Compartir:

En la antigua Irlanda, el ollave o maestro de poesía se sentaba al lado del rey en la mesa y tenía la misión de depurar la compleja verdad poética para poder exponerla con exactitud. Para ello, conocía la historia y el valor mítico de cada palabra que utilizaba. Este lenguaje mágico, propio de todos los pueblos antiguos, fue corrompido por sucesivas invasiones. En Europa, por los pueblos del Asia Central, que remodelaron o falsificaron los mitos para justificar los cambios sociales. En Irlanda particularmente, la última invasión histórica, perpetrada por el Imperio británico, supuso un vuelco mucho más dramático.

El Ollave hoy coronado, no por su rey natural, sino por el de Suecia con el Premio Nobel de 1995, se expresa no en gaélico sino en inglés. Esta introducción histórica a su lectura la hemos creído necesaria para atender a una poesía totalmente entregada a la función del poeta como la concebían los presocráticos – y por supuesto el propio Sócrates, como descubrió antes de tomar la cicuta- y todos los poetas posteriores que desoyeron las sirenas de la lógica para ahondar en esa vía prodigiosa de conocimiento y comunicación que es el arte poético.

Heaney ha dignificado de tal modo la lengua del invasor y opresor de su pueblo y su cultura -al modo que hiciera Paul Celan con la lengua alemana, en otro contexto-, que ha sido premiado con un galardón universal a su buen uso literario, al que añade en primerísimo lugar las claves de la memoria histórica y personal: Irlanda es la única materia poética de Heaney. Los signos, los símbolos, tanto arquetípicos como individuales o de comportamiento, conforman su discurso crítico y moral, al servicio de los cientos de miles de reyes populares que le siguen, admiran, leen y aprenden su propia identidad en sus versos, forzando hasta el límite la tensa contradicción dialéctica entre nación y lengua que se da en Irlanda.

Sin embargo, la obra de Heaney supone mucho más que una poesía de combate en primer grado, como canta en la “Canción de las Balas”:

Somos la voluntad del hierro.
Y envolvemos en el cobre
mundos
más allá de quien mata y del
matar.

Acompaña al combate la lenta desesperación de los pueblos invadidos, acostumbrados a la paciencia de los retrocesos históricos, y a los entierros populares en los cementerios bajo la luna, como en los siguientes versos del poema ya citado.

Nuestra culpa fue casual. Culpadnos,
culpadnos si a alguien hay que
culpar.
Y después culpad a los jóvenes
por su semen
o ala luna por el polvo lunar.

Pertenece por último Seamus Heaney -por cierto, buen conocedor y visitante habitual de las viejas tierras célticas de Asturias- a la raza de aquellos poetas que escriben para desafiar a la muerte; aquellos poetas a los que se refiere George Steiner cuando afirma que “la literatura, tal como la conocemos, nace de un gesto de arrogancia salvaje y magnífico, tan antiguo como Píndaro, Horacio y Ovidio”. Exegi aere perennius: lo que he escrito sobrevivirá al tiempo. Un poema es más fuerte que el bronce, menos frágil que el mármol.

En la época del resurgir de los nacionalismos como violentos turbiones, la queja serena, contundente, viril y sabia de Seamus Heaney es una lectura recomendable. También lo es adquirir una versión bilingüe, como la que reseñamos, no solamente para obviar los desajustes de ritmo entre dos idiomas de tan distinta prosodia, sino para reajustar al tiempo las inevitables lagunas de comprensión de una traducción que, acaso por un prurito de fidelidad, ha caído en la literalidad, y a menudo en la indigencia.


Compartir: