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Cuando le puse título a esta conferencia, antes de escribirla, recordé dos versos de don Antonio Machado en su Retrato: «Converso con el hombre que siempre va conmigo / quien habla solo espera hablar a Dios un día». Chesterton habló públicamente con su voz más bien débil, frecuente en altibajos, esa voz que era en sí una de sus muchas paradojas, porque salía de un corpachón voluminoso; habló, digo, en los periódicos, en los debates, en las tertulias, en la radio, en los clubs, en los colegios y las universidades, pero todas las palabras, todas las ideas que sembró por el mundo le venían, misteriosamente, de hablar a solas con el hombre que siempre, a cualquier hora, le hablaba, en su despacho, en su jardín mientras él le daba mandobles con su bastón a las dalias, en la cama, en el autobús o en el tren, hasta olvidarse de la estación donde tenía que bajarse, en los «pubs», en las calles, por todas partes. Y el que conoce medianamente a Chesterton no ignora que la sabiduría de ese hombre que siempre iba con él era tan inmensa que ni siquiera los grandes hombres a los que él trataba casi a diario, Bernard Shaw, Wells, Hilaire Belloc, Pierre Benoit, Maurice Baring, podían poseerla, ya fueran católicos, protestantes, agnósticos o ateos. Ellos eran escritores, grandes escritores, pero ese atributo se queda muy corto para definir a Chesterton. Él era más que escritor, porque tenía, además, algo de adivino o presciente, algo de santo, y quizá la verdadera explicación de que ese fenómeno llamado Gilbert Keith Chesterton esté ahora en vías de explicarse por el deseo de Benedicto XVI de iniciar la causa de su beatificación solicitada por Argentina. El ser invisible que se comunicaba con él, que le dictaba a veces y que él, naturalmente, no podía ver, pero le intrigó, sin duda, durante muchos años, el hombre con el que él esperaba hablar un día cara a cara, se materializó por fin, ya que estaba al alcance de él y de todos los mortales. No era esta vez el hombre invisible que Chesterton oía y sentía a su alrededor, sino un representante suyo muy competente: un sacerdote irlandés que se llamaba John O’Connor.

Pero el padre O’Connor se encontró el camino bastante desbrozado, porque cuando Chesterton era niño y, como él dice, «estaba todavía atascado en la etapa común de escepticismo escolar», se sentía extrañamente vinculado a una Señora de la que solo había visto alguna imagen y, sin embargo, tenía nostalgia de ella, esa es la palabra que él emplea, «nostalgia». Era una dama, adorada por los católicos, a los que los protestantes, evocando la pintura italiana y por no caer en la tentación de llamarla «Nuestra Señora», contraria a su doctrina, la nombraban «Madonna», sin sospechar que la estaban llamando «Mi Señora».

Los protestantes solían pensar en el catolicismo como en un cajón de sastre que no entendían, en el que entraban en revoltijo la liturgia, los ayunos, las reliquias, las penitencias y, por supuesto, el papa. Y sin ninguna prisa, trataban de encontrar una síntesis clarificadora de todo eso. Pero Chesterton, hijo de padres protestantes, creyó desde niño, por su cuenta y riesgo, que la Virgen María era esa síntesis que buscaban, era «la Imagen de la Fe». Y nos cuenta que «cuando recordaba a la Iglesia católica, la recordaba a Ella» y «cuando trataba de olvidar a la Iglesia católica era a Ella a la que trataba de olvidar». Once años antes de convertirse al catolicismo y motivado por las conversaciones con el padre O’Connor, Ella, la Madre de Dios, encabeza toda la acción de uno de los grandes poemas en lengua inglesa, que cuenta, para muchos, entre las obras maestras de Chesterton, La balada del caballo blanco. Y diez años antes de convertirse, el padre O’Connor en un debate público describió la batalla de Lepanto, y Chesterton se entusiasmó con esa guerra de ímpetu cristiano y escribió La balada de Lepanto, que se inicia —escribe— mientras «la fría reina de Inglaterra se mira en el espejo y la sombra de los Valois bosteza en la misa»: Isabel I de Inglaterra y Enrique IV de Francia le parecen despreciables «en esa alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», según un glorioso testigo de la batalla. Esta balada fue elogiada profusamente; se cantó en la guerra del 14 por los soldados ingleses en las trincheras y en ella aparece también «María, la que Dios besó en Galilea». La otra balada, la del Caballo blanco, fue también en la mochila de muchos combatientes británicos en la guerra del 14 y en la del 39.el_hombre_que_siempre_iba_con_chesterton_img_0.jpg

Foto de José Luis Miras

Después de conocer al padre O’Connor, el último estímulo para su conversión al volver de un viaje a Palestina fue obra de «una pequeña imagen dorada y muy colorida de la Virgen en el puerto de Brindisi», y a esa imagen le prometió hacerse católico al volver a Inglaterra.

