencia del sujeto, que experimenta acaso ante aquél un «momento de temor». Certera intuición, de vieja raíz hobbesiana: egoísta y presumido, el hombre-masa es consciente sin embargo de su condición minúscula. Suele traducirse, como dicta la experiencia, en síndrome de envidia y de frustración, males comunes que atenazan al sujeto posmoderno en su expresión más común. Me remito otra vez a Sloterdijk, entre los pensadores actuales.

Cuarto y último principio del prototipo es la facticidad. El yo es una construcción social5 que se configura a base de modelos: se trata de un «a priori prototípico del sujeto», poderoso concepto de matriz kantiana que bien podría competir, aunque nuestro autor no se arriesga por ese terreno prometedor, con las categorías apriorísticas de la sensibilidad, esto es, el espacio y el tiempo.

Citas de Burke (espléndida referencia), de Rousseau y de Nietzsche nos introducen en el elogio de «fray ejemplo», pero, sobre todo, en dos ideas capitales que se insertan en el discurso con naturalidad y eficacia: que el yo flota sobre los modelos y gracias a ello se mantiene en la superficie y que tales modelos constituyen la fuente última de la moralidad y la inmoralidad; al fin y al cabo, el parámetro de la conducta digna de «una persona como yo». Es estupenda la imagen del sujeto flotante, porque conduce derechamente hacia la difusa realidad de nuestro hombre posmoderno, que es —diría yo— un náufrago del «tiempo-eje», de acuerdo con la expresión de Karl Jaspers6.

He aquí la clave: ¿qué modelos ofrece nuestra sociedad desvertebrada al yo ingenuo y desorientado? Me parece que Gomá es consciente del peligro («sin el principio rector incluido en el modelo, el deseo yerra caprichosamente extraviándose sin ley y se expone a caer en la irracionalidad y la manipulación», escribe en la pág. 356), pero prefiere eludir el choque frontal con la realidad dominante. ¿Son excelentes los modelos de hoy día? ¿Merecen todos ellos, como sostendría un multiculturalista, la misma consideración? ¿Quién se atreve a establecer la jerarquía cualitativa entre unos prototipos y otros? Sin embargo, la tentación de ofrecer modelos al alcance de las «disidencias del sujeto metafísico» (pág. 41) es insuperable para el progresismo paternalista que predica el paraíso multicultural. Libres para escoger, sí, pero no tanto.

PRAXIOLOGÍA DE LA IMITACIÓN

Volvamos por ahora al discurrir natural del razonamiento. Estamos en presencia de una praxiología de la imitación. En efecto, imitar es, ante todo, acción humana y aquí se formula una teoría «pura» de la imitación, al modo de la que ofrecen Bertrand de Jouvenel para la política o F. A. von Hayek para la economía. La peculiaridad que define al objeto es en este caso el «deseo imitativo», reflejo de una «pragmática sentimental» (pág. 356). La tensión proyectiva está presente en todo momento, mediante una sugerencia continua de movimiento: «como la diana a la flecha»; «ley de gravedad del prototipo»; el ánimo alegre «se dispara» hacia su objetivo. Lo mejor de todo: el reflejo de la excelencia encuentra siempre un lugar distinguido, sea el «esplendor de su figura», un «elevarse a la virtud moral» o el orgullo ante la «dignidad y nobleza» del prototipo. En este punto, el guía se llama Schiller y su obediencia «alegre» a la razón frente al seco pietismo de Kant. Cabe sugerir aquí otra aportación genial: se trata de Goethe y su concepción cualitativa de la ciencia. Así pues, hay exhortación y no presión, aplauso regocijado, anhelo que involucra por entero a la persona entregada… Resuenan timbres de armonía gloriosa, de equilibrio sustancial entre lo dado y lo nuevo; se dice incluso, de forma muy expresiva, que la imitación es al mismo tiempo «conservadora y progresista». Brillante apología del sentido común, que revela un sano optimismo antropológico, no siempre fácil de compartir. Dicho de otro modo, el pensamiento fuerte se pone al servicio de un ideal que es a la vez clásico y moderno. Toda una venturosa novedad.

