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La obra cumbre de Johann Wolfgang von Goethe (1749- 1832) es Fausto. Difícilmente encontremos en la literatura universal una obra de mayor ambición y, a la vez, de más larga gestación. La podemos ubicar en el género dramático, excediéndolo cumplidamente. El primer esbozo de la obra lo completa Goethe en 1773, con 24 años, es UrFaust, el Fausto primigenio, al tiempo que culmina su famosa novela Die Leiden des jungen Werthers, la historia del joven suicida, paradigma del romanticismo alemán. Retomando su UrFaust tres lustros más tarde, no dará la obra por concluida hasta tres meses antes de su muerte. La primera parte del definitivo poema dramático se conoció en 1808 y la segunda se publicó póstumamente en 1832. El personaje de Fausto, tratado para el teatro de forma magistral por el isabelino Marlowe en 1592, que condenará al infierno al personaje, parte de la leyenda alemana en la que un sabio formaliza un trato con Lucifer por el cual le entrega su alma a cambio de la mayor dicha. La primera parte del Fausto de Goethe, que se corresponde con el UrFaust, es romántica y tiene como heroína a Margarita. La segunda parte, estructurada en cinco actos, a la manera griega, tiene como emblema a Helena, la bella mujer de Menelao raptada por Paris. El mundo romántico germano frente al mundo clásico grecolatino, tras la estancia del poeta en Roma en los años 1786 y 1787. En la configuración final del Fausto, Goethe vuelca toda su muy destacada sabiduría teatral, adquirida durante las décadas en que fue director del teatro del duque de Weimar, programando cerca de 4.000 espectáculos, entre ellos varias obras de Calderón, como El príncipe constante. Así, hace comenzar su Fausto con un «Preludio en el teatro», en el que intervienen un director, un autor y un actor. Es un diálogo en el que Goethe establece su preceptiva, otorgando el poder final al hecho escénico. Dando paso, a continuación, al «Prólogo en el cielo», en el que, ante los arcángeles Rafael, Gabriel y Miguel, Dios permite a Mefistófeles que tiente en su libre albedrío a Fausto. Tras esta doble introducción, llega la primera parte de la obra, en la que Mefistófeles logrará arrancar el compromiso del doctor: «Si algún día llego a pedir al instante que esté viviendo: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”, podrás encadenarme y moriré feliz». Mefistófeles acompañará a Fausto en su devenir. Primero, participando en la triste peripecia de Margarita, que ante la petición final al Padre Celestial de la pobre muchacha, «Una Voz (De lo alto)», sentenciará: « ¡Está salvada!». Después, en la segunda parte, donde no le llega a humillar la belleza de Helena ni la poesía de Euforión, hijo de ambos, Fausto encontrará en la solidaridad humana el instante a detener, y su muerte, antes de que los coros angélicos se eleven llevándose su «parte inmortal», y una corte celestial arrope a la Mater Gloriosa, mientras el Doctor Marianus introduce al Coro Místico y su exclamación final: «Lo Eterno-femenino nos atrae a lo alto».


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