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En el tenso periodo de entreguerras, el debate sobre la técnica recorría toda Occidente. En América, los felices años 20 insuflaban un optimismo sin límites que se truncaría un aciago mes de octubre con el crack del 29. Europa buscaba rehacerse tras la caída de los imperios, la llegada del comunismo y el nacimiento de una miríada de pequeñas naciones. Las heridas de la I Guerra Mundial permanecían sin cicatrizar, dando el tono a lo que iba a ser el siglo XX. La muerte del hombre a manos de la máquina dividía a los intelectuales entre la fascinación y el temor.

“Francia contra los robots”. Nuevo Inicio, 308 págs.

A principios de la década de los 30, Ernst Jünger, un joven escritor alemán y héroe de guerra, escribió un influyente ensayo titulado Der Arbeiter, que cautivaría años después al filósofo Martin Heidegger. En Der Arbeiter, Jünger describía la aparición de un nuevo tipo platónico: una figura humana revestida con el ropaje de la técnica a la que denominaría “el trabajador”, destinada a dominar el mundo de un modo titánico.

Sin embargo, apenas un lustro más tarde, influido por su hermano Friedrich Georg y por un íntimo amigo, el filósofo Hugo Fischer, Jünger renegaría de aquella lectura positiva. El trabajador podía estar llamado a doblegar el planeta, pero su víctima era el hombre: su humanidad y su nobleza.

Una civilización no se derrumba como un edificio –leemos–; sería mucho más exacto decir que se vacía poco a poco de su sustancia, hasta que no queda más que la corteza

Preñado de intuiciones proféticas, un conocido escritor francés, George Bernanos (1888-1948), llegaba a conclusiones similares. Su voz, su estilo, su formación y sus lealtades nada tenían que ver con Ernst Jünger, aunque ambos compartían un mismo gusto por la obra enigmática del místico Léon Bloy. Allí donde el alemán se escudaba en la frialdad y la distancia, el francés se lanzaba con ímpetu quijotesco a la denuncia de la modernidad. Bernanos era, indiscutiblemente, un hombre libre y, como tal, no temía ni a la pobreza ni a la verdad.

Quizá en ningún otro libro como en Francia contra los robots (editorial Nuevo Inicio) se pueden seguir con tanta intensidad los meandros de su pensamiento, la honda y dolorosa carga de su acusación contra el totalitarismo, al que percibe como inseparable de la lógica de la modernidad.  «Una civilización no se derrumba como un edificio –leemos–; sería mucho más exacto decir que se vacía poco a poco de su sustancia, hasta que no queda más que la corteza. Con más exactitud, podría decirse que una civilización desaparece con la clase de hombre, con el tipo de humanidad, que ha salido de ella».

En efecto, no es el triunfo de la barbarie totalitaria lo que preocupa a Bernanos –aunque sin duda el totalitarismo le repugna en lo más hondo–, sino la desaparición de la libertad humana bajo una u otra forma política: una libertad deudora del viejo cristianismo, profundamente encarnada en la historia y en los derechos concretos del ciudadano, real y concreta, no abstracta ni ideológica.

La libertad para Bernanos es el reino de la conciencia, del respeto escrupuloso al amor fraterno –como fuente moral del servicio auténtico y de la entrega–, del deber y la honra –como principios incluso superiores al derecho–. Porque nuestro autor intuía con toda claridad que la dinámica implícita en la modernidad (mayor eficiencia, sustitución del hombre por un número y del trabajo manual por la máquina) conducía de un modo u otro al Estado totalitario, aunque este se llamase a sí mismo democracia. Las viejas libertades que permitían viajar por el globo sin pasaporte, o no facilitar al gobierno las huellas dactilares, saltan por los aires cuando el poder político exige al ciudadano que se lo entregue todo –su conciencia incluso– a cambio de protección. No sin razones, Bernanos sitúa en la instauración del servicio militar obligatorio el inicio de los nuevos tiempos que conducirán a los males del sangriento siglo XX.

Fallecido en 1948, no pudo conocer los efectos de las nuevas tecnologías de la información sobre el mundo contemporáneo: el populismo que renace al amparo de las redes sociales, o del control constante que ejercen sobre nosotros los buscadores de Internet y los teléfonos móviles, o de la inquietante irrupción de la inteligencia artificial como verdadera inteligencia parahumana.

Nacimiento de una civilización inhumana

Bernanos no podía entonces vislumbrar nuestro mundo, aunque en Francia contra los robots se auguren los peligros que corremos y el tipo de hombre que emerge de las ruinas de la civilización. «Nosotros –escribió– no estamos asistiendo al final natural de una gran civilización humana, sino al nacimiento de una civilización inhumana que no puede establecerse más que gracias a una esterilización vasta, inmensa, universal de los grandes valores de la vida».

Y, frente a ello, lo único que queda es luchar individualmente, día a día, para no sucumbir a los dictados de la masa ni a su rencor o su tristeza. A pesar de mantener una visión excesivamente pesimista de los logros de la modernidad -que chirría con buena parte de nuestra experiencia-, algo hay de realmente profético en este libro.


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