Gomá teme la reacción indignada o desdeñosa de quienes se sienten dueños del sentido de la Historia y confunden o quieren confundir imitación con infancia, tribalismo, instinto o mentalidad tradicional. Para anticiparse al reproche, acude una vez más a Kant, incluso en sus párrafos más famosos, para demostrar que el sujeto que imita a otro puede ser autónomo (págs. 360 y ss.) y, lo que es más importante, que la acción imitativa more contemporáneo puede ser, y de hecho «es», una acción racional. La imitación, digamos, no es incompatible con el sapere aude.

La praxiología se construye, pues, sobre un sólido fundamento. La autonomía del sujeto ya no significa soberanía al viejo estilo, valga la semejanza jurídico-constitucional, porque el concepto revisado al gusto posmoderno descarta todo monolitismo y conduce a un puzzle de fragmentos, siempre grato a las teorías de la deconstrucción en todos sus ámbitos y expresiones. La Modernidad ha salvado sus fueros. Primero, porque el yo está ahora impregnado de historia, sociedad y cultura, sin concesiones a la concepción antigua, vale decir ingenua, ilusoria, ficticia. Segundo, porque fuera del pluralismo no existe salvación y aquí, por fortuna, se propone una variedad de modelos a escoger, sucesiva y simultáneamente: el menú, por tanto, admite variantes a gusto del consumidor. En último término, «la mayoría de edad del sujeto pensante consiste… en juzgar autónomamente la heteronomía de los modelos ejemplares» (pág. 363).

Kant, tantas y tan merecidas veces citado, puede respirar con alivio. Hay todavía más: el deseo imitativo no debe ser irracional ni subjetivo (reproche demoledor donde los haya) sino que actúa a modo de «incorporación y adhesión libre y espontánea hacia una norma moral». Coacción de perfil bajo, consenso y no imposición, vínculo frágil y no promesa de eternidad7. Conoce bien Gomá los límites de lo posible a día de hoy para el filósofo respetable. Por eso, y por una convicción que muchos compartimos, la invocación a la libertad actúa como una suerte de exorcismo frente al anatema fulminante. Libertad para elegir al héroe y para abandonarlo sin compasión. Capacidad crítica siempre operativa, no sea que se cuelen por alguna rendija la manipulación o la alienación subyugante. Es un proceso tan racional como bien concebido para discernir cuál es el prototipo preferido, tomar conocimiento y posesión del mismo en una «convivencia consciente» y, en fin, extraer intelectualmente su ratio y argumentar ante los demás las ventajas que ofrece la ley (no coactiva) del prototipo de cada uno confrontado con los ajenos.

Habermas, Elster y los teóricos de la democracia deliberativa no tienen motivo para quejarse. En efecto, si el sujeto elige, critica y argumenta; si puede cambiar de modelo y tal vez imitar al mismo tiempo a dos o más prototipos; si ninguna autoridad objetiva o reconocida como tal introduce jerarquía entre las ofertas propuestas…, entonces la imitación se hace posmoderna, se le perdona incluso el pathos hacia la excelencia que lleva incorporado y queda admitida en el olimpo de la corrección filosófico-política. Admitida, quizá, pero yo creo que sin demasiados honores, más bien con desgana y gesto condescendiente. El esfuerzo de nuestro autor alcanza un premio nada desdeñable: su concepto capital, la imitación que tan bien conoce y a la que tanto admira, sale desde el infierno lúgubre (donde se pierde toda esperanza) hasta quedar anclada en un purgatorio de progresistas dudosos, pero susceptibles de amnistía conceptual…, siempre y cuando el concepto, imitación en este caso, encuentre un abogado del talento y brillantez del filósofo recién doctorado. Un paso relevante para recuperar el pensamiento auténtico, más allá del «giro lingüístico». Estamos en el buen camino.

