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CRITICOS HUMANISTAS

Tengo que agradecer a mis compañeros del equipo organizador del homenaje a Vicente Cacho Viu que me hayan ofrecido la oportunidad de encabezar este libro de recuerdos de un amigo y un compañero inolvidable.

A los cinco años de haberlo perdido, uno no se acostumbra a la ausencia de Vicente Cacho. Y es preciso a veces frotarse los ojos para enfrentarse con la realidad. Que no vamos a dar una vuelta con él por el Retiro, o a visitar alguna de las exposiciones que, de vez en cuando, recibían su presencia en esta ciudad de Madrid. Que no le vamos a oír esa frase chispeante, esa ocurrencia aguda, esa exposición sabía y amena de sus reflexiones personales, tras cualquiera de sus últimas y múltiples lecturas. Y también sus comentarios políticos de actualidad, siempre originales, sin convencionalismos y en no pocas ocasiones tan inesperados en sus labios.

Su enfermedad nos sorprendió a todos o a muchos de sus amigos. Su entereza en esos malos tiempos no sorprendió a nadie.

Cuando fueron apareciendo las limitaciones físicas —en la vida de quien había sido deportista, montañero y esquiador— nunca, en ningún momento, torció el gesto. Sin hacer alarde de la fortaleza cristiana —no meramente estoica— que le sostenía, fue adaptándose a la realidad sin interrumpir su trabajo intelectual, llevándolo disciplinadamente hasta el límite de sus fuerzas, pero sin la orgullosa presunción de rebasarlo: evitando, con sabias ironías, hasta la apariencia de una vanidosa exhibición de heroísmo.

Los que conocían a Vicente, sus arraigadas convicciones, su fe cristiana, su pertenencia al Opus Dei y la esperanza que animaba toda su acción, podían apreciar bien el manantial de energía moral donde bebía su espíritu.

Licenciado en Derecho y en Historia, dotado de un considerable sentido de la belleza y del arte, podía haber sido un maestro de Filosofía o de Historia del Arte. Pero en aquellos primeros años cincuenta, España —con problema o sin problema— despertaba en un joven intelectual, de muchas lecturas ya entonces, una inquietud profunda y muchos interrogantes. Cacho se entregó a la labor de buscarles respuestas. Para ello acometió la empresa de trabajar una parcela que, con rigor y seriedad de historiador, había tenido pocos cultivadores en España: la historia intelectual y cultural de nuestra nación, con un examen a fondo de las tradiciones vigentes.

Un compañero y amigo de Cacho, que en alguna ocasión ha sido severo, y a juicio de algunos injusto comentando alguna de sus obras, solía decir que las tradiciones vigentes son las que no tienen más de cien años. 1850, más o menos, 1950 más o menos también, han sido los dos árboles de la horquilla del siglo español a cuya historia cultural e intelectual se ha dedicado Vicente Cacho. Y lo ha hecho de cima en cima, incluso descubriendo algunas crestas montañosas que estaban ocultas por un error de perspectiva.

Unas tres mil páginas en un escritor del que se dice que publicó poco; más de un millar de páginas sobre la Institución Libre de Enseñanza y su gente, y a través de la historia de la Institución sobre Menéndez Pelayo y las actitudes culturales y políticas y las ideologías de Valera, Cánovas, Pidal, los Revilla, Moreno Nieto y otros más; sobre la llamada Generación del 98, que gracias a Cacho sabemos quién inventó el nombre y qué quería decirse con ese exitoso título; el modernismo catalán; y Ortega, el Ortega joven y el Ortega maduro; D’Ors, el D’Ors de Barcelona, el de París y el de Madrid, desde ciertos puntos de vista tan importante como Ortega y casi igual de representativo de su época; Cambó; el eje Barcelona-Madrid, o más bien el triángulo París-Barcelona-Madrid. Todo eso es una obra de historiador que comprende una importante serie de monografías, que se tienen en pie y que seguirán en esa postura muchos años.

Un filólogo clásico no puede dejar de soltar unos latines, como quien pone la guinda en el pastel de las primeras palabras de estos comentarios.

