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etds_img1.jpgRecibió el Premio Ensayo 2005 y aborda las consecuencias que tiene la revolución digital, algo sólo comparable a la invención de la imprenta. Sus autores, un filósofo y un físico, analizan el momento actual, caracterizado por el éxito de la ciencia, «que ha llegado a alcanzar una enorme influencia en el desarrollo de la autoconciencia moderna», y que es la base, en la mayor parte de las ocasiones, de la tecnología, lo que ha dado lugar a una transformación de la sociedad sin precedentes en la historia. Y todo ello considerando que, en el fondo, nos encontramos solamente en los albores de esta revolución.


Siguiendo a Robert K. Merton, se analizan las características de la ciencia y de los científicos en el momento presente, porque la ciencia, como cualquier otra actividad humana, tiene su sociología con sus propias características. El crecimiento, posiblemente desmesurado, de la información científica es algo típico de nuestros días. Desde 1670, se viene multiplicando por dos cada quince años. Todo ello plantea una gran dificultad, que es la de saber qué cantidad de esa información es auténticamente relevante. Siempre se necesitó organizar el conocimiento. Así surgieron los libros, las revistas y las bibliotecas. La tecnología digital ha cambiado los archivos, que, de mate riales, se han transformado en lógicos. Todo ello nos conduce a reflexionar sobre las relaciones entre la ciencia y la política. Antes, inclusive en el siglo XIX, que está a la vuelta de la esquina, un científico solo en su casa o en su laboratorio, podía trabajar, investigar y encontrar nuevos hechos o nuevas leyes. Hoy, esto es prácticamente imposible. La ciencia, mejor dicho las ciencias, necesitan aparatos, fuentes de información, empleados, en suma, una organización que sólo pueden financiar grandes empresas o el mismo Estado. De ahí que haya surgido la política científica como una nueva disciplina. «La ciencia contemporánea necesita de una política que defina, que los recursos que se emplean en su promoción estén bien dirigidos y correctamente administrados».


Además de ordenar el conocimiento, la vida moderna exige la divulgación de ese conocimiento, al menos entre los propios especialistas. Pero éstos son muchos. Esta misión la cumplen las revistas, que pueden pertenecer a universidades, a sociedades académicas, a editoriales universitarias y a editores comerciales, como es el caso de Elsevier. Y aquí se da el caso, aparentemente paradójico, no sólo de que el autor no cobre por publicar, sino que pague por publicar. Podemos llegar a una situación, ya intuida por algún escritor, que se pague por trabajar. Los marxistas no se dieron cuenta de nada de esto, por eso están completamente desterrados del pensamiento y de la vida contemporáneos. No se trata del precio del trabajo —la teoría de la plusvalía— sino del trabajo como valor en sí mismo, sin considerar, ni pensar, en su posible precio.


El último capítulo, que es el tercero, está dedicado a Popper. Fue un estudioso de las características básicas que definen el método científico, lo que él llamó «problema de la demarcación». La cuestión de los límites entre las distintas disciplinas no puede ser abordado como se ha hecho hasta ahora. El propio concepto de verdad científica está sometido a examen. Popper ha escrito que «la ciencia nunca persigue la ilusoria meta de que sus respuestas sean definitivas, ni siquiera probables; antes bien, su avance se encamina hacia una finalidad infinita (y, sin embargo, alcanzable): la de descubrir incesantemente problemas nuevos, más profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre provisionales) a contrastaciones constantemente renovadas y cada vez más rigurosas».


En definitiva, nos encontramos ante un libro que plantea una serie de problemas que están ahí y de cuya solución depen de el porvenir, tal vez la existencia, de nuestra cultura, que está cimentada sobre el amor a la libertad y a la verdad.


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