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Cualquier estudio sobre la violencia en un determinado periodo político tiene el riesgo de convertirse en una retahíla recíproca de acusaciones que, pese a que terminan infantilizando el debate y restando protagonismo a las víctimas, es una herramienta bastante recurrida. Esta obra colectiva, dirigida por Fernando del Rey y en la que colaboran especialistas de varias instituciones españolas, tiene el mérito de no caer en la cuantificación superficial y realiza un espléndido análisis de la intransigencia y del odio exacerbado con el que se llevó a cabo la propaganda ideológica. Su objeto de estudio son, por tanto, los discursos parlamentarios y extraparlamentarios, pero también las prácticas que se derivan de ellos.

Hubo violencia en las calles, pero también en las palabras, como gráficamente nos recuerda el título. Y la escalada de violencia, una violencia que terminó empapando el espíritu público e infectó a la ciudadanía, fue en parte una manifestación de la irresponsabilidad de las autoridades. En este libro, que también sirve para entender la política más cotidiana de la II República, se realiza un magistral repaso por las líneas de actuación de los principales partidos. El comunismo, el socialismo, los radicales y nacionalistas, los conservadores y quienes tuvieron tendencias fascistas fueron los culpables y no supieron reconducir la pugna al parlamento. También incendiaron el ánimo de los ciudadanos, más bien víctimas. Basta para ello simplemente con revisar las actas parlamentarias que junto con lo mejor de la oratoria recogen también los más encendidos de los enconos.

Es cierto, y es necesario aclararlo, que el libro estudia en exclusiva los discursos y los hechos de aquellos representantes políticos que o bien estuvieron en contra de la República o bien fueron «semileales» a su proyecto. Se obvian las referencias a quienes intentaron pacificar un debate defendiendo lo que fue la legalidad. Y no hay duda de que la dinámica agonística debilitó la credibilidad de los partidos, desgastó el régimen y dejó de lado el pragmatismo para embarrarse más en el odio. Los puntos más álgidos de toda la espiral —1934 y 1936— sirvieron para acentuar la potencia de un conflicto fraguado en los despachos y en las luchas intestinas por el poder. Se vendió, eso sí, como si el ciudadano no tuviera más opción que elegir entre los defensores o los enemigos de la libertad, cuando se sabe, por experiencia, que en la política es mejor resguardarse de los extremos y decidirse por la templanza del gris.

Todo ello contribuyó y precipitó el trágico desenlace. Lo curioso del caso es que la cultura política se convirtió en la semilla de la batalla y que desde los escaños la victoria no la lograra el consenso, sino el extremismo ideológico y la retórica rupturista. De ahí que este libro mantenga en líneas generales que la dialéctica de la política republicana fuera más el reducir al adversario que el construir juntos un futuro. Durante la Transición, las fuerzas políticas mayoritarias dieron este último paso, pero lo cierto es que ahora, de nuevo, las divergencias empiezan a aparecer. Por ello mismo, tal vez hoy sea más necesario que nunca repasar el periodo. La historia ha de ser siempre una referencia imprescindible para la vida política.


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