EXPERIENCIA DE LA VIDA

Hace ya tiempo que el lector deseaba topar con la noción de la experiencia de la vida8. Llega su hora en la parte final de la Pragmática, como llegará también en el despliegue final de la Metafísica. Imitación, pues, en el curso del tiempo. En este punto, Gomá se somete a la prueba definitiva sobre cómo integrar un objeto de siempre en las reglas del juego de ahora. Sale vencedor por dos razones. Primera, por la finalidad que pretende. Al disponer de un modelo, el sujeto neutraliza «el albur de la experiencia imprevisible y racionaliza la novedad del hecho inesperado». O sea, «saber para prever», control hobbesiano a cargo de un leviatán conceptual que no nos deja espacio para la incertidumbre, la ambigüedad o la disidencia9. Modernidad igual a ciencia; vale decir, seguridad. Por lo demás, la experiencia actúa como laboratorio (en las ciencias humanas no tenemos otro) y prueba así la validez o la insuficiencia de la ley previa. Segunda, porque el modelo tiende a la totalidad. El prototipo debe, en rigor, satisfacer todas las dimensiones de lo humano a la vez, aunque —concede sagazmente el autor— «no necesariamente todas con la misma intensidad». La principal aportación de la sección que ahora nos concierne es, sin embargo, la perspectiva diacrónica del asunto. Quiero decir que las filosofías de la historia y las profecías sociológicas (Spengler y Marx, en cabeza) han fracasado siempre de forma rotunda. Para las mentes asépticas, amantes de la geometría y de la pureza doctrinal, la historia es mala compañía, por su condición de ámbito natural de la libertad, aunque por desgracia se ofrezca plagada de muestras de opresión.

Por eso Gomá introduce hábilmente los efectos del mundo real sobre la res cogitans cartesiana. El lenguaje brilla por sí mismo: seducción temporal; luego insuficiencia, enigma vital, nuevos puntos de vista, y esas «oleadas de la vida», que dejan un «cierto regusto salobre» (pág. 368). ¡Los sentidos hablan en primera persona! Otro valor templado: la austeridad, que se traduce en «una cierta sabiduría, útil para la vida». Contrapunto, pues, a la razón totalizadora, cuyo abandono puede ya permitirse después de haber pagado el peaje exigido. Punto y aparte, aunque el lector aguarda con ansiedad que la experiencia de la vida vuelva a cruzarse de nuevo en su camino.

METAFÍSICA DEL EJEMPLO

De momento se encuentra con la Metafísica del ejemplo, cuyo eje es la indagación teórica sobre el ser del prototipo. Tarea ambiciosa, pero sin duda al alcance de las fuerzas del filósofo. Estamos aquí en presencia de un estudio riguroso de la doctrina del universal concreto. Entran en escena tres clases de ejemplo, el teórico (pedagógico, pero no ejemplar), el práctico-moral (ejemplar, en cambio, por naturaleza) y el técnico-artístico (que participa del estatus ontológico fuerte del anterior y tiende, por tanto, a la ejemplaridad).

