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Federico Reviso, hijo del estraperlista Olegario Reviso, disimulaba su origen andaluz con una forzada pronunciación al hablar. Tenía el pelo ensortijado y una dentadura tan correcta como el teclado de un piano. Usaba gafas de concha cuyas varillas manoseaba de continuo reponiéndolas en su sitio. Al andar, arqueaba las plantas de los pies deslizándolas por el suelo de forma que remataba cada zancada con un saltito, como tomando impulso. A las piruetas peripatéticas debió el mote de Pasos Largos que le dieron en el instituto.

Por las continuadas bromas de los compañeros de estudio o porque el viejo quisiera que se dedicase a los negocios, Federico Reviso no había estudiado más que el bachillerato de Lora Tamayo, hasta la reválida de sexto. Se consideraba autodidacto genuino y, como todo autodidacto, capaz de emprender y llevar a buen puerto las más arriesgadas empresas intelectuales. Había leído a los clásicos, según repetía, «desde muy joven», y afirmaba conocer el pensamiento filosófico «de Platón a Husserl, todo».

Una tarde se presentó en la redacción de Voz de Difusión Latina para hablar con el redactor jefe.

—¿A quién debo anunciar? —le preguntó el ordenanza, ceremonioso.
—A Federico Reviso Caballero, escritor.
El ordenanza entró sin llamar en el despacho de Rodrigo Gramanet, el redactor jefe.
—Don Gramanet, un caballero que se llama Caballero y que dice que también es escritor.
—¿Qué pinta tiene? —inquirió Gramanet.
—Psé. De eso, de escritor —aseguró Eulogio sin la menor consideración al oficio del jefe—. Cuando habla, hace cosas con los labios, como los gorrriones.
Gramanet miró el reloj con gesto de impaciencia.
—Dígale que pase. Y no se haga el gracioso, Eulogio.

Gramanet, celosísimo guardián de su tiempo, había hecho clavar en la puerta del despacho un pliego de papel de barba con un texto disuasorio. El conócete a ti mismo de aquel templo de las letras rezaba: Nuestro intenso trabajo nos impide atender con el debido sosiego las visitas que no hayan sido concertadas con antelación. Le rogamos sea usted breve al despachar el asunto que le ha traído hasta aquí. Reviso lo leyó, dándose por enterado.

—Me disponía a salir —le dijo Gramanet tendiéndole una mano y haciendo con la otra ademán de descolgar la gabardina—; usted dirá.

Reviso intentó ser tan escueto como le recomendaba el cartel. Tomó aire y con voz abuchada —parecía tragar sopa al pronunciar las eses con mucho cuidado— dijo:
—He publicado una plaquette de poemas en Málaga y otra en Almería. Tengo hecha crítica literaria en periódicos: Diario de Córdoba, Diario de Jerez, El Correo de Andalucía, Soldé España, SUR… —citó en orden alfabético, dando a entender que había más—. He colaborado, como negro —la oportuna franqueza desarmaría las reservas de Gramanet—, en la redacción de un libro de historia de la literatura. Me gustaría trabajar para Difusión —a la gente de letras la sinécdoque no pasaba inadvertida—. Soy suscriptor, desde el año sesenta y dos.
—¿Un libro de texto, eh? —respondió Gramanet, que solía hablar en paralelo sobre lo que se hablaba, oyendo sólo lo que quería, y para quien una sola suscripción era un ahorro de energías en el forcejeo de las subvenciones—. ¿Qué parte hizo?
—El tema «La poesía española de posguerra (teoría, antología y comentario de textos)»; desarrollé a Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo y Luis Rosales —recitó Reviso.
—¿Rosales, dice? —Y tanteando los recursos del recién llegado, como por añadir algo, volvió a preguntar— ¿En qué hornada lo incluyó? ¿Como de la generación del 36 o de la del 27?
—No, nada de eso —respondió Reviso con una autosuficiencia que rozaba el desprecio—. En el epígrafe «Otros poetas fascistas de la época».