Plinio —no el de la Historia Natural, sino su sobrino— era orador, político, maestro de elocuencia y epistológrafo (siglo I – siglo II d.C). En una sabia carta a un discípulo suyo —que quizá era de Barcelona, y sobrino político del emperador Adriano, el segundo César de Itálica-—, le recomienda los modelos literarios en que debe inspirar su estilo y su cultura en cada uno de los distintos géneros. Pero también habla de las lecturas, y de las lecturas dice: multum legendum esse non multa, «hay que leer cosas que sean mucho y no muchas cosas». Mi recomendación para los historiadores contemporáneos va en esa línea. El multum, lo más importante, ahí encontrarán lo que publicó Cacho. En el multa, probablemente, habrá unas docenas de libros superficiales y efímeros que pueblan por unos días los escaparates y quizá las páginas de los semanarios culturales.

El multum de Vicente Cacho es el mensaje, el legado, que deja en la historia de la cultura española contemporánea.

A IOVE PRINCIPIUM

Vicente Cacho, que en los años cincuenta era ya conocido como una joven promesa entre los historiadores universitarios, llamó poderosamente la atención del mundo intelectual español con la publicación de su libro La Institución Libre de Enseñanza (Madrid, Ediciones Rialp, 1962, 572 pags.). Una primera y extensa versión de esta obra había sido en el año 1961 su memoria doctoral en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. El ponente de la tesis era Florentino Pérez Embid, y el trabajo fue muy apreciado por el tribunal que lo juzgó, del que formaban parte los catedráticos don Ciriaco Pérez Bustamante, don Juan de Contreras, marqués de Lozoya, don Jesús Pabón y Suárez de Urbina y don Vicente Palacio Atard, eminentes historiadores todos ellos.

El tema resultaba novedoso en la universidad de entonces por diversas razones. Trataba de un capítulo importante de la historia cultural de la España contemporánea, y no de historia política o económica como era más frecuente, y menos comprometedor, en las aulas hispánicas. Era una historia viva, aunque hiciera largo tiempo ya que habían desaparecido sus protagonistas. Pero, sobre todo, era un asunto que había sido objeto a lo largo de los últimos ochenta años de apasionados debates entre apologistas y detractores, cuyos ecos no se habían apagado cuando se publicó el libro.

En la España de mediados de la última centuria y en los medios cultos de la «España peregrina», la Institución era una cuestión más política que histórica. Desde fuera se la podía contemplar con esa cierta objetividad que proporciona la distancia, como había hecho en 1936 el hispanista francés Pierre Jobit. Pero entre españoles era materia más para discutir que para estudiar.

La imagen de la Institución en la publicística española de la época en que apareció el libro de Cacho estaba asociada, desde su fundación, a la «disidencia religiosa y espiritual» en el seno de la cultura nacional, que en principio era oficialmente unitaria y ortodoxa. Esa definición tenía una significación diferente según se la leyera por una cara o por la otra.

Con la Institución se vinculaban de alguna manera las ideologías de las izquierdas burguesas y los intelectuales del socialismo, cuyo triunfo político se habría visto consumado en el primer bienio de la segunda República española

Entre los que se consideraban herederos ó «discípulos» de la Institución, y aquellos otros que a los ojos de la opinión pública formaban parte del mismo sector cultural e ideológico, se contaban políticos socialistas como Besteiro, De los Ríos o Araquistáin, republicanos burgueses de izquierda como Azaña, Albornoz, Zulueta o Barnés, centristas como Álvarez, Pedregal y sus antiguos amigos «reformistas». En el primer tercio del siglo, habían manifestado sus simpatías por la Institución figuras nacionales como Galdós, Pardo Bazán, Azorín, Ortega, Antonio Machado, Unamuno, Madariaga, Castro o Marañón, con todos los matices diferenciales entre ellos que presentan tan ricas personalidades, a las que no es posible encuadrar en las filas de ningún seguidismo.

En contra se habían publicado libros de desigual valor y estudios bien documentados y otros escritos adversos y aun hostiles a la obra de Giner y a sus derivaciones políticas e ideológicas, no pocos de ellos procedentes de medios públicamente considerados como católicos.

A un lector del libro de Vicente Cacho le resultaba nuevo, en primer lugar, el estilo: no sólo el literario, sino el del pensamiento y la serenidad del juicio con que se tocaba ese tema en la España de aquellos años. Una dicción sobria, elegante, respetuosa con tirios y troyanos y con las figuras que hoy se llamarían «emblemáticas» de la Institución. Una narración suelta y viva en la que los principales personajes hablan con sus propias palabras o con las que en relación con ellos escribieron sus contemporáneos. Una obra, en suma, en que un historiador de filiación cristiana, y del que se sabía que era del Opus Dei, practicaba casi por primera vez en la bibliografía española un ejercicio de comprensión de un movimiento filosófico y cultural cuyos principios básicos y cuya acción pública —y proselitista— chocaban con la corriente histórica y mayoritaria de las tradiciones nacionales.