Exige la tradición modernista que sólo se haga ciencia de lo universal. Es verdad que los neokantianos de Badén y Marburgo rescataron parcialmente a los humanistas —en sentido amplio— del complejo cientificista y mostraron el camino de una ciencia de lo individual y específico. Les debemos tanto que nos olvidamos a veces de reconocer la deuda10. Lo mejor de nuevo nos llega de manos del vitalismo; por ejemplo, «la fuerza plástica y emotiva de lo visible, y casi sensible» (pág. 375). ¡Metafísica que entra por los ojos y se toca con las manos! Sigue una valiente reivindicación del canon, con menos pretensiones que Harold Bloom, que enlaza con una concepción clásica (lo digo en tono elogioso) porque el autor asegura que «cada obra de arte es realmente singular y única» (pág. 376). No admite, como es notorio, la transfiguración de lo banal en objeto artístico, según la célebre tesis de Arthur Danto. Tiene razón, por supuesto, pero el tema destila un regusto amargo para el amante de la Belleza ideal. Estoy muy de acuerdo con Gomá y sus referencias a Policleto, los libros de Panofsky o el círculo y el cuadrado del maestro Da Vinci. Pero me temo que los prototipos ejemplares que ponemos a disposición de nuestros hijos están más cerca de las vulgaridades de Duchamp o del pop-art (Roy Lichtenstein habla del «clasicismo del hot-dog»), que tiende por definición a repetirse mecánicamente. Los buenos aportan nuevas perspectivas al arte de siempre11. Los malos se jactan de copiar una y mil veces, solipsistas incorregibles que nos cuentan sus obsesiones minúsculas a través de vídeos, performances o instalaciones; ¿quién gana hoy la batalla?

Es cierto: «por todas partes el ejemplo rodea nuestra vida» (pág. 380). Pero no sólo se trata de padres, hermanos, vecinos, amigos y colegas, en esa «red de ejemplos mutuos a la que es imposible escapar» (pág. 381). No se trata sólo, tampoco, del elogio, a veces tópico, de quienes han adoptado una actitud ejemplar al servicio de la polis que toda ciudad (sanamente constituida, añado, que no es el caso de todas) guarda y custodia para ilustración de las generaciones futuras. Hay incluso una institución máxima, la Corona, que, según explica con sutileza, agota su función en la ejemplaridad. Todo ello es muy cierto y se nos transmite con frases precisas y bien armadas: «quien es ejemplo de lo que predica tiene auctoritas», «predicar con el ejemplo significa que el ejemplo predica»; la verdad moral «se manifiesta en la evidencia que irradia el ejemplo personal». El discurso deriva desde la acción aislada y circunstancial hasta la imagen global del hombre como un todo, con una bellísima manifestación en la cita de Séneca.

Pero el problema reside, como vengo reiterando, en la construcción interesada de modelos artificiales que arraigan vigorosamente en los náufragos del «tiempo-eje», prisioneros (muy a su gusto) de la tiranía audiovisual y requeridos por falsos héroes, engendros de crueldad y violencia, materialistas desalmados y huérfanos de las genuinas virtudes liberales: austeridad, sentido del deber, búsqueda de la excelencia. Carentes del equilibrio y la mesura que derivan de la buena educación y de la auténtica cultura, flotan varias generaciones —repito aquí la imagen del naufragio— en un universo de modelos inaceptables. Autocracia, violencia y terror son el menú cotidiano de millones de adolescentes, también en nuestro mundo civilizado. Nos rasgamos las vestiduras, pero es pura hipocresía. Encima, nos extraña que la realidad (11-S, 11-M) supere de largo a la ficción. Si no decimos pronto la verdad, se nos va a olvidar cómo se hace.

HISTORIA DE LA IMITACIÓN

Pero es hora de volver al principio y recordar el largo camino que la teoría de la imitación ha recorrido en paralelo a la historia entera de la filosofía de Occidente. En su ejercicio de historiador de las ideas, Gomá deslumbra por su capacidad para encajar tantos siglos, autores y referencias en torno a las tres clases de imitación premoderna, esto es, la imitación estética de la Naturaleza, la imitación metafísica de las Ideas y la imitación retórica de los Antiguos, todas ellas enlazadas con el realismo metafísico que subyace a la relación entre modelo y copia. Al fin y al cabo, «hasta la modernidad ilustrada, el hombre vivía en un cosmos simbólico» (pág. 178), dominado por esas tres pautas que son hijas del idealismo metafísico con su proclamación de la realidad de los universales.