Gramanet dio un respingo. Imaginó aquellas palabras, dirigidas a ocupar la atención y el estudio de millares de escolares, chocantes y atractivas como el imán de un titular escandaloso de periódico. Alguien que inventaba algo así debía de ser muy listo, un tipo audaz. El tal Reviso Caballero era capaz de quemar la casa del mismísimo Rosales si se lo proponía. Ensartando la manga de la gabardina que venía rebuscando inútilmente, el redactor jefe propuso entusiasmado:
—Mándeme lo que quiera. O, mejor, valiéndonos de sus conocimientos, podemos comenzar con crítica de poetas contemporáneos. Sangre joven, ya sabe.

«La sangre sólo sirve para hacer morcillas», recordó Reviso que decía Baroja. Pero, intuyendo la posibilidad de un trabajo fijo, calló la broma. Como un disciplinado cadete antes de cuadrarse, prometió:
—La próxima semana le traigo una panorámica de veinticinco folios sobre poesía española contemporánea, si le parece bien.
A Gramanet, natural de Lucena y sentido admirador del cante hondo, aquella exuberancia creativa le resultó familiar:
—Me parece estupendo; estupendo —y rascándose la frente preguntó—: andaluz, ¿verdad?
—Con familia en Cádiz —le respondió el candidato, evasivo.

Así ingresó Federico Reviso en la prestigiosa Voz de Difusión Latina, de crítico habitual de poesía contemporánea, y eventual de narrativa. Pronto dirigió la sección «Correo Latinoamericano». Comenzaron a llegar colaboraciones de celebridades de la América Hispana. En cuestión de un año, la sección «Correo Latinoamericano» fue la más leída. Al cabo de cinco años de fichar entradas y salidas, de ocho de la mañana a tres de la tarde, con media hora para el desayuno, como le exigía el contrato a Federico Reviso Caballero, el Redactor Jefe era él.

No convenció a nadie lo que dijo el director, Lino Carrascal, sobre la jubilación prematura de Gramanet:
—Un personaje que sólo sabe poner firmes a los ordenanzas y se deja pisar el terreno por los redactores merece que lo manden a su casa.

2

El boletín de subastas ponía «Núm. 214. Termómetro de la familia V. Navokov, escala Remur, c. 1905».
Federico Reviso descolgó el teléfono y marcó.
—Quisiera saber el nombre correspondiente a una abreviatura —le dijo a la chica que hablaba con voz de haberse tragado varias pelotas de ping-pong—. Está en el catálogo de la próxima subasta; lote doscientos catorce: Uve punto Navokov.
—…
—No, señorita; no se trata de un códice miniado.
—…
—No, tampoco de una mesa isabelina. Es un termómetro.
—…
—En el boletín de junio —aclaró Reviso—. ¿Quiere consultarlo?
—…
—…No sé de qué termómetro se trata; supongo que para tomar la temperatura —describió sarcástico.
Mientras hablaba con la empleada de la galería, Reviso imaginó la voz de su mujer: «Sólo será un termómetro viejo». Ella detestaba las subastas:
«Menuda diversión: tramposos y amargados; no ves otra cosa en esos sitios».
Reviso había encontrado en el Rastro una enmohecida cubertería de plata («Será alpaca», dijo entonces su mujer). Reviso mandó limpiarla e investigó a quién correspondían las enormes iniciales (BF) grabadas en las piezas. Cuando lo supo, pudo decirle a su mujer, reventando de orgullo, mientras cenaban en la terraza un crepuscular ajoblanco con uvas:
—Es la cubertería de la autora de La Gaviota.
La mujer de Reviso no conocía nada de aquel pájaro, mas presintiendo el valor poético del hallazgo miró al cielo.
—Cecilia Bohl de Faber era escritora. La Gaviota es su obra más conocida —aclaró pedagógicamente Reviso.
—Ese apellido no es de aquí —suspiró ella, acariciando el tenue surco de las letras.
Del coleccionismo literario de Reviso había muestras emblemáticas. Por procedimientos que sería prolijo enumerar, había conseguido objetos pertenecientes a escritores de mayor o menor fama. Una tetera de plata en la que debieron de servirle sus infusiones al exquisito César González Ruano cuando el matrimonio Ruano vivió en el piso de la calle de Xiquena; una de las pipas de cedro en que había fumado su tabaco el poeta Luis Cernuda; el confortable batín que lucía en las fotos Rafael Cansinos Asséns; y hasta un abrecartas de Galdós sacado del hotelito de Hilarión Eslava por un ropavejero cuando el novelista se quedó ciego…

