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En el prólogo a la reedición de su preciosa historia de la Alemania de los siglos XIX y XX (publicada originalmente en 1958), un tomo de algo más de un millar de páginas que se recorre como un ensayo de divulgación pese a que comporta una lograda tentativa de elucidar con constructiva perspicacia, recto patriotismo y un inusitado poder de síntesis el controvertido ser de su propio país, nos habla el gran Golo Mann de su trabajo en tanto que narración, explicación y análisis, a modo de un relato que aspira a provocar la reflexión serena acerca de aquello que por lo general causa excitación y azoro. Y nos confiesa su afán por ser todo lo justo que esté en su mano serlo, junto con el deseo de no renunciar a entretener y aun a despertar un sentimiento de acuciosa intriga, contándonos cómo en no pocos momentos, en el transcurso de la redacción, invadió su mente la tristeza, sin que la misma fuera incompatible, en ocasiones, con cierto reconfortante regocijo.

Parece inevitable traer a colación estas observaciones con motivo del reciente libro de José Manuel Cuenca Toribio, Ocho claves de la historia de España contemporánea (2003), pues en él se reproducen, concentrados en apenas dos centenares y medio de páginas, numerosos y equivalentes prodigios de esta laya, que si por una parte enaltecen y vindican el alto papel narrativo que corresponde a la mejor historiografía, por otra nos confirman lo que jamás debería olvidarse: que el trabajo del intelectual, ya estemos pensando en un filósofo, un novelista, un politólogo o un historiador, no puede hallar justificación si no es sirviendo con denuedo a una causa moral y epistemológicamente superior, lejos de las seductoras y letales veleidades de la doxa, que tanto impregnan nuestros días, y en permanente aspiración a un tipo de episteme que sea susceptible de sobrevivir tanto a la erosión del tiempo como a la teórica voluntad desmitificadora que optasen por blandir discrepantes y rivales.

En el asunto que nos ocupa, nada menos que el de la historia de España entre 1823 y 1996, esa definición tajante se nos antoja sobremanera difícil, máxime cuando nuestro autor quiere partir de una exigente vocación de profesionalidad, demandada tal y como él la entiende por las reglas de juego académicas, y desea sostener a la vez una auctoricas genuina, a saber: articular una voz individual que transmute su latir interior en discurso universalizador, dirigido no sólo a desenmarañar y clarificar lo confuso, sino, en esencia, a proponer y estimular la regeneración axiológica desde una perspectiva que para este reseñador es radicalmente honesta, inteligente y original.

Estructurado en forma de ocho ensayos independientes, el volumen despliega sin embargo una evidente unidad de método, de aliento, de tono y de propósito, habida cuenta de que lo que persigue —y, según se argumentará, consigue indubitablemente— es describir, a lo largo del periodo en cuestión, el avance y el crecimiento de la nación española en tanto que Estado y como sociedad en toda la extensión humana, cultural e institucional del término, así como la continuidad —o «identidad», aunque no haya aquí concesión a la penosa moda que exacerba tal enfoque— en todos aquellos rasgos de creatividad, desprendimiento y sentido de la responsabilidad que jalonan nuestra idiosincrasia de españoles. Oponerse, pues, a las viejas leyendas de la excepcionalidad hispana y sus «problemas», y rechazar los inveterados cainismos, sectarismos y guerracivilismos propios de algunas tradiciones intelectuales más amantes del tremendismo que de cualquier otra cosa (por ejemplo, de ciertas verdades tan nítidas y aprovechables como las que en el libro se enuncian), no constituye mérito escaso, y más aún si la empresa ha de arrostrarse desde la sobria certeza de un presente que invita, irremediablemente, al pesimismo. Tal como apunta, apenas como un guiño a los tiempos que vivimos, Cuenca Toribio en el prólogo: «Acaso en ninguna otra etapa del pasado reciente y, desde luego, en ningún otro periodo democrático, la densidad ética de la cultura española ha sido menor».

Las ocho claves, que son en realidad otras tantas calas dirigidas con precisión hacia esas bolsas de sentido profundo que suelen ocultar tanto la falsa erudición como la mixtificación interesada, escogen desde luego asuntos de sobresaliente envergadura. Así, e ilustrando en todo momento que personajes públicos, instituciones y fuerzas sociales exhiben como cabría esperar conductas complejas, y entreveradas, por tanto, de aciertos y de errores en una gama infinita de grises que casa mal con el maniqueísmo y la banalización antes glosados, nuestro historiador halla un peculiar deleite en arremeter contra esos lamentables tópicos, tanto en el cuerpo principal del texto como en las abundantes y a menudo espléndidas notas que germinan a pie de página, corroborando lo que, se insiste, de cualquier forma parecería verosímil a una vocación de entendimiento que no arrastrase un sobrepeso de prejuicios; esto es, que incluso en circunstancias objetivamente negativas se dio en el gobierno y en el Estado de España abundancia de cordura, lealtad y buenas intenciones, al lado de una plétora de dirigentes, funcionarios y ciudadanos cumplidores, sin las cuales no se comprenderían ni el avance global del país ni la coherencia última, las más de las veces, entre un estado de opinión generalizado y la actuación pública resultante. ¡Qué poco se avienen a tal planteamiento las retóricas de autoflagelación y brocha gorda! La elección de esta óptica, mucho más sabia que voluntarista, y ajena a todo embellecimiento del pasado, nos permite así fundamentar lo que por otra parte eran intuiciones lógicas en un relato historiográfico riguroso, de cariz fundamentalmente crítico y dialógico, en el que se cita con profusión tanto de textos de la época como de estudiosos y hermeneutas posteriores, presentando así un abanico de manifestaciones que suscita una conclusión implícita.

De esta suerte, la «década ominosa» que concluye con la muerte de Fernando VII puede ser vista con ojos avezados y parcialmente nuevos, tal y como se ofrecen una visión e intelección dialécticas del nacimiento de los partidos políticos y de la idea de progreso que le siguen, o una innovadora interpretación del liberalismo y su implantación en España, o bien —lo que a todas luces es de plena actualidad en el debate político de hodierno— una amplia prospección diacrónica en el feñómeno del nacionalismo español. Aporta Cuenca Toribio elocuentes razones para apuntalar la tesis de que dicho nacionalismo se ha visto no poco mitificado y travestido por sus adversarios, como a no dudar le asisten no menos abrumadores argumentos para contemplar la dictadura de Primo de Rivera, no en vano coincidente con uno de los mayores momentos de esplendor cultural de España, con una mirada limpia de lugares comunes. A cambio, nos obsequia con una larga cita de Ortega sobre el mismo fenómeno que es verdaderamente terrorífica, y que atestigua, acaso mejor que en el caso de otras procedentes de mentes más aventureramente ideologizadas, hasta qué punto se viene dando en España el mencionado tremendismo, por añadidura entre intelectuales y artistas que parecen empeñados en suplantar a políticos y científicos sociales echando mano de un irredentismo lenguaraz y nihilista.

El libro va ganando en intensidad y en virtualidad polémica conforme sus temas se aproximan al presente. Respecto a la Segunda República, parece bien justificado referirse a una leyenda que cambia del negro al rosa ya desde el título del capítulo, y ciertamente es inhabitual entre los historiadores profesionales de primera fila (nos referimos a los de España; en Estados Unidos ha escrito sobre él con elogio Stanley Payne) introducir una alusión a Pío Moa que no sea crudamente descalificadora —cuando el éxito comercial de este autor no puede sino estar basado en el hecho de que su punto de vista empieza a coincidir con el de una mayoría de testigos, y de descendientes de los mismos, amén de con el criterio de lectores curiosos, capaces de pensar por sí mismos y de reinterpretar los hechos a partir de todas las informaciones, los datos y las reflexiones disponibles—; y afirmar con contundencia que «ningún régimen ha usufructuado en nuestro país durante tan largo tiempo un halo tan radiante como la Segunda República».

Concluir este périplo con el primer franquismo, y de contera con la etapa felipista, era tan inevitable como arriesgado, no por la dificultad intrínseca que ello implica sino por la estentórea preeminencia de la doxa en todos aquellos medios profesional e intelectualmente consagrados a la episteme; o, lo que es lo mismo, por esa proverbial contradicción entre lo que se reconoce en el fuero interno como cierto y lo que la mal llamada corrección política obliga a proclamar públicamente si el afectado no busca caer en el ostracismo cultural, visto que el autodenominado «mundo de la cultura» tiende demasiadas veces a seguir un modelo corporativo regido por las normas del familismo amoral, y no se para en barras a la hora de perseguir el pensamiento independiente que no siga los dictados de la moda o el «progresismo dominante». Claro que estas son consideraciones del recensionista antes que del autor, ya que José Manuel Cuenca Toribio se muestra demasiado respetuoso como para emitir juicios que desdigan su premisa inicial. De ahí que lo que principalmente consiga sea, en efecto, detectar en tales etapas recientes esa misma potencialidad para contribuir positivamente tanto al desarrollo de España como a la buena inteligencia entre el vector mayoritario de su ciudadanía y la actuación responsable de las elites. Con todo, y desde el prisma desencantado y solitario de un observador que ame menos a Agamenón que a la verdad, su hermosa prosa y su autenticidad moral no pueden sino antojársenos profundamente raras y gratificantes. ¿Qué es la historia sino filosofía a partir de ejemplos?


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