Imitación, pues, de la Naturaleza, en un «contexto ético-preceptivo». Imitación de las Ideas, en el más estricto sentido platónico, mundo de arquetipos y formas, cosmos jerarquizado de Ideas objetivas. Imitación, en fin, en la técnica retórico-literaria, estudio y reiteración de casos anteriores en busca del dominio magistral del oficio. Son dimensiones propias del mundo premoderno, barridas por el fenómeno descrito por Paul Hazard como una «crisis de conciencia»12. Son tantas y tan atractivas las sugerencias planteadas que el lector cautivo se siente incapaz de seleccionar.

Hablemos primero, no por casualidad, de Platón, padre y víctima a la vez de esa pursuit of certainty13 que ha corrompido sin remedio el pensamiento de Occidente: lo uno es mejor que lo múltiple; lo inmutable que lo cambiante; la comunidad que el individuo; la razón que las pasiones; la ciencia que la simple doxa. La clave es el control, físico y mental, que consigue desnaturalizar esa condición humana proteica. Gomá recuerda (en nota al pie de la pág. 75) el conflicto entre autoridad y lujo, este último fuente de lo superfluo y, en el extremo, del desorden y la fuerza. Por eso, los guardianes ilustrados carecen de propiedad en la utopía republicana. Por eso, sobran los poetas, que expresaban actos típicos y paradigmáticos del máximo interés didáctico. Así, el tópico nos dice que sólo hay verdadera imitación en el plano metafísico vertical, porque la imitación estética-horizontal nada entiende del ser y se muestra condescendiente hacia lo perverso, lo fantástico, lo dionisiaco.

Pero también el autor apunta, aunque no completa, una hipótesis muy sugerente sobre el Platón-poeta. No sólo porque es «arte» la creación cuasimetafísica del buen gobierno político (véase, con ojos despiertos a la teoría de la imitación, la famosa «alegoría» de Siena); también porque la palabra que revela la esencia contiene auténtica poesía. ¿O acaso la belleza es la única Idea inalcanzable? Tal vez en este punto conviene acudir a Plotino, último campeón de la Antigüedad clásica. Basta contemplar la luz de esas iglesias bizantinas capaces de salvar el abismo metafísico entre el Uno y las Formas y de plasmar el retorno místico del alma que se recrea por medio de su apego a la luz. Por eso las grandes catedrales son la expresión plástica de lo inefable o, como dice nuestro autor mediante la oportuna cita de Bruyne, se trata de «lo inexpresable plasmándose en límites concretos».

Hablemos ahora del Renacimiento, donde la imitación se ofrece como taumaturgia frente a la oscuridad medieval, exagerada a propósito. En el enfoque irreprochable de Gomá, se echa de menos, creo, a Nicolás Maquiavelo, relegado a simple nota incidental. En un capítulo clave de El príncipe, el sexto, relativo a los principados nuevos, se dice que los hombres proceden en sus acciones por imitación, «aunque a menudo no es posible seguir del todo los caminos de los demás, ni llegar a alcanzar la virtud de aquellos a quienes imita» M. El hombre prudente debe intentar siempre seguir los caminos antes recorridos por los grandes hombres e imitar a aquellos que han sobresalido de manera extraordinaria, de modo que su virtud le alcance «al menos un poco», concluye con una sencillez sin duda muy del gusto de nuestro autor. El elenco de modelos que contiene el capítulo referido abruma a cualquier candidato a imitador: Moisés, Ciro, Rómulo y Teseo. ¿Anticipa Maquiavelo, precursor en tantas cosas, la imitación moral de prototipos? Kant pensaba seguramente en los espejos de príncipes del Barroco al condenar a la imitación como fuente de la moral: «el peor servicio que puede hacerse a la moral es tratar de deducirla de ciertos ejemplos», según el texto rotundo de la Metafísica de las costumbres. Tal vez porque, símbolo de las luces, le irrita el pensador diabólico que se oculta (si hacemos caso a Leo Strauss) bajo retóricas y esoterismos, como hace nuestro hábil florentino.