La conversión fue en 1922, diez años después de haberle confiado al padre O’Connor su intención de hacerlo y dieciocho años después de conocerle.

Pero en su conversión representó también un papel nada humilde un modestísimo diente de león, esa planta heliodora cuyas hojas jóvenes en infusión gozan de la antigua fama de aliviar afecciones biliares y hepáticas, y sirven también para hacer ensaladas amarguillas, es plato de gusto para los conejos y exhibe unos rosetones de color amarillo dorado que semejan el palo de los oros en la baraja española, y giran como un reloj. El diente de león adora al astro rey, y sus flores, cuando el sol se pone, del que aspiran a ser humildes copias, se retiran a la celda privada de su pedúnculo, entrecierran la puerta y se sumen en meditación de vísperas. Sus semillas viajan largas distancias con el viento hasta que Dios les marca su destino. Pues esa mala hierba, tan buena, le hizo pensar a Chesterton que ella venía de la misma mano creadora y podía aspirar a los mismos derechos que los descerebrados que clamaban a gritos por las calles el derecho «a la vida», «a la felicidad» y «a la experiencia», porque antes de nacer, no habían inventado ellos ni la vista ni el diente de león. Y lo que transcribo no es más que un atisbo insuficiente de las últimas páginas, bellísimas, de su autobiografía.

En los dos últimos años previos a su conversión, tuvo Chesterton una correspondencia más íntima y frecuente con sus amigos monseñor Ronald Knox y Maurice Baring, ambos conversos y, por lo tanto, con conocimiento para aconsejar y alentar. Monseñor Knox, hombre cultísimo, autor de libros religiosos y novelas policíacas, era poseedor de una envidiable fantasía y cualquier argumento que planteara se caracterizaba por ser original. Maurice Baring era un diplomático de muchos talentos, escritor muy conocido, pero, además, pintor y músico y acreedor de haber difundido por el oeste de Europa la excepcional literatura del ruso Chejov. Baring reflejó el proceso de su conversión en la novela histórica Mi fin es el principio.

En ese larguísimo periodo sin abrazar la Iglesia de Roma, hubo muchos que le consideraron ya un católico al que solo le faltaban los ritos para serlo de oficio, por decirlo así. En 1903 recibió la carta de un sacerdote para él desconocido entonces —una de las muchas cartas de lectores que recibía a diario— que decía: «Soy un sacerdote católico y, aunque quizá no le veo del todo ortodoxo, quiero darle sinceramente las gracias o, mejor dicho, agradecer a Dios que le haya dado el don de la espiritualidad, que a mi parecer hace inmortal la literatura». La firmaba John O’Connor, párroco de Santa Ana, en Keighley.

Por su creatividad incesante —en dos años escribió ocho de sus noventa libros—, uno de los periodistas de Fleet Street le dijo: «Yo creo que usted podría muy bien ser Dios».

En Jerusalén algo le afectó fuera de lo corriente en la iglesia del Ecce Homo y, al regresar de Palestina, visitó en Londres al gran anglicano lord Hugh Cecil, con el que departió largamente sobre religión. Al terminar su visita pensó que el perfecto y sólido protestantismo de aquel personaje le acabó de revelar por completo que él no era así, que él había dejado de ser protestante.

En su tempranísimo y celebrado libro Ortodoxia, de 1908, escrito doce años antes de su conversión, expone su visión de la verdad como unidad multilateral, y cree que los «profetas» de su tiempo, como él los llama, desde Walt Whitman y Shopenhauer a Wells y Bernard Shaw, consideran solo uno de sus lados y ese lado lo convierten en toda la verdad. Ortodoxia sería el antecedente muy cercano de su gran libro El hombre eterno, escrito después de su conversión, diecisiete años más tarde.

La lista de antecedentes premonitorios es, realmente, muy numerosa desde que era muy joven, si tenemos en cuenta que, a los dieciséis años, obtuvo el máximo galardón poético de su colegio, el Premio Milton, por un poema sobre san Francisco Javier, al que no conocía casi nadie en aquel ambiente y, un año después, otro poema en el que hablaba de Dios, fue premiado en el semanario The Speaker. Su título era «La canción del trabajo».

