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Miradas al último espejo. Poesía 2007-2010

Prólogo de Francisco Brines

Diputación de Sevilla, 2011, 87 págs., 6 €

 

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¿Qué es un maestro literario? Seguramente alguien que conoce y ama con pasión la literatura, tiene la voluntad de transmitirla y el atractivo humano que le permite hacerlo. Un maestro literario es un mirlo blanco que señalará a un joven escritor cuáles libros merecen la pena, le pulirá los pormenores técnicos que le impiden un estilo personal —el estilo es el hombre— y le mostrará cuál es, en su caso, el mundo suyo y personalísimo desde el que construir su obra.

Quien examine la vida poética española en los últimos treinta años, descubrirá en bastantes poetas la huella de Fernando Ortiz. En tiempos de la transición se hundió la poesía social dominante durante el franquismo y entró en crisis la poesía novísima, culturalista, muy moderna y engolada. Se abrió paso una poesía más plegada a la experiencia personal, a las emociones propias y a un estilo próximo a la conversación, a veces irónico. Un estilo cuya meta es ocultarse a sí mismo con naturalidad. En este viraje ha tenido mucho que ver el poeta, crítico y maestro literario Fernando Ortiz. Ejerció el articulismo y la crítica literaria en El País y Diario 16. Fundó, junto con Abelardo Linares, la editorial Renacimiento, que ha publicado buena parte de la mejor poesía española de la democracia.

La poesía contemporánea, desde Baudelaire y T. S. Eliot, aúna en un mismo impulso la reflexión crítica y la creación poética. Cuando hemos hablado del magisterio y la influencia literaria de F. Ortiz nos referimos también a su creación lírica. Ambas son las caras de una misma moneda. La poesía de F. Ortiz se sustenta en unos principios que, por puro evidentes, con frecuencia se han pasado por alto. En primer lugar, el oficio de poeta necesita de un conocimiento del utillaje retórico de nuestra literatura. Es casi imposible que un poema nos transmita intensidad si está mal escrito. Desde este punto de vista, la variedad estrófica de F. Ortiz es la de un conocedor profundo de nuestra tradición poética europea. Ha escrito sextinas, romances, sonetos, verso blanco, verso libre… y todo ello sin que se note, sin impostar la voz, con el lenguaje más personal y sin alejarse de una selección de palabras del todo naturales, salidas del corazón al papel y no del manual de métrica. Eliot fue consciente de ese mínimo indispensable exigible a cualquier poeta y por eso elogió al maestro Ezra Pound como Il miglior fabro: el mejor artesano.

Sin embargo la lírica no es artesanía, porque esta repite de modo invariable e impersonal una misma forma. Una forma desustanciada, formulismo mecánico. Por el contrario, la obra de F. Ortiz se asienta en la libertad interior, queintuye el mundo y el hombre como algo multiforme y sagrado. Su palabra poética brota del hombre interior y está tocada por un misterio, por algo divino anterior y posterior a la escritura misma. Por eso la creación exige del poeta un entusiasmo que vertebra su entera existencia, como del centro irradia el círculo. También por eso, la poesía completa de F. Ortiz se titula Vieja amiga, no porque la poesía envejezca, sino porque ha acompañado al poeta durante toda su vida. Hace poco, la diputación de Sevilla ha publicado el último libro de F. Ortiz: Miradas al último espejo.

El tema omnipresente de estos poemas es el tiempo. Mientras escribo estas líneas, mientras usted las lee, nuestro pelo ha crecido, un raudal de segundos ha pasado y son ya ayer. En ciertos poemas de Fernando Ortiz casi oímos esa fuga raudal del río de nuestra vida. Solo dos puentes desde los que asomarnos —la memoria y las palabras— nos permiten esta frágil empresa: dar razón del tiempo, del que apenas sabemos nada. Fernando Ortiz es, desde luego, un poeta elegíaco, alguien que ha estado, desde su primer libro, despidiéndose de la vida y a la vez celebrándola.

El poeta elegíaco, como el buen vino, mejora con el tiempo y en el último libro de F. Ortiz oímos la voz de un anciano. La tribu Yoruba —asentada en la actual Nigeria— fue llevada por los esclavistas a Cuba y Brasil. En Cuba dejaron sus dioses mezclados con la liturgia católica, en la llamada santería. En Brasil dejaron su música y sus canciones.

El músico brasileño Héctor Villalobos las recogió y compuso «Los cantos Yoruba». En ellos ha musicado las tres edades del hombre Yoruba. La Edad de Oro corresponde al joven que descubre en el cuerpo una fuente dehermosura y goce. La Edad de Bronce es la del hombre que ha de abrirse camino en la vida. La Edad de Cristal se reserva para el niño y los que se despiden de la vida. En ellos el mundo se ha vuelto, por fin, claro, sin la pasión ni la ambición que lo empañan. Se nos caen esas dos escamas de los ojos y vemos el mundo en su espléndida pureza y claridad, y el milagro sagrado que es cada vida, desde el lucero al grillo. El hastío del fin, la enfermedad, la misma cercanía de la Inevitable no hacen más que acentuar el gran, definitivo Resplandor.

Europa hoy ha aumentado como nunca su esperanza de vida. Los europeos envejecemos. Lo curioso es que nuestros clásicos apenas escribieron desde la vejez, como no sea el gran Cervantes. Es la poesía contemporánea, la actual, la que ha de ocuparse de esta creciente Edad de Cristal. José Antonio Muñoz Rojas en su libro Objetos perdidos escribió a sus ochenta años un libro afortunado sobre la vejez. Los últimos versos que he leído de Francisco Brines son impresionantes. Estas Miradas al último espejo nos señalan este camino que a todos nos queda por andar. La poesía siempre ha sido necesaria para el hombre. Lo ha acompañado en la canción de cuna, en las bodas, en el trabajo. Hoy es más necesaria que nunca. La vieja amiga que nunca envejece puede enseñarnos a recorrer con lucidez y agradecimiento la última parte del camino. Por eso me permito recomendar el último libro de Fernando Ortiz.


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