Un nuevo salto adelante. Momento clave, que el autor maneja con soltura y no sin cierta fruición, es la célebre querella entre Antiguos y Modernos. El tiempo en que surge lleno de jactancia el sujeto moderno y rompe sin ambages con el esquema modelo-copia. La clave, según se dijo, deriva de la búsqueda de seguridad. Descartes quiere certezas para dominar a ese genio maligno que nos engaña desde su perversidad y nuestra inocencia. Somos res cogitans y queremos claridad frente al conocimiento oscuro y dubitativo. Somos egoístas y queremos seguridad, aunque se disfrace de pacto social y de libertades reconocidas por el Estado. Por eso Hobbes construye un artificio que mucho después, con el nombre de Estado del bienestar, nos asegura la vida (o eso dice) desde la cuna hasta la tumba. La Ilustración, por si acaso, expulsa a la Historia, suma de los crímenes de la Humanidad, depósito de la infamia y el prejuicio. ¿Expulsa con ello la experiencia de la especie? ¿Existe tal cosa más allá de la yuxtaposición de experiencias personales?

Mientras tanto, el autor expone con brillantez el surgimiento del hombre creador, del genio que proclama y exige libertad. Suma de fuentes, a veces contradictorias: el calvinismo, el burgués de Werner Sombart, la vocación de Max Weber, los derechos del individuo frente al absolutismo y la sociedad estamental. Luego, en el XIX, positivismo y romanticismo (el uno mecanicista, el otro organicista) confluyen más allá de las apariencias: las etapas de Comte, el principio de legalidad, el supuesto «realismo» (pura sociología empirista) de la pintura y de la novela… y, por otra parte, el ejemplo espléndido de Osear Wilde, la bruma, la puesta de sol; la vida perdona a la naturaleza: «no quiero mostrarme demasiado severo con ella…».

Estupenda la explicación del respeto imprescindible por parte de la cuarta y última clase de imitación hacia el estatus del Yo y de su libertad y la mutación, por tanto, de aquélla en imitación de prototipos morales, en los términos que ya conocemos. Desaparece el esquema modelo-copia, lo mismo que el juego entre canon y réplica, aunque, en buena dialéctica hegeliana, «lo negado está siempre presente en la negación» (pág. 21). Quedan tan sólo dos sujetos libres y creadores y la relación ya sólo se refiere a las conductas, nunca a las (desprestigiadas) esencias.

Tiene que llegar, no obstante, la crisis de la Modernidad para que resulte asumible esta nueva imitación de prototipos morales. Aquí los protagonistas son Henri Bergson y Max Scheler, cuya relevancia en los capítulos correspondientes prueba una vez más el gusto excelente del autor en materia de Filosofía moral. El resultado es, en todo caso, concluyente: «El modelo es ahora una persona libre y creadora, no un canon intemporal prefijado; la copia es igualmente un sujeto libre y creador, no una réplica inerte… Ahora cada uno de los elementos conserva su autonomía y su individualidad y lo que se ofrece a la imitación es la conducta y el ser del prototipo» (pág. 189).

Gracias a libros como Imitación y experiencia vamos superando de verdad el imperialismo del «giro lingüístico», que amenaza con convertir al pensamiento de Occidente en tierra baldía. Al menos, cabe atisbar una esperanza. El autor, en el fondo, es optimista. Decía el ya citado Wilde, después de pasar por la cárcel de Reading, que la experiencia es el nombre que damos a nuestros errores. Para Gomá se trata más bien de la suma imborrable de nuestros aciertos. ¿No cabe acaso un saldo negativo derivado de la imitación de malos ejemplos? ¿Seguro que todo modelo es excelente por definición? Optimista, sí, pero ingenuo en ningún caso. Veamos con detalle la culminación del libro. Nos centramos en las cualidades esenciales del universal concreto, necesidad e imposibilidad, contradictorias sólo en apariencia. La necesidad es esa «plenitud del ser que designa un ideal de humanidad inscrito en el hondón de la conciencia del sujeto» (pág. 386). El ser cuenta con una estructura ejemplar y llama a una reiteración necesaria; «radical», de nuevo con ecos orteguianos.