Pero, ¿por qué aplazar esa decisión durante tantos años? Creo que fue también obra providencial. Siendo primero unitario, como sus padres, o anglicano luego, por influencia de Frances, su esposa, o, incluso, un paso más, anglocatólico, sus testarudos compatriotas no iban a desoír jamás lo que él dijera, porque no había nadie, realmente, que no estuviera fascinado por él, ni sus presuntos enemigos, que no dejaron nunca de admirarle, de procurar su compañía y tener en mucho su amistad. Monseñor Knox escribe: «Todas nuestras generaciones han crecido bajo la influencia de Chesterton, y de tal forma es así que no sabemos en realidad cuándo estamos pensando lo que él pensaba. Inconscientemente y sin reconocerlas leemos citas suyas en libros y artículos de otros, y las oímos en sermones y discursos». Muchos pensaban de él que era «lo mejor que había producido Inglaterra desde Dickens». Si se hubiera convertido antes, le habrían considerado, en la medida en que podían hacerlo, «a foreigner», un traidor, un extranjero, y la palabra «foreigner» —me dijo un escocés—, causa escalofríos de repulsión a los ingleses. Nunca más le hubieran leído o escuchado con la frecuencia, la admiración y el afecto con que le leían y escuchaban antes.

He escrito en algún artículo que «los ingleses gastan mucha luz, pero ven poco, y que nadie les iguala en Europa a hablar más y mejor, diciendo menos». Chesterton era una de las grandes excepciones a esta afirmación mía. Él conocía muy bien a sus compatriotas y decía de ellos que gozaban de un «irracional e irrevocable amor a su país», que el inglés era un hombre «anarquista, protestón, confuso, rácano, holgazán y comodón a la hora de pensar», y que «la única religión que profesaba era, en realidad, el sentido del humor». Y después de haber visitado Polonia, Francia, Irlanda, Italia, España, Estados Unidos y Canadá, decía que «el país más extraño que había visitado era Inglaterra, en el que los  ingleses viajan para ver lo que ellos quieren ver y no lo que ven».

La idea de la conversión estaba en él, pero le faltaba materializarla. Él sabía que «en el Génesis, la luz es creada antes que el sol, la luna y las estrellas; la idea antes que la maquinaria que la manifiesta». Y pensaba también que «las ideas tienen su vida propia».

Pero la justificación terrenal de su tardanza, según algunas cartas de Chesterton a sus amigos, era el escrúpulo que sentía al abrazar una religión distinta a la de su esposa, que era buena creyente y practicante anglicana. No hay que olvidar, además, que llevar a cabo un cambio espiritual o material era, para él, un esfuerzo de voluntad tan irrealizable como dar un paseo de un kilómetro o alcanzar la cumbre de una colina. Necesitaba para todo a Frances y a su última secretaria, Dorothy Collins.

Cuando la ceremonia de su conversión era ya inminente, el padre O’Connor escribía: «Para llevarlo a la iglesia, buscarle la página adecuada en su libro de oraciones, hacer por él examen de conciencia cuando se vaya a confesar, necesitará a Frances. Nunca salvará esos obstáculos sin ayuda».

¿Por qué? ¿Cómo era Chesterton?

De joven era esbelto, flaco y algo miope, sin preocuparse gran cosa por el tiempo ni por la indumentaria. Dibujaba durante las clases y leía y estudiaba lo que le apetecía, cuando le apetecía. No quiso ir a Oxford ni a Cambridge y nunca se examinó al final de sus estudios y, por lo tanto, no poseía ningún título académico.

En su boda, se presentó sin corbata y, al arrodillarse, todos los asistentes vieron el precio de sus zapatos nuevos. Cuando Frances y él iban a la estación para iniciar su viaje de novios, paró el coche para tomarse un vaso de leche en un establecimiento donde lo tomaba con su madre cuando era niño y, poco después, volvió a parar el carruaje para comprar una pistola con munición en una armería por si a su esposa la atacaban piratas o bandidos. Llegaron tarde a la estación y el tren donde pensaban irse se fue sin ellos con su equipaje, que la pareja recuperó al día siguiente en otra estación. En su primera casa después de la boda, pintó las paredes y la fachada con escenas mitológicas y, en esa y en otras casas, extendió a veces su arte a las alfombras.

Desde joven, usó un bastón de bambú con estoque, que solo le servía para accionar con él cuando hablaba y para practicar simulacros de esgrima con un sobrino de Frances de siete años.

