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Esteban Torre es médico. Cuando llevaba ya bastantes años ejerciendo la profesión que ennobleciera Hipócrates, lo asaltó la Filología en un descampado de su mente y lo atrajo hacia su partido. Se convirtió en uno de nuestros mayores especialistas en métrica y obtuvo una cátedra en el Departamento de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura de la Universidad de Sevilla, donde ejerce su magisterio. Hizo una tesis doctoral sobre Huarte de San Juan y su Examen de ingenios para las ciencias que continúa siendo imprescindible. Fue precisamente con motivo de su dedicación al también médico Huarte como vi impreso por primera vez el nombre de Esteban, ligado a una preciosa edición del Examen en Editora Nacional. En su calidad de experto en métrica, no podía dejar de interesarle una estrofa tan compleja como la sextina, que tanta habilidad y sabiduría requiere. Torre es, también, poeta, y de los buenos, de manera que su brillante desempeño profesional se ve enriquecido, en su caso, por una sensibilidad poética muy depurada. Para corroborar lo que les digo, ahí está «Certidumbre».

CERTIDUMBRE

Poco importa seguir en sombras, cerca
del horror del vacío, si a lo lejos
una cálida luz alumbra, y todo
nos hace ver el triunfo de una vida
que se levanta al fin sobre la muerte,
más allá de la niebla de la nada.

Pero la negra espira de la nada
se arremolina cada vez más cerca,
y el terrible zumbido de la muerte
horada nuestras sienes desde lejos,
mientras en la pantalla de la vida
se va tiñendo de amargura todo.

Y hay un ansia febril que, sobre todo,
nos empuja al abismo de la nada,
y es la conciencia plena de la vida,
la delicia real de lo más cerca,
mientras que se divisa muy de lejos
la oscura silueta de la muerte.

Porque lo más horrible no es la muerte,
sino esta certidumbre de que todo
se va desmoronando y, a lo lejos,
surge el hueco castillo de la nada,
que, cuando lo miramos más de cerca,
es el dulce palacio de la vida.

Hacerse y deshacerse en clara vida,
deshacerse y hacerse en turbia muerte,
saberse dura, tercamente cerca
del bosque del destino, en el que todo
tiene la misma fronda que la nada
y la proximidad de lo más lejos.

Sí, todavía se mantiene lejos
la verdadera fuente de la vida,
que extiende sus veneros en la nada
y anega los eriales de la muerte,
y lo florece de alegría todo
con la esperanza de sentirse cerca.

No importaría estar cerca ni lejos
del árbol de la vida, o de la muerte,
si todo fuera niebla, y sombra, y nada.


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