Más todavía: la puerta del ser no se abre al «esforzado pensar discursivo de la tradición filosófica», porque aquel «se retrae y repliega ante un pensar que trata de apresarlo como un pajarillo en la jaula de un concepto abstracto». Notable analogía: el simple pajarillo actúa como amable descripción de una suerte de quiero y no puedo conceptual. En cambio, se entrega el ser a quien oye la llamada a su reiteración necesaria y responde con imitación y actualización (pág. 388). Se entrega el ser…; ¿se abre paso de nuevo la imitación de esencias y no de meras conductas coyunturales? ¿Se describe así el camino del retorno a la gran teoría clásica de la imitación? Algún día lo sabremos. Por ahora, el filósofo alcanza en este punto la tierra prometida y reprocha valerosamente a Hegel el no haber detenido su dialéctica en la teoría del Arte, esto es, allí donde se intuye el Espíritu Absoluto, al que luego pretende encerrar el pensador de Stuttgart mediante la Religión que lo simboliza y (¿arrogancia fatal?) a través de esa síntesis suprema que es la Filosofía racional.

Lo mejor del libro se reserva empero para los epígrafes finales. «Necesario, pero imposible», se titula el penúltimo. Maldita sea: con la experiencia acumulada, descubre el hombre que la idea del universal concreto no se ha realizado nunca y nunca se va a realizar. Ya lo dije: optimista, pero jamás ingenuo. Porque la experiencia, según la pertinente cita de Gadamer, lo es de la finitud humana. Y ningún hombre, desde Aquiles el homérico, renuncia al doloroso tránsito de la imitación amable a la experiencia frustrante. ¿Por qué? Nos lo tiene que contar Gomá en un ensayo futuro, que ya anuncia (pág. 8). Vemos así, casi palpamos a través de los sentidos, la destrucción de esa pasión adolescente a cuyo tenor el sujeto se cree dueño de su destino. Vanidad incorregible: la realidad se muestra (injustamente, añado) como resistencia. Vacío moral: en lugar del ideal queda sólo un espejismo, porque «a cada paso que da el objetivo se le aleja extrañamente». Oasis que sólo engaña a los ilusos. ¿Desesperanza? ¿Alienación? ¿Escepticismo?

Nada de todo eso, ni de sucedáneos posmodernos, ni tampoco de utopismos irredentos. Perdida la esperanza, subsiste el deseo, avivado todavía, más allá incluso del atardecer, por muchas cosas «buenas y hermosas». Regresa para despedirse la experiencia de la vida. Aunque el humanista Gomá sigue advirtiendo sobre el miedo al vacío: quien adquiere experiencia, «aprende a neutralizar la novedad de la vida, acaso hostil, amenazante en potencia por desconocida» (pág. 391). Humanismo, en efecto. Ante la muerte, concebida, al modo de un Heidegger que no le apasiona, como la aniquilación de todas las posibilidades. También ante la vida: yo creo, y parece que el autor también, que el hombre no sabe vivir en el presente. Al principio era promesa, tendencia, acaso proyecto, mezcla de soberbia, de emoción y de ignorancia atrevida. Al final se convierte en nostalgia del modelo inalcanzable, dignísima decadencia del sabio estoico que contempla desde la serenidad y el buen juicio el espectáculo mil veces repetido: el fracaso de un nuevo proyecto humano, incapaz, una y otra vez, por los siglos de los siglos, de hacer suyo aquel modelo inaprensible que se nos anuncia como universal concreto. ¿Más allá? Más allá no hay nada en esta tierra. En el infinito, sólo Dios, creador del hombre a su imagen y semejanza. Teofanía suprema.