Pero Vicente Cacho sabía que no se trataba de una menudencia, propia quizá para ejercicios marginales de erudición, sino de un episodio de la vida española sin el que no se entenderían adecuadamente bastantes de las cosas que ocurrieron después en el país. Con acierto metodológico de buen historiador no dedicó su libro a dialogar o discutir él con los personajes del krausismo y de la Institución, con sus escritos y obras, o a aplaudirlos, como sus enemigos o sus devotos. El libro del historiador Cacho, sin apriorismos ideológicos y sin prejuicios a favor o en contra, los situaba en su momento y los ponía a dialogar con el contexto político y cultural en que se movían, y también sin sacarlos de quicio y.de sus verdaderas proporciones históricas.

(Es evidente que Sanz del Río no era una anticipación de Ortega, ni Fernando de Castro de Menéndez Pidal, ni siquiera Giner (1839-1916) —el más importante de todo el krausismo y poskrausismo español— tendría tanta influencia en la cultura nacional como su casi contemporáneo Menéndez Pelayo (1856-1912). He puesto estas últimas líneas entre paréntesis, porque esas comparaciones no son de Cacho, ni estoy seguro de que las hubiera aprobado, sino del viejo amigo de Vicente que ha escrito estas páginas comentando su personalidad humana y su obra de historiador).

En algunos capítulos Vicente Cacho procede como un notario, o como un reportero. Por ejemplo, cuando describe el entierro de don Fernando de Castro, el 7 de mayo de 1874, o la detención a media noche de don Francisco Giner de los Ríos y su traslado por tren a Cádiz («en coche de segunda clase», como hizo constar en sus recursos el propio interesado) cuando estalló la «segunda cuestión universitaria» a finales de marzo de 1876.

El libro sobre la Institución, con el subtítulo «Orígenes y etapa universitaria (1860-1881)», se presentaba como la primera parte de una obra más amplia. Pero yo pienso que Vicente Cacho acertó en no seguir con la narración de la vida de la entidad educativa que desde 1881 continuaría el nombre y el espíritu de lo que habían representado la Institución de la primera época gineriana (1876-1881) y el movimiento ideológico y político del krausismo español en cuyo seno había nacido. Igual que atinó también en empezar su obra antes de que se creara formalmente la Institución. Ésta no habría llegado a existir sin la importación y adaptación a la idiosincrasia española de esa versión castellana, del krausismo, que tuvo sus primeras manifestaciones en 1850 y cobró estado público siete años después con el discurso académico de don Julián Sanz del Río.

Al final de ese decenio, don Julián y Fernando de Castro no sólo eran compañeros por sus cátedras, sino amigos personales e ideológicos. Al uno como caudillo filosófico del krausismo español y al otro como crítico de la historia de la Iglesia y en particular del catolicismo español, se les puede considerar antecedentes directos o padres espirituales del «institucionismo gineriano». Lo cual no quita nada a la conclusión a que llega un atento lector del libro de Cacho.

En torno al krausismo y a la Institución hubo figuras para su tiempo eminentes: los presidentes Salmerón y Castelar, o el indispensable Gumersindo de Azcárate, políticos del 68 o de la primera República como Laureano Figuerola, o los catedráticos Francisco de Paula Canalejas (padre del otro más famoso Canalejas), Federico de Castro, Leopoldo Alas (Clarín), etc. Pero sin la dedicación, la tenacidad, y las convicciones de Giner, todo aquel krausismo de tan corto aliento filosófico no habría pasado de ser una escuela de pensamiento tan efímera como la de los psicologistas catalanes de filiación escocesa de Eixalá y Lloréns, que duró lo que sus propios introductores.

Sin el krausismo de Sanz y la crítica histórica de Castro no se entiende la Institución. Por eso, en el libro de Cacho, el nacimiento oficial, con ese nombre, de «Institución Libre de Enseñanza» (mayo de 1876) se encuentra en la páginas 412. Y la capitanía real y reconocida de Giner en la 225. Porque la obra de Cacho no era la biografía de una entidad educativa, sino la historia de un movimiento cultural y político capital en la vida espiritual, ideológica y general de España de la segunda mitad del XIX, de indudable trascendencia hasta el día de hoy.

