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Erasmo y humanismo son sinónimos tan claros como clara fue la vuelta a las fuentes clásicas que supuso su irrupción en el panorama cultural de la época. No es de extrañar que el protestantismo quisiera arrimarse a ese árbol fecundo e ingenioso que era el autor de Elogio de la locura, pero el propio Erasmo (1466 – 1536) supo desligarse en su límpida contestación a Lutero, tan célebre.

El rigorismo del alemán, las tinieblas de un hombre condenado al pecado, contrastan con la jubilosa censura del pensador de Rotterdam. Para muchos, sin embargo, las obras de Erasmo se reducen a esta que aquí comentamos, dedicada, por cierto, a su amigo Tomás Moro. No apreciar el resto de su obra es una injusticia pero también una pérdida para el hombre de hoy.

En Elogio de la locura la sátira adquiere naturaleza de crítica social

En Elogio de la locura la sátira adquiere naturaleza de crítica social, un aspecto más importante del que parece a simple vista. En efecto, es también el Elogio una forma de rendir sincero homenaje a los clásicos, tan diestros en hermanar el arte de la ironía con el de la crítica. El libro, publicado cuando Erasmo ya era un pensador conocido y respetado, logra su propósito: su publicación escandalizó tanto por su tono —a veces incurre hábilmente en la grosería— como por su contenido, ya que incluye, escondido en una brillante frivolidad, una condena de los vicios de aquellos situados en los lugares más altos de la cima social.

Porque para Erasmo tanto los burgueses como los prelados están atrapados en la necedad. Y de ella ni siquiera puede escapar el vulgo. Pero ser presa de la necedad es la garantía de esa felicidad mundana, estéril y superficial, que Erasmo condena irónicamente. Se puede vivir en la realidad o en las apariencias, y qué duda cabe que es más cómodo, más placentero y en ocasiones más lucrativo lo segundo que lo primero. La pregunta es si resulta más humano y honesto.

¿Cuál fue la intención de Erasmo con esta obra? Ningún intérprete podría asegurarlo con rotundidad. Pero no estaría de más pensar que a veces la ironía puede hacer olvidar también un sentido directo. Tal vez la alusión a la locura y a la estulticia esconda una enmienda a la escolástica, de la que el pensador no gustaba especialmente.

Si esto fuera así, el Elogio anunciaría la llegada de una edad que, pese a apelar a la razón, conduciría a muchas aporías, como bien sabe la posmodernidad. Esto supone en ocasiones ver con los anteojos que ofrece la perspectiva histórica. En cualquier caso: ¿no sería legítimo ver en este elogio una alabanza de la función social y política de la ironía? Erasmo, al cabo de los siglos, sigue dando que pensar.


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