N O T A S

1· De acuerdo con Javier Roiz, La recuperación del buen juicio. Teoría política en el siglo XX, Editorial Foro Interno, Madrid, 2003, págs. 47 y ss., esta forma de razonar deriva del principio segregativo del calvinismo. Pone como ejemplos (todos ellos muy acertados) el «estado de naturaleza» de los contractualistas, la «mano invisible» de los liberales y el «velo de la ignorancia» de John Rawls, entre otros.
2· Todavía se lee con provecho The lonely Crowd, la famosa obra de David Riesman y otros, de 1949. Cfr., por ejemplo, el epígrafe «El niño sobredirigido», en págs. 124 y ss.
3· Léase a Robert Dahl y otros. Un buen libro sobre los fundamentos del problema es Peter Bachrach, Crítica de la teoría elitista de la democracia, trad. L Wolfson, Amorrortu, Buenos Aires, 1973. Interesante es la advertencia de Muguerza sobre Mosca, Pareto y Michels, en su notable prólogo al libro que comentamos (pág. 16).
4· El último y brillante enfoque del asunto, con valientes referencias a la envidia de los perdedores, es el ensayo de Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna, versión española de Germán Cano, Pre-Textos, Valencia, 2002.
5· También lo es el objeto, como es patente. Véase Peter L. Berger y Thomas Luckman, La construcción social de la realidad, trad. esp. de Silvia Zulueta, Amorrortu, Buenos Aires, 1972.
6· La teoría del «tiempo-eje» como momento fundacional de las categorías de la civilización occidental en Karl Jaspers, Origen y meta de la historia, trad. esp. de Fernando Vela, Revista de Occidente, Madrid, 1968, págs. 19 y ss.
7· El último análisis, que yo sepa, sobre la «infidelidad» contemporánea nos llega de un autor muy políticamente correcto, Zygmunt Bauman, en Liquid Love, Polity Press, Cambridge, 2004.
8· Merece la pena transcribir dos de las tres definiciones de «experiencia de la vida» que ofrece el autor en diferentes y bien trabados contextos. Dice la segunda: es «el saber pragmático que proporciona la experiencia de los ejemplos reconocidos, conocidos y comprendidos como prototipos por un sujeto en el transcurso de las sucesivas etapas de su vida» (pág. 368). Dice la tercera, que se hace esperar hasta la última hoja: «desde una perspectiva metafísica, es el saber basado en la propia experiencia, sobre la semejanza y mayor desemejanza del ejemplo del hombre en relación con el universal concreto, necesario pero imposible, así como el sentimiento de promesa y nostalgia que esa experiencia produce» (pág. 404).
9· El mejor análisis de Hobbes como racionalista político supremo, en Sheldon Wolin, Política y perspectiva. Continuidad y cambio en el pensamiento político occidental, trad. esp. de A. Bignani, Amorrortu, Buenos Aires, 1973, capítulo 8: «Hobbes: la sociedad política como sistema de reglas».
10· Todavía el libro más convincente sobre el asunto es el de Julien Freund, Las teorías de las ciencias humanas, trad. esp. de Jaume Fuster, Península, Barcelona 1975.
11· El maestro Luis Diez del Corral, en La función del mito clásico en la literatura contemporánea (1957), ahora en Obras completas, tomo II, págs. 1221 y ss., ofrece una bella lección sobre la reinterpretación de viejos mitos por la tradición literaria y artística de  occidente.
12· Paul Hazard, La crisis de la conciencia europea, trad. esp. de Julián Marías, Ed. Pegaso, Madrid, 1975.
13· Shirley R. Letwin, The Pursuit of Certainty, Cambridge U. P., Cambridge, 1965.
14· Utilizo la traducción de El príncipe (1513), a cargo de Helena Puigdomenech, Tecnos, Madrid, 1988, págs. 21 y ss.


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