Después de 1881 las cosas transcurrieron por otras vías, aunque ideológicamente se derivaran, como de su fuente primigenia, de la Institución de la etapa que acaba en ese año final del libro. Nada habría estado más lejos de los propósitos de su autor que redactar la crónica de una experiencia educativa, ni de una pedagogía concreta, por muy gineriana y neokrausista que fuera.

Al hilo de los hechos y acontecimientos enunciados en su libro, Vicente Cacho exponía y analizaba el contexto cultural de la vida española desde los primeros débiles y oscuros pasos del krausismo, en el clima romántico de 1840 y en medio de las tensiones políticas e ideológicas de entonces, hasta que en 1881 con el primer gobierno «fusionista» de la Restauración, presidido por Sagasta, volvieron a las Facultades los catedráticos sancionados por razones ideológicas cinco años antes.

Los sucesos y los debates que constituyen la historia de todo ese ambiente universitario, filosófico y cultural, se encuadran en la más amplia historia política e ideológica general española de ese agitado medio siglo. Es la media centuria de los ocho golpes de Estado, de las cinco Constituciones, las tres monarquías, una República con cuatro o cinco presidentes, según se cuente, y una o dos guerras carlistas, entre otros acontecimientos de menor relieve.

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS

Vicente Cacho nació en Madrid (1929) y residió habitualmente en esta ciudad la mayor parte de su vida. Hubo dos periodos de varios años cada uno en que sus quehaceres académicos le llevaron a otras ciudades de España. Durante nueve cursos (1957-1967) fue profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Navarra, y después de ser agregado de la misma materia en la Universidad Complutense (1967-1970) (profesor agregado de entonces, que hacían las mismas oposiciones que los catedráticos), ya de catedrático, estuvo enseñando en las universidades de La Laguna, Autónoma de Barcelona, Valencia y Central de Barcelona, por ese orden, desde 1976 hasta su final incorporación a la Complutense, en 1982.

La familia de Vicente era madrileña y vivía en el barrio de Arguelles. Los Viu procedían de Aragón, de Jaca, donde Vicente de niño pasó algún tiempo en la casa de sus mayores durante la guerra civil.

De sus padres heredaría su afición a los deportes de montaña y ellos le descubrieron todos los secretos de la sierra madrileña. Muchas veces sus amigos le hemos oído contar recuerdos de aquellos sábados y domingos u otros días de fiesta recorriéndola de cresta en cresta con los padres. Solía referir que don Evaristo y doña Vicenta se habían conocido de jóvenes en los altos de Guadarrama o en Navacerrada. No recuerdo en cuál de esos lugares.

El bachillerato de Vicente Cacho fue de premios, hasta el de la reválida, de la que se examinó en junio de 1946 en la Universidad Central. Después estudió Derecho (1946-1951) y Filosofía y Letras, sección de Historia de América (1947-1952), en la misma Central, ahora llamada Complutense. Entretanto, siendo todavía alumno de los últimos cursos de las dos carreras, inició su relación con el Opus Dei, al que perteneció toda su vida.

En aquellos años, a partir de fines de 1951, Vicente empezó a trabajar como asesor de la Dirección General de Información en el primer gabinete de jóvenes colaboradores para asuntos culturales que reunió en torno a sí el profesor Pérez Embid. Formaban aquel prometedor equipo (por orden alfabético) Vicente Cacho, Jesús de Polanco y Salvador Pons, todos los cuales han dado bastante de sí a lo largo de sus vidas. También en el año 1952 empezó a colaborar conmigo en tareas de redacción y editoriales, y con sus artículos habitualmente sin firma, en el semanario La Actualidad Española, cuyo primer número se publicó el 12 de enero de 1952.

El trabajo de Cacho en la Dirección General de Información se centró casi exclusivamente en el Ateneo de Madrid, donde creó y organizó la sala de exposiciones y otras empresas culturales, para lo cual su preparación profesional y sus aficiones artísticas le hacían especialmente apto. En ese ambiente se forjó su amistad con destacados pintores y escultores, como Godofredo Ortega Muñoz, Pablo Serrano y otros, cuyos nombres constan en los catálogos e historia de la sala.