Reviso recordó la sonrisa escéptica de su mujer cada vez que aparecía con un nuevo trofeo.
—Señorita, ustedes sacan a subasta un termómetro que fue propiedad de la familia Uve. Navokov, escrito con otras dos uves: N-a-v-o-k-o-v —deletreó—. Quiero saber si uve punto corresponde con Vladimir; quizás la uve primera de Navokov sea una b…

La chica de las bolas de ping-pong dio unas cuantas explicaciones pueriles, del tipo tenemos que consultar al gerente; a veces es la imprenta la que se equivoca, etc. Como oyó que llamaban a la puerta, Reviso le dictó sus datos personales y colgó.

3

Todas las piezas pacientemente reunidas e identificadas por Federico Reviso le parecían al temible crítico literario y flamante redactor jefe de Voz de Difusión Latina meros cachivaches, ridículos objetos sin valor, comparados con el magnífico hallazgo.

«Hubo un sombrío período, que coincidió con el despertar de la pubertad, en el que nuestro preceptor, que casualmente era estudiante de medicina, ordenó que nos rociaran con auténticos diluvios helados. Sin embargo, la temperatura de nuestro baño nocturno era constante, de 281 Réaumur (351 grados) medidos por un gran y comprensivo termómetro, cuyo soporte de madera (sujeto con un cabo de húmeda cuerda por el agujero del asa) nos permitía disfrutar del baño en compañía de los peces y cisnes de celuloide».

Las palabras de Vladimir Nabokov en Habla memoria las tenía Reviso como grabadas a fuego en la suya desde que tropezó con el boletín de subastas.

Así que no era sólo una barra de cristal en la que se había hecho el vacío para depositar un poco de mercurio —eso le diría quizás su mujer, si se enteraba del precio de aquel capricho— sino, posiblemente, nada menos que el termómetro con el que las sirvientas de la familia del futuro novelista Nabokov medían la temperatura del agua del baño. Eso sí; el precio de salida era elevado, más del doble de la suma invertida en el resto de su colección, pero tener un termómetro de escala Reaumur del autor de Lolita

«¿Reaumur? Una cosa absurda», pensaba Reviso que le reprocharía su mujer, cuando abrió la puerta de la calle.
—¿El señor Reviso?
—¿Qué desea? —preguntó a su vez a quien había llamado.
—Quisiera hablarle.
La chica vestía vaqueros desteñidos y una escueta chaquetilla de corista. Delgada, morena, de unos veinticinco años, sus ojos verde marihuana eran deslumbradores.
—Usted no me conoce -se disculpó.— Soy la hija de Ceballos…
—¿Del doctor Ceballos?
Apenas necesitó Reviso el gesto afirmativo de la joven para hacerla pasar. Era como estar en presencia de la emperatriz Sissí. La fama del influyente doctor Ceballos —el amigo íntimo, el taciturno contertulio, junto a Cepeda y Villafañes, de Rodrigo Gramanet— transformaba a la chica en enviada de los dioses.

—Se trata de Gramanet; está en una situación delicada. Su adicción al juego…
—Creía que ya no jugaba. —Volvió a hacerlo al dejar la revista —pareció reprocharle ella—.
Firmó unos pagarés; le andan buscando —las manos de la chica eran dos palomitas de maíz desesperadas—. Mi padre… Hemos pensado que entre todos los amigos…
—¿Debe mucho?
—Unos cinco millones.
Reviso sintió que aquella deuda era tan suya como de Gramanet. Por una vez en su vida, merecía la pena realizar una buena acción, una acción memorable. A fin de cuentas, ¿qué habría sido de él sin la acogida generosa, sin reservas, de aquellos primeros artículos —un poco cursis, pero también agresivos, impertinentes— que tanto divertían a Gramanet?

Reviso entregó a la hija de Ceballos una importante suma en metálico —lo que le hubiese costado el histórico termómetro de baño— amén de un par de talones recibidos por unas conferencias.

