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El rótulo, «una temporada en el infierno», del poema de Rimbaud da nombre al blog, literario-fotográfico, que mantiene Juan Pedro Quiñonero. El mismo verso, en aposición con la palabra España, se convierte ahora en el título de una obra suya, de la que han aparecido de momento, dos volúmenes. La referencia a un tiempo limitado, algo así como una estancia vacacional o de estudios, una cura en un balneario incómodo, rebaja bastante lo tremendo del infierno. Lo horrendo de este lugar inhóspito y de la situación de los que en él moran es su carácter indefinido, su ser para siempre, que despoja a sus inquilinos de toda esperanza de abandonarlo y de que su suerte mejore. A pesar de Borges, el infierno es eterno o no es infierno de veras. Por estas razones, el título escogido por Quiñonero, a modo de exergo de sus meditaciones, esconde una inconfundible nota de optimismo. Su reflexión constituye un diagnóstico de una grave dolencia, pero hay un atisbo de confianza que permite pensar que el pronóstico no será necesariamente fatal. Los males de España son muchos, vienen de antiguo, pero cabe una posibilidad de cura siempre que se acierte con la terapia oportuna y se tenga voluntad de ponerles remedio.

La portada es, en ambos volúmenes, un grabado goyesco. En el primero, el Capricho 40, se descubre a un asno que, en funciones de médico, toma el pulso de un enfermo postrado en un lecho. Goya apostilla, «¿de qué mal morirá?», la respuesta se asoma sin quererlo a los labios del espectador: con independencia de sus males, el pronóstico es oscuro porque al doliente le ha caído en desgracia un galeno indocto. También España, maltrecha, agoniza porque quienes deberían curarla carecen de la ciencia y la nobleza de corazón exigibles a cualquier facultativo.

Desde la atalaya de París, donde Quiñonero ejerce como corresponsal del diario ABC, las lacras de España se ven con la suficiente cercanía para perfilarlas con nitidez y la necesaria distancia para que no pasen desapercibidas por cotidianas. Duele escucharlo, aún más cuando se oye de labios de políticos de longeva carrera que cuando lo expresan observadores desinteresados: España ha vivido por encima de sus posibilidades. No es la primera vez que esto ocurre. Ramón Carande, en su imprescindible estudio sobre los banqueros de Carlos V, mostró con pasmosa contundencia cómo la políticade la monarquía hispánica la dictaban magnates europeos y no conviene olvidar que Felipe II protagonizó cuatro quiebras. Con sorna el Financial Times recordó este antecedente a todos los europeos el 30 de abril de 2010.

Hace ya unas cuantas décadas que el plan Marshall pasó de largo por España dejando con tres palmos de narices a Pepe Isbert, el inolvidable alcalde de Villar del Río, en la película de Berlanga. Pero los españoles creímos que se nos daba una segunda oportunidad cuando, por fin, se nos permitió el ingreso en la Unión Europea. Quiñonero recuerda el preciso análisis de Octavio Paz. Los españoles padecen euroforia. Para el mejicano, un buen día de 1989, nos sentimos, de pronto, europeos y ricos. Pocos nos advirtieron que con el ingreso solo se iniciaba un proceso que requeriría al menos veinte años de continuado esfuerzo para igualarnos a nuestros vecinos. El rápido desarrollo material, la pujanza económica, nubló la vista de la españoles y les hizo creer que el dinero fácil y la planificación a corto plazo podrían durar para siempre. Olvidamos la necesidad de estudiar, formarnos, invertir para cosechar mucho tiempo después, crecimos sin atender a que los cimientos sobre los que nos elevábamos fuesen suficientemente firmes. La entrada en el euro agudizó la ilusión, una vez más en la historia, de que la fachada que mostrábamos era nuestra auténtica realidad. Ciertamente, nuestro mal es más profundo que haber dejado nuestra curación en manos inexpertas. Para decirlo con palabras que Quiñonero encuentra en Miguel Boyer, la raíz de nuestra desgracia es haber situado el materialismo por encima de los libros, llevar una vida inauténtica, ufanarnos de nuestra dejación de todo espíritu crítico. El espejismo de la riqueza, pagada por nuestros hermanos europeos, nos secó el entendimiento.

El maná europeo, en la figura de fondos de cohesión y estructurales, a la par que cambiaba el aspecto de nuestras ciudades y pueblos, creaba las condiciones para que se extendiese la gangrena de la corrupción, infección imposible de producirse de no darse la mano, en amistoso pacto, las corruptelas de los administrados y los administradores.

El Capricho 42 ilustra la portada del segundo volumen. ¿Dónde encontrar mejor epítome de su contenido y de las desgracias españolas? Un par de acémilas encaramadas en sendos hombres agobiados por su peso son imagen insuperable de la élite dominante que, en tiempos de Goya, vivía a expensas de los pobres y las clases útiles, que cargaban sobre sus encorvadas espaldas la tarea productiva. En España el esfuerzo de generar riqueza siempre ha estado muy mal distribuido. Que fuese así en el antiguo régimen, no nos extraña, que sea así todavía hoy, como prueba Quiñonero, nos aflige. Poco se ha avanzado desde que Joaquín Costa pusiera a España como ejemplo de desgobierno de las cosas públicas colonizadas en beneficio de las oligarquías.

Ciertamente, no son nuevos los argumentos de Quiñonero en estas escasas páginas; al menos desde los Reyes Católicos, una larga lista de memorialistas han tratado de enmendar el rumbo de España, pero su espléndida prosa, sus documentadas cifras y sus perspicaces reflexiones nos confirman la gravedad de los males que aquejan a nuestra patria.


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