En el año 1954 ganó las oposiciones al cuerpo de Técnicos Especiales de Información y Turismo y siguió dedicado al Ateneo y a sus exposiciones y actividades culturales, hasta que en 1957 fue invitado a incorporarse a la Universidad de Navarra, donde terminó por fin la tesis doctoral en Historia que tanto éxito tuvo y que llevábamos algún tiempo esperando sus amigos.

A lo largo del decenio de 1960, Vicente Cacho se ocupó como secretario y principal editor de la revista cultural Atlántida, estudió, mucho y leyó más; mantuvo y reforzó sus relaciones con historiadores e hispanistas británicos y franceses, iniciada en su estancia en Inglaterra de 1953; siguió su carrera académica y atendió sus cursos universitarios.

BARCELONA Y MADRID

Durante esa segunda mitad de los sesenta, Vicente Cacho inició sus trabajos sobre el universo artístico e intelectual de la Barcelona de los últimos tramos del siglo XIX y primer tercio del XX, y la cultura catalana de esa época a la que habría de dedicar tanta atención y empeño con los maduros frutos que ofrecen las publicaciones, que un historiador, tan reflexivo y parsimonioso como él, fue esparciendo morosamente desde 1977 hasta casi sus últimos días. Finalmente esos estudios catalanes de Cacho culminaron en un libro sobre D’Ors publicado en los últimos meses de su enfermedad (1997) y otro póstumo (1998) sobre el nacionalismo catalán como factor de modernización. Su centro de trabajo en Barcelona fue la rica biblioteca del Ateneu, en donde pudo leer, examinar y extractar docenas y docenas de libros y colecciones de revistas y periódicos. No sólo estudió las publicaciones catalanas y los escritos de sus intelectuales, sino las fuentes, sobre todo francesas, que habían constituido el acervo de lecturas de esos «modernistas».

Sus trabajos, por así decir, catalanes, se fueron desarrollando al mismo tiempo que otros cuyos principales asuntos, obras y pensadores habían tenido por escenario histórico Madrid. Me refiero a los estudios sobre los llamados escritores del 98 y el universo cultural y político en que se movieron y sobre el que se proyectó su influencia. Ese llamado 98 representaba un nuevo periodo de la vida española, distinto y siguiente al que Cacho mismo había estudiado en su libro sobre la Institución, pero de una trascendencia comparable en la historia de la cultura española. El último libro suyo que Vicente Cacho llegó a ver impreso lleva como título y como lema o propósito las expresivas palabras Repensar el 98.

Durante sus últimos años madrileños Vicente Cacho instaló sus cuarteles de trabajo, sus libros y su ordenador en la Fundación Ortega y Gasset. La generosa hospitalidad de Soledad Ortega le hizo sentirse en su propia casa en el altillo de aquel edificio que él llamaba el «palomar». Así pudo trabajar en el archivo y biblioteca de don José. Pero, además, la amistad de Soledad y los comentarios que se cruzaban entre ellos en torno a libros o cartas de Ortega enriquecieron el conocimiento que el historiador Cacho adquirió acerca de la personalidad del ilustre filósofo. El libro póstumo del año 2000 y algunos artículos o introducciones a volúmenes, que tratan de Ortega y de su contexto político y cultural en la España de su tiempo han sido frutos de este tercer gran campo de estudio del historiador Cacho

La Fundación Ortega y Gasset y el Ateneu barcelonés fueron los lugares en que Vicente Cacho pasó muchas horas al día de trabajo durante varios años de su vida. Pero un lector de la obra de Cacho que conozca su biografía se inclina a ver en ambos centros un símbolo de los dos polos de ese «eje Barcelona-Madrid» que fue uno de sus hallazgos de historiador de la cultura española. Ya se apuntaba a ello en su escrito de 1977 sobre el nacionalismo catalán y Giner.

A diferencia de los estudiosos que tienden a ver las dos capitales como compartimientos estancos, Vicente Cacho fue descubriendo puntos de comunicación y líneas de influencia recíprocas entre ellas.

En algunos asuntos y en algunos momentos de la historia el eje bipolar se convertía para Cacho en un triángulo: el triángulo París-Barcelona-Madrid, al que algún día los historiadores de la cultura española acabarán por llamar «el triángulo de Cacho».