Aquella pálida muchacha con su bendita petición le había quitado un extraordinario peso de encima.

4

Durante varias noches Federico Reviso tuvo una horrible pesadilla. Soñó que Gramanet y él viajaban a Praga en una misión diplomática y que Gramanet se ahogaba en el río Moldava, bajo el Puente de Carlos, y que él no sólo no recuperaba las cantidades entregadas, digamos que como provisión de fondos, a la hija de Ceballos, sino que numerosas personas —el panadero, el vendedor de periódicos, el portero, el ordenanza Eulogio, los redactores de la revista— lo señalaban inmisericordes como el causante de la desgracia definitiva e irreparable de Gramanet. Tanta fue su angustia aquellos días, que, cuando Reviso se enteró de que a Gramanet le empezaban a ir bien las cosas y que lo nombraban asesor del Ministro de Sanidad, llamó al domicilio de su antiguo jefe y concertó una entrevista.

Lo recibió en la biblioteca un Gramanet exultante, vestido con batín de seda. Reviso se admiró del extraordinario parecido de la prenda que envolvía las acecinadas carnes del periodista con la vestimenta doméstica de Cansinos Asséns.

—Hombre, el gran Reviso, mi benefactor.

Reviso se abrazó a Gramanet. Y Gramanet devolvió el abrazo con distante jovialidad, palmeando con su mano burlona la incipiente barriga de Reviso.

—¿Qué bebes?
Reviso se apuntó a un whisky con agua.
—Pues sí, hijo —aclaró Gramanet mientras preparaba dos brebajes—; los benefactores torpes son como la cabra que se deja ordeñar y que, por aturdimiento, vuelca de una patada el cuenco que había llenado con su leche. Pero ése no es tu caso. Aunque ambicioso, nunca has sido torpe. Y, gracias a tu ambición, hoy tengo un magnífico puesto sirviendo al Estado.

Federico Reviso pensó que Rodrigo Gramanet no sabía nada de su sacrificada generosidad; de lo contrario, habría ahorrado cualquier ironía en el encuentro.

—Tu gesto, ocupando mi lugar, fue lógico. No te acostumbrabas a la nominilla. Reconozco que en la revista la única nómina en condiciones era la mía. Y no debí olvidar que la mayoría de las relaciones sociales, la camaradería, etc., son a la amistad lo que el coqueteo es al amor. Pura filfa.

Federico Reviso no sabía cómo encajar todo aquello. Quizás si lo contaba como una parábola con personajes anónimos, Gramanet reconocería haber sido ayudado:
—Hace unas semanas me visitó una joven, angustiada, que dijo conocerle; necesitaba cierta ayuda económica…
—¿Quién era?
—No recuerdo su nombre.

Intrigado, Gramanet pidió que le describiera a la muchacha. Reviso, como el hablador lento y narrador persistente que era, entró en todos los detalles, asegurándose la pesadez. Sólo omitió el nombre del beneficiario de la ayuda.
—Si no me equivoco, es la Grisi —pudo afirmar Gramanet—; una de las novias del viejo Carrascal. Me temo que has sido víctima de una elemental estafa.
—Venía como hija del doctor Ceballos… —logró articular Reviso.
—Mi querido amigo, seré breve: el doctor Ceballos no tiene hijos.
Reviso enrojeció hasta los pies.

A Gramanet lo llamaron del Ministerio. Las copas quedaron enteras, con los peces de hielo fundiéndose lánguidamente junto a una hermosa edición de El primo Pons de Balzac.
Cuando, confuso y malhumorado, Federico Reviso regresó a casa, su mujer le comunicó que una chica había llamado ofreciéndole un termómetro de baño.

—Se puso pesadísima con la marca: Nabokov.
—Será un error —contestó Reviso, medio sonámbulo.
—Eso le dije, que debía de ser un error. Menuda tontería; un termómetro de medir la temperatura del agua de baño, si sólo nos duchamos y no todas las semanas.

 

**El termómetro pertenece al volumen colectivo de Relatos 25 años, de la Editorial Pre-Textos


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