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n una conferencia sobre el ideal universitario pronunciada en la Universidad argentina de Tucumán, en noviembre de 1937, con su querida España ensombrecida y desangrada por la contienda civil, el profesor Manuel García Morente proponía, para resolver la aparente antinomia entre la proliferación excesiva de los saberes y la limitada capacidad para aprender de la mente humana, no convertir al alumno en investigador científico, sino hacer de él “un hombre que tenga ideas claras sobre el conjunto unitario del saber y una sensibilidad adecuada a la cultura de su tiempo”. El extraordinario universitario que fue García Morente sabía -al cabo, era amigo fiel y discípulo de Ortega y Gasset- que la Universidad como institución tenía encomendada, junto al cultivo de la investigación científica y enseñanza de las profesiones intelectuales, la misión de transmitir la cultura a la altura de los tiempos. Si lograra al menos que quienes abandonaran las aulas poseyeran ideas claras sobre el conjunto del saber y una sensibilidad adecuada a la cultura de su tiempo, habría justificado sobradamente su existencia venerable y secular; si acertara a formar hombres cultos, en forma y mejores.

García Morente pensaba, con toda razón, que “la crisis intelectual de nuestro tiempo”, título significativo de una serie de comunicaciones presentadas en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1941, procedía de causas filosóficas, y, concretamente, del olvido o la subversión de la Metafísica. Por eso, la Universidad y la Filosofía, tan esencial e íntimamente vinculadas a lo largo de la historia de la civilización occidental, constituyen los ejes permanentes de la trayectoria vital e intelectual de nuestro pensador.

La bienvenida y pulcra edición reciente de sus Obras Completas, en cuatro volúmenes, a cargo de los profesores de Filosofía Juan Miguel Palacios y Rogelio Rovira, es pretexto más que justificado para esta breve nota que solo persigue contribuir a paliar una injusta insuficiencia de la vida pública española: la tendencia al olvido de nuestros grandes hombres, más acusada si se trata de pensadores. ¿Qué les dice el nombre de García Morente a la mayoría de los españoles más o menos cultivados de nuestros días? A la vez, también pretende contribuir a corregir nuestra tendencia a la inversión de los valores, estimando lo que escasa estima merece y postergando aquello que es de más noble condición. Y García Morente es, vaya por delante, un notable pensador que no se limita a divulgar pensamientos ajenos sino que reflexiona y reelabora personalmente lo aprendido de sus maestros, vivos o alejados en el tiempo.

Estas Obras Completas recogen por vez primera la totalidad de los escritos publicados e inéditos, divididos en cuatro volúmenes según el doble criterio del género y del orden cronológico. El primer tomo recoge las obras producidas antes de la noche trascendental, por los motivos luego comentados, del 29 al 30 de abril de 1937. El primer volumen contiene los libros y el segundo el resto de la obra. El segundo tomo incluye la obra posterior a la fecha citada agrupada igualmente en dos volúmenes bajo el mismo criterio: libros y demás escritos.

Los autores de la excelente edición reconocen en su prólogo la imposibilidad de encontrar algunos textos cuya existencia consta. Estamos ante la más exhaustiva edición posible hoy de la obra morentiana. Además de un magnífico prólogo que da cuenta cabal de la trayectoria personal e intelectual del profesor, los autores ofrecen al pie de la primera página de cada texto publicado información bibliográfica de la primera edición, así como su carácter y fecha de aparición o de celebración, en el caso de las conferencias. Los profesores Palacios y Rovira han prestado a la comunidad académica y al público lector el gran servicio de ofrecer un Morente total. Labor aún más estimable si consideramos que muchos de sus trabajos eran prácticamente inencontrables por tratarse de artículos y colaboraciones publicadas en revistas antiguas o de muy reducida difusión.

¿Quién fue, quién es Manuel García Morente? Ante todo, por encima de todo, fue un maestro de filosofía, uno de los grandes maestros de filosofía de la España del siglo xx. La autenticidad de su vida y de su magisterio dejó profunda huella en sus alumnos. Quienes lo escucharon recuerdan admirados su impresionante facilidad para ser claro en aquello que, como la filosofía, tiene fama, quizá injustificada, de oscuridad. Como ha escrito Julián Marías, que asistió a sus clases en la Universidad Central de Madrid en los años de la República, éstas se convertían en una conversación íntima con los clásicos de la filosofía que el profesor acertaba a hacer revivir ante sus oyentes.