Después de su libro de 1962 sobre la Institución, durante casi quince años Vicente Cacho publicó relativamente poco: media docena de folletos y artículos breves y algunas reseñas y comentarios de libros. En los tres lustros siguientes fue más productivo. Sin merma de su meticulosidad y con su habitual parsimonia editorial, dio a conocer unos treinta trabajos históricos de diversa extensión en obras colectivas, revistas científicas y culturales y algunos prólogos o introducciones a libros de otros autores.

Todos esos estudios versaban sobre diferentes asuntos y aspectos de la historia cultural e ideológica de España en el último tramo del siglo XIX y en el primero del XX, desde la Restauración (1876) hasta el fin de la monarquía y principio de la segunda República (1931). Los dos últimos libros de Vicente Cacho (ambos póstumos, pero estructurados por él) incluyen catorce de esos trabajos.

De dos de los cuatro volúmenes aparecidos entre 1997 y el 2000, se puede decir que tienen su centro de gravedad en Madrid, que es la capital desde donde irradió sobre toda España la acción publicística de la llamada Generación del.98, y donde luego se alzó y asentó el «imperio intelectual de Ortega», por decirlo con palabras de Cacho.

De los otros dos, uno es básicamente «catalán» (El nacionalismo catalán como factor de modernización), mientras que el cuarto (de 1997) recoge en torno a la figura de Eugenio D’Ors encuentros y desencuentros entre Barcelona y Madrid, con París al fondo. Uno de los estudios incluidos en el volumen del nacionalismo catalán se titula «El triángulo París-Barcelona-Madrid. Sintonías y distancias».

En dos por lo menos de los catorce estudios recogidos en esos libros, aparece la Institución. En ellos se aportan informaciones novedosas sobre la presencia cultural y política de la Institución en los años de la Restauración y en los de Ortega, o sobre la relación de Giner con el nacionalismo de Cataluña.

En los libros póstumos han publicado prólogos o estudios sobre el historiador Cacho Viu y su obra: José Várela Ortega (historiador y nieto de don José), Octavio Ruiz Manjón (catedrático de Contemporánea y discípulo de Cacho) y Albert Manent, escritor catalán, continuador de una distinguida estirpe de intelectuales barceloneses.

EL HISTORIADOR EN SU TALLER

En el repaso que yo he hecho de los escritos de Vicente Cacho, y de los comentarios sobre ellos de los especialistas de la historia contemporánea de España y de la cultura catalana que he procurado leer con atención para hilvanar estas líneas, he recordado o aprendido muchas cosas. Para no resultar prolijo me limitaré a unas pocas consideraciones —quizá arbitrariamente elegidas— sobre los hallazgos del historiador Cacho, sobre su método científico y sobre el estilo humano e intelectual de sus escritos.

Vicente Cacho acuña el término «entre siglos», así en una sola palabra, para los años en torno al 1900 que son como la bisagra en que se articulan dos periodos diferentes de la cultura española. En ellos se asienta el reinado del ensayo como género literario más ambicioso que el artículo y de mayor influencia en las minorías que pugnan por la modernización del país. Hay ensayos por todas partes en publicaciones periódicas y en libros. Los estudiosos han ofrecido numerosas definiciones del ensayo. Cacho no añade ninguna nueva, pero es evidente que lo toma en serio como un género especialmente apto para exponer o reflejar el pensamiento. El ensayo, diría yo, tiene siempre algo de reflexión sobre la realidad y de filosofía de lo inmediato.

La influencia francesa, advierte Cacho es particularmente grande, porque esas minorías modernizadoras y los autores que leían habían estudiado francés, única segunda lengua en la enseñanza secundaria española.

Los barceloneses del «modernisme», que a juicio de Cacho es algo así como el equivalente catalán del «noventa y ocho» castellano, fueron bastante autónomos en relación con Madrid, quizá por tener más directa o más estrecha relación con París. Y porque pasaron del catalanismo regionalista de la Renaixenga a la recuperación nacional de Cataluña y de su cultura con manifiestas consecuencias ideológico-políticas. Escritores y políticos del Principado no perdían de vista, antes de la I Guerra Mundial, los emergentes nacionalismos históricos del Imperio Austrohúngaro. Más atención se prestaba al caso checo que al de Hungría, porque al fin y al cabo esta última nación estaba reconocida como tal y era cabeza de una de las coronas de la «monarquía dual».

