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Junto con su predecesor Apolonio de Rodas y sus sucesores Ariosto, Tasso o Alonso de Ercilla, Virgilio representa el Kunstepos frente al Volksepos de Homero, del Beowulf o del Cantar de los Nibelungos. Esa épica «artística» siempre tiene un autor preciso, real, histórico, no una criatura nebulosa como el autor de la Ilíada. Virgilio existió, nació en Mantua, fue protegido de Augusto y amigo de Horacio (que lo llamó en alguna parte animae dimidium meae). En la Eneidase propone cantar las excelencias de un héroe secundario de la guerra de Troya, hijo de Anquises y de Afrodita/Venus, que aparece poco en los poemas homéricos, pero que a Virgilio le viene pintiparado para justificar la procedencia troyana de la gens Iulia, o sea, la familia de Octaviano, el sobrino de Julio César, que pasaría a la historia con el título de primer emperador y con el nombre de Augusto (no cabe otro más solemne). Con la Eneida se inicia ese tipo de obras, en verso o en prosa, que pretenden suministrar el abolengo del que carecen a las dinastías imperantes con las que simpatiza el autor. Se me viene a las mientes, por ejemplo, la Historia de los reyes de Britania, de Geoffrey de Monmouth (c. 1135), que intenta dar a los Plantagenet reinantes un pedigrí de fábula que se remontaría al troyano Bruto. Pero, al margen de esta intencionalidad espuria al servicio de este o aquel linaje, lo que instala a Virgilio en las vitrinas de la permanencia es su portentosa sensibilidad a la hora de urdir versos inolvidables. Viven en mi recuerdo, de manera indeleble, algunos de ellos. En el libro I, por ejemplo, el Mantuano se pregunta, ante el despliegue de insidias y partidismos de que hacen gala los dioses en su apoyo a tal o cual causa: Tantaene animis caelestibus irae? No concibe que sentimientos tan negativos como la cólera puedan habitar en el corazón de los dioses. Más adelante, en el mismo libro, Venus se aparece a su hijo bajo la especie de una doncella armada; al darse la vuelta, su divinidad se revela por la forma de andar: et vera incessu patuit dea. ¿Y qué me dicen de ese prodigioso hexámetro del libro VI, tan citado por Borges como ejemplo supremo de hipálage: ibant obscurisola sub nocte per umbram? La Eneida es un museo de prodigios textuales, un vivero inagotable de loci memorabiles, un palacio encantado de palabras maravillosas.


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