Nacido en Arjonilla (Jaén) en 1888, fue desde 1912 titular de la cátedra de Etica de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Madrid, convirtiéndose en el catedrático más joven del momento en España. En 1930 fue nombrado subsecretario de Estado para la Instrucción Pública por el Gobierno presidido por el general Berenguer, cargo que le permitió ser el gran impulsor de la reforma universitaria. Al año siguiente fue elegido decano de la Facultad, convirtiéndose en el “Decano” por antonomasia. Su excelente gestión y el egregio grupo de profesores que se reunió en ella en torno al magisterio de Ortega y Gasset la transformó en una institución ejemplar, dándola de alta en el ámbito de la filosofía universal. España volvía a contar en el mundo de la filosofía.

García Morente fue destituido del cargo que tan ejemplarmente desempeñó por el Gobierno del Frente Popular recién comenzada la Guerra Civil. Ante el riesgo cierto de ser asesinado, abandonó España y residió en París hasta que sus hijas y nietos pudieron abandonar su país y reunirse con él para viajar a Argentina, pues la Universidad de Tucumán le había ofrecido una cátedra de Filosofía que aceptó. Desde el primer momento de la contienda apoyó la causa nacional frente a lo que siempre consideró el ataque comunista contra la nación española.

En la capital francesa se produjo el trascendental episodio de la noche del 29 al 30 de abril de 1937, su conversión al catolicismo, que ha descrito en páginas inolvidables y transidas de emoción y profunda espiritualidad en la carta dirigida al sacerdote José María García Lahiguera, amigo suyo, y publicada con el título de “El hecho extraordinario”. Decidido a ordenarse sacerdote, regresó a España y se preparó en el convento pontevedrés de los padres mercedarios en Poyo. Su vida como presbítero quedó truncada con su muerte acaecida en Madrid en 1942 mientras leía la Suma de Teología de Santo Tomás. Mauricio de Iriarte afirmó en su libro El profesor M. García Morente, sacerdote que en él tenemos ocasión “de ver una de las más extraordinarias y ejemplares experiencias religiosas de nuestro siglo”.

Las etapas de su pensamiento fueron marcadas por influencias sucesivas, cuyo hito fundamental fue la conversión parisiense. Procedente de la Institución Libre de Enseñanza, tan benéfica para la cultura española, recibió una formación académica francesa y alemana, adoptando el neokantismo de la escuela de Marburgo como consecuencia del magisterio de Cohén, Natorp y Cassirer. La influencia de Bergson lo condujo a la crítica del neokantismo y a la oposición al materialismo y al cientificismo. Discípulo de Ortega y Gasset, adoptó su filosofía de la razón vital y su programa de superación del idealismo filosófico. Nunca renegó del magisterio del pensador madrileño: “Vi en él, veo en él, el tipo perfecto del pensador”. También recibió la influencia de la fenomenología y siempre sintió gran admiración por la filosofía de los valores de Max Scheler. Más allá de su extraordinaria labor de expositor de doctrinas filosóficas y su magno trabajo de traductor (Kant, Husserl, Brentano, Dilthey, Simmel, Spengler, entre otros), las principales aportaciones de García Morente a la filosofía pertenecen a los ámbitos de la teoría de la intuición, la filosofía de la historia y la concepción del progreso, la ontologia de la vida humana y la visión de la Hispanidad. La Filosofía de Kant, Ensayos sobre el progreso, Lecciones preliminares de Filosofía e Idea de la Hispanidad son quizá los libros más importantes. Como ha afirmado Marías, su conversión al catolicismo no entrañó una ruptura con su obra ni con sus convicciones filosóficas anteriores. García Morente contribuyó antes y después de ella a la constitución de un nuevo espiritualismo que superara la limitación del positivismo. Por esto, y porque fue un magnífico escritor y un excelente profesor universitario, pertenece a la mejor tradición filosófica española y merece ser recordado y leído por todos aquéllos que en nuestro tiempo se interesan por el futuro de pensar, es decir, por el porvenir de Occidente.


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