Cacho demuestra que «generación del 98» fue una expresión creada por Ortega en 1913, pero no para referirse a las figuras culturales de entre siglos (Unamuno, Azorín, Maeztu, Baroja, etc.), sino a sus coetáneos, que apenas si habían cumplido treinta años en aquella fecha. Fue Azorín el que tomó al vuelo la frase y se la aplicó a sí mismo y a sus afines, que eran por lo menos diez años mayores que los escritores y políticos de la edad de Ortega. También prueba Cacho, documentadamente, que los escritores castellanos de entresiglos, salvo quizá Unamuno, fueron muy a remolque de Giner.

Para ellos la modernización que todos buscaban en la paz de la Restauración y después de la derrota del 98, habría de venir de la mano de la ciencia. Cajal, y también Carracido o Menéndez Pidal, eran aceptados por las minorías del 98 y por la Institución como los portaestandartes o los símbolos de ese movimiento de renovación. En Barcelona, el impulso hacia la modernización vendría por el tránsito del nacionalismo romántico y posromántico al catalanismo político (Prat de la Riba, Cambó), operando en la conciencia o en el inconsciente de su gente, como ya se ha dicho, el modelo checo.

Explica Cacho cómo en Barcelona los jóvenes modernistas, herederos a la vez del laico y republicano Almirall y del obispo de Vich, Torras i Bages, deshancaron a las figuras de la Renaixenca. El artífice de la operación, en su versión política, fue Enric Prat de la Riba, que desde la prensa, desde su libro La nacionalidad catalana y desde la administración de la Mancomunidad dio forma con textos y con hechos a un pensamiento público que en líneas generales podría adscribirse a corrientes liberales y conservadoras. El más brillante escritor catalán de aquellos años fue Xenius, Eugenio D’Ors, colaborador asiduo de La Veu de Catalunya de Prat, que residió largo tiempo en París y nunca perdió cierta relación con Madrid, como prueba el epistolario recogido por Cacho en el libro Revisión de Eugenio D’Ors.

Vicente Cacho hace observar dos anécdotas bastante significativas. Cuando en 1914, D’Ors perdió injustamente a todas luces las oposiciones a una cátedra de Filosofía de la Universidad de Barcelona (en las que el único miembro del tribunal que votó a favor de él fue Ortega), el Ateneo madrileño le ofreció un homenaje de desagravio. Don Francisco Giner, que frecuentaba pocos actos o lugares públicos, asistió a él. Igual que haría el 23 de marzo del mismo 1914, cuando Ortega pronunció en el Teatro de la Comedia su famosa y ruidosa conferencia «Vieja y nueva política». D’Ors y Ortega eran, ciertamente, los más destacados y prometedores pensadores de su generación. Pero tenían unos treinta años y Giner había nacido en octubre de 1839.

Este breve recorrido por algunos de los hallazgos y conclusiones de Vicente Cacho en su labor historiográfica, centrada principalmente en el siglo 1850-1950, muestra que ha seguido los pasos del pensamiento y de la acción de numerosas figuras de primer orden y de la máxima influencia en la vida cultural e ideológica española de una época en la que él ha sido reconocido como indiscutido maestro. Sus discípulos y amigos saben que el método de trabajo de Cacho estaba presidido por el rigor y la exhaustividad.

Cacho revisó numerosos archivos de instituciones, y bibliotecas y hemerotecas públicas y particulares. Leyó todos los libros que cita. Y los examinó —y fichó— escrupulosamente, en sus apuntes y papeles cuando hacía la obra sobre la Institución, y después en los discos de su ordenador, donde quedan no pocos esbozos de trabajos, sugestiones y notas de lectura, que es deseable que algún día puedan servir a posibles continuadores de sus investigaciones. Más de cuarenta años de laboriosidad y de constancia han sido la base sólida de sus publicaciones y de su valioso archivo de documentos.

Pero en la obra de Cacho hay algunos rasgos que, a mi entender —y no estoy solo en este punto—, merecen destacarse. Son su independencia de criterio, su voluntad de objetividad y su comprensión del otro, fuera éste filósofo, escritor o político.

Igual puede decirse de los asuntos sobre los que versan sus trabajos. Albert Manent ha escrito que Vicente Cacho ha sido un «catalanófilo» tan completo como Menéndez Pelayo. Discípulos, herederos y familiares de prohombres de la Institución han apreciado la comprensión con que un escritor católico se ha acercado a los fundadores de aquella empresa y a su historia y ha sabido situarlos a ellos y a su obra en su época y valorar la voluntad de modernización y el patriotismo que les animaba.

Cacho no ha adulado nunca la memoria de sus «héroes». No ha dicho que los escritos de Krause o de Sanz del Río merezcan grandes páginas en las historias de la filosofía. Ni que Giner fuera el padre de una nueva España. Pero gracias a la obra de Vicente Cacho no pocos de los intelectuales, escritores o universitarios que no comulgamos con puntos capitales de la ideología de los padres y abuelos de la Institución hemos sabido que ellos también forman parte del árbol genealógico de nuestros mayores. Ellos llenan un capítulo de la historia de la cultura nacional y debemos respeto y gratitud a su memoria; ellos también son de los nuestros y nosotros de los de ellos. Desde las páginas de Cacho esas personalidades nos enseñan, además, a estimar y practicar virtudes civiles e intelectuales —-e incluso morales— que en otros pagos estuvieron en no pocos momentos cubiertas de polvo.

LA ÚLTIMA LECCIÓN

Se puede decir que Vicente Cacho trabajó hasta el último aliento. Sobrecogía de respeto y admiración verle corregir con toda paz las galeradas de esos libros que serían los finales de su vida, con la máscara de oxígeno en el rostro y un lápiz en la mano, mientras comentaba algo de actualidad.

Así supo llevar animosamente esos estudios, de los que aún quedan sin publicar escritos que merecen ser conocidos, hasta acabar todo lo que pudo, sin que decayera su voluntad de trabajo. Quizá el secreto es que a ese ejemplar cristiano, discípulo de san Josémaría Escrivá, que fue Vicente, tan discreto, pero nunca secreto, administrador de sus intimidades espirituales, que por otra parte no dejaban de ser transparentes, su trabajo lo acercaba a Dios.

El tramo final de sus sesenta y ocho años fue la fatal enfermedad, durante cuyas primeras etapas Vicente continuaba yendo a diario a su puesto de trabajo en la Fundación Ortega y Gasset y a desarrollar allí algunos cursos monográficos de la Complutense. Todo ello con el mismo admirable espíritu de los últimos tiempos en que ya se vio obligado por el avance del mal y la prescripción médica a quedarse habitualmente en casa y guardar cierto reposo.

El reposo que le prescribieron y el severo tratamiento a que estuvo sometido, no le impidieron seguir leyendo, estudiando e incluso escribiendo. Recuerdo algunas visitas que tuve oportunidad de hacerle en octubre y noviembre de aquel 1997. Sentado en su sillón, con los papeles sobre las rodillas, le gustaba contemplar por la ventana de la habitación los jardines del inmueble contiguo iluminados por el radiante sol del otoño madrileño, que a él le evocaban antiguos estudios. Eran los jardines traseros del palacete de la calle Martínez Campos que había ocupado la Institución Libre de Enseñanza, a cuyo estudio había dedicado él, de joven, tanto tiempo y atención.

En la pared del cuarto, frente a Vicente, colgaba el «Cristo roto», que decía él. Era un crucifijo de unos treinta centímetros, que en un descuido de alguien había caído al suelo y que él no había querido que se reparara. Uno piensa que la vista de esa imagen doliente y quebrada infundía fortaleza y serenidad a su alma tan profundamente cristiana.

En torno a Vicente, gravemente enfermo y en plena faena profesional, todo discurría con estremecedora naturalidad. Ni una queja, ni un desplante, ni una llamada a la compasión, ni un alarde de heroísmo. Ni siquiera un lamento de resignación. Se dejaba cuidar por las personas que le atendían con la sencillez del que sabía que, en sus limitaciones físicas, era lo que tenía que hacer.

Vicente Cacho, en suma, en aquella situación tan penosa para todos menos para él, acertó a vivir de modo admirable con grandeza espiritual, como si no pasara nada, la vida ordinaria de un estudioso e historiador que se conducía sin decirlo y casi sin pensarlo como un cristiano ejemplar.

Fruto precioso de aquellos trabajos terminados en circunstancias tan excepcionales fueron sus dos libros de 1997, el D’Ors y la revisión del 98, los publicados póstumamente sobre el nacionalismo catalán y sobre el perfil público de Ortega y Gasset, así como el resto de los valiosos inéditos de cuya edición se ocupan sus discípulos y testamentarios, bajo la dirección científica del catedrático de la Complutense Octavio Ruiz Manjón.


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