Sin darse cuenta, comía y bebía lo que tuviera delante y bebía, a diario, varias botellas de agua de Vichy, dos botellas de vino Claret y un ejército de tazas de té y de café. Su peso rebasó pronto los 140 kilos pero, si estaba enfermo, el médico tenía que averiguar su dolencia porque él no se quejaba. En su última enfermedad, partió la cama en dos y siguió en ella sin inmutarse y sin decírselo a nadie. Aquel corpachón inmenso, tenía una voz débil con altibajos, como he dicho antes, y los pies diminutos, y descubrieron, en sus últimos años, que su corazón era demasiado pequeño para su volumen.

Fumaba cigarros constantemente y, con la cerilla encendida, hacía antes en el aire la señal de la cruz y, al entrar, hacía lo mismo en las puertas de las habitaciones de su casa.

Llevaba siempre consigo una faca, una gran navaja de origen tejano o mejicano, que metía debajo de la almohada al acostarse y, en una conferencia que dio en Dublín, la sacó, de pronto, para afilar con ella un lápiz.

Si le interesaba un libro, se lo llevaba con él y lo leía en la calle bajo una farola, sin enterarse si estaba lloviendo a cántaros. Y si en casa se enfrascaba en la lectura de un libro, lo volvía del revés, escribía y dibujaba en sus páginas, se lo llevaba a la cama y dormía sobre él, se le caía al suelo y lo pisaba distraído al pasar, lo manchaba de té o de café, y todo el mundo sabía después que le había gustado. Leía a toda prisa, como si bebiera agua o las líneas del libro desaparecieran. Un vecino suyo decía que era capaz de absorber las ideas clave de toda una estantería de libros en tres horas, y su amigo Belloc pensaba lo mismo.

Llegaba tarde a sus compromisos y al volver se perdía con frecuencia. En una ocasión le puso a Frances un telegrama desde Londres (donde vivían entonces), diciendo: «Estoy en el mercado de Harbourough, ¿dónde debería estar?». Y Frances respondió: «En casa». Pero ocasiones así se repitieron una y otra vez.

En un autobús, cedió el asiento a una señora y, en el sitio que él ocupaba, se sentaron tres. Prefería sentarse en la hierba del jardín por temor, decía, a «modificar» las sillas. Pero no solo las modificaba, sino que algunas veces las rompía cuando se sentaba a hablar en público. En Francia, se sentó sin darse cuenta sobre el hijo pequeño de su amigo Wells, y en América, cuando no conseguían sacarle de un coche, recordó que a él le ocurría lo que a aquella señora que, en sus mismas circunstancias, le dijeron: «Póngase usted de lado», y ella respondió: «No tengo lados».

En los hoteles perdía los pijamas y más de una vez se dejó algún traje, que aparecía después debajo de las camas.

Tuvo siempre, desde pequeño, un teatro de juguete, y contribuía a su funcionamiento con obras suyas, personajes dibujados por él, luces de velas, imitación de voces y sonidos y daba a menudo sesiones dramáticas para los niños que vivían alrededor de su casa. Su último teatro, con iluminación de pilas, lo compró en Barcelona.

En Jerusalén hizo de madrina, no de padrino, porque padrino ya lo tenían, en el bautizo del hijo de un carpintero armenio.

En el hotel de Varsovia donde se hospedaba, el director le pidió que no diera más limosnas, porque la puerta del hotel estaba día y noche llena de mendigos.

Escuchaba a los demás atentamente, pero siempre emitiendo pequeños ruiditos y haciendo alguna mueca y, al responder, sus ideas fluían tan ordenadas y claras como si, en vez de hablar, leyera un ensayo.

Hablaba consigo mismo, reía explosivamente, a veces solo, cantaba cuando se lo pedía el cuerpo, aunque lo hacía muy mal, le gustaba oír y gastar bromas, y era un conversador sin igual y un trabajador desordenado e incansable. El orden de sus cosas lo ponían Frances y la secretaria Dorothy.

Su gratitud, su agradecimiento por todo era tan sincero como profundo y se disculpaba por sus faltas profusamente. Agradecía las puestas de sol, los días como vinieran, las flores, los árboles, el viento, la lluvia, las nubes, los niños, el agua, el vino, la palabra, los animales, el hogar, los amigos, la vida. Por las sendas de su jardín corrían, para contento de su amo, un gato, un perro y un burrito comunista llamado Trotzky. Como él dice en su libro Ortodoxia, buscaba religiosa, denodadamente a quién darle gracias por haber nacido. Su agradecimiento, en fin, era lo más opuesto al «thank-you very much» de los ingleses.

Se reía de sí mismo con más ingenio que los demás y no había nadie en el mundo que no quisiera a Chesterton.

Odiaba el pecado, pero no al pecador; odiaba la idea equivocada, pero no al que la seguía. Él acuñó una frase que pocos o ninguno se hubieran atrevido ni siquiera a decir: «El honrado ateísmo de los obreros». Un hombre como él tuvo que dar muchísimo trabajo a su ángel de la guarda y menos mal que a su ángel protector le echaban las manos Frances y Dorothy.

Por fuera era así; por dentro era todo sustancia, esencia, visión, genio, misterio. ¿Quién puede imaginar los tesoros que había en él, los secretos, quizá inexpresables, que llevaba dentro? Como un prestidigitador, parecía sacarse los libros de la manga, no del cerebro. Sin títulos académicos, se metió en el campo de los eruditos y los superó con creces. Así fue en su breve Historia de Inglaterra, en su biografía de San Francisco de Asís, donde explica a sus malignos compatriotas las razones de la Inquisición en España, expresa su admiración por Raimundo Lulio e interpreta favorablemente el controvertido encuentro de san Francisco y santo Domingo de Guzmán y, sobre todo, en su estudio de 197 páginas de santo Tomás de Aquino, que llenó de asombro a los que llevaban años enfrascados en él, como el gran estudioso del santo Antón C. Pegis, el gran tomista y maestro general de la Orden  Dominicana, Pére Gillet, que dio a conocer ese libro a largas audiencias de dominicos, el filósofo converso francés Jacques Maritain, propulsor de un tomismo frente al racionalismo antropocéntrico y el irracionalismo panteísta entre los que oscilaba el idealismo moderno y, en fin, el filósofo católico francés de tendencia escolástica Etienne Gilson, que escribió: «Chesterton es desesperante. He estado estudiando a santo Tomás toda mi vida y no podría haber escrito un libro como el suyo».

Pero Chesterton, cuando no era un converso todavía, era ya un convencido y no se pasó la vida deshojando la margarita de su conversión, o deshojando con sabiduría la inconsistencia de otras religiones; fue uno de los pocos que se opusieron a la guerra desigual e injusta de los boers, que iba solo en busca de diamantes; atacó la corrupción gubernamental en el famoso caso Marconi; criticó duramente el Armisticio de Versalles, que dejaba el camino abierto hacia una nueva guerra, la de 1939, que no llegó a ver; con su amigo Belloc, creó contra el capitalismo abusivo la Liga Distribucionista para que los pobres tuvieran su pequeña finca, sus parcelas de tierra, e incluso denunció la política violenta y sucia de las izquierdas españolas que contribuiría, el año en que él murió, a la guerra civil. Su obra es también una historia apasionante y apasionada de Inglaterra y de Europa en su tiempo.

Chesterton tenía especial predilección por dos órdenes religiosas, dominicos y benedictinos. El padre Vicente McNabb, dominico, fue, con Belloc, uno de los más activos colaboradores de su Liga Distribucionista; durante la agonía de Chesterton entonó el Salve Regina, según costumbre de su orden cuando un fraile agoniza; besó el lápiz de su amigo cuando lo vio en la mesita de noche, junto a su cama y, dos años después, confortó a Frances a la hora de su tránsito de este mundo. Chesterton le admiraba profundamente y decía de él: «El padre McNabb anda por un suelo de cristal sobre mi cabeza». Su otro amigo, de la Orden de San Benito, fue el padre Ignacio Rice.

McNabb y Rice contribuyeron con visitas, consejos y correspondencia y, sobre todo, con el ejemplo de sus vidas, a la conversión del escritor.

Ahora bien, si uno se mete en una librería en el Reino Unido encontrará en ella todo lo que pida de Shakespeare y todo lo que pida de Dickens, pero es muy probable que de Chesterton solo pueda comprar las cincuenta Historias del padre Brown. ¿No era eso de esperar en un país donde un católico no puede ocupar aún el cargo de primer ministro?

Hablemos, pues, del padre Brown.

El sacerdote detective surgió por eso que llamamos casualidad; por dos casualidades. La primera fue encontrarse con ese desconocido que le había escrito una carta un año antes, el padre O’Connor, cuando Chesterton fue a dar una conferencia a un pueblecito del condado de York y se enteró allí de que el padre O’Connor era amigo de un amigo suyo. El amigo de Chesterton vivía en el campo y