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García Morente, Manuel:
Ensayos sobre el progreso. 
Editorial DORCAS, 1980, 108 páginas.

Lo más impresionante de este ensayo es constatar lo poco que ha progresado el progreso. Lo que dijo García Morente (1888-1942) en su Ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1932  –recogido en este libro de 1980– sigue de rabiosa actualidad en 2018. La prueba de la petrificación del progreso es que García Morente no necesitó cambiar ni una coma de su ensayo cuando dejó de ser el agnóstico catedrático de Ética y el incansable rector de la Facultad de Filosofía que lo había escrito para convertirse (tras convertirse) en un inesperado sacerdote.  Lo que había retratado no era su posición o su nueva posición, sino el progreso en su propia esencia (inmóvil). Nada más que por esta lección tácita, ya vale la pena leerlo.

Su comienzo e, incluso, su desarrollo, es moroso, hay que advertirlo. Supongo que esa minuciosidad de ir precisando conceptos y sopesando prejuicios sería necesaria para quien tuviese puestas sus más altas esperanzas en el Progreso o para quien no hubiese leído a los reaccionarios, siempre más rápidos. Con paciencia de profesor, García Morente viene a explicar meticulosamente lo que Chesterton había zanjado en nueve palabras: “Progreso es un comparativo cuyo superlativo no hemos determinado”. La determinación del superlativo ya estaba, además, hecha por Baudelaire: “Teoría de la verdadera civilización. No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original”. Y la escandalosa conclusión lógica la había sacado con claridad Cecilia Böhl de Faber: “Cuando es incontestablemente mejor lo pasado que lo presente, retroceder es progresar”.

Sin embargo, el ensayo de García Morente va dando pequeños pasitos seguros y alcanza hacia el final, la excelencia. Cuando analiza algunas de las consecuencias del progreso de entonces. Como sigue siendo el de ahora, esas consecuencias las padecemos aún: la paralización que produce la prisa, la falta de una vocación clara, porque todo el sentido se disuelve en un progreso automático, los peligros de la irreflexión, etc.

Entre otras cosas, dice:

[Detecta la influencia de Kant y su absolutización de la voluntad en nuestra concepción formalista del progreso] Lo importante en el progreso no es la realización de los valores en bienes, sino la continua realización del único valor, que es la propia voluntad idea [de progresar].

La prisa, la insaciable, la devoradora prisa, que nos acucia y nos oprime y que, al fin y al cabo, puede hacer encallar la cultura en un marasmo de puros estremecimientos superficiales.

La creencia en el progreso ha orientado toda nuestra vida hacia el futuro y nos ha desasido del presente.

La embriaguez de la velocidad, al subvertir el juicio estimativo, hace aparecer como ingratas y sin valor la mayor parte de las ocupaciones y, en cambio, concede valor propio a la prisa en sí. La consecuencia de ello es que la prisa se hace todavía más apresurada, porque ahora son muchas más las cosas sin valor que tenemos que hacer y, por tanto, que deseamos despachar pronto.

La multiplicación de las vivencias convierte las emociones en sensaciones.

El hombre moderno no sabe ya aburrirse: ha olvidado esa maravillosa maceración del alma que es la soledad.

[Sobre la condición formalista del “progreso”] Para la cual lo bueno del progreso no es el progreso, sino el progresar. El progreso no sería, pues, plausible porque produce bienes y realiza valores, sino que, por el contrario, lo que el progreso produzca serán bienes y tendrán valor porque lo produce el progreso.

Restituyendo a los bienes su valor verdadero y reponiendo los valores en su auténtica jerarquía, advertiríamos pronto que el éxito no es valioso por sí mismo, sino por el valor del bien que produce; que la técnica no es valiosa por sí misma, sino por los bienes cuya producción facilita; que la prisa solamente se legitima como un medio para lograr más amplia y dilatada calma en el ejercicio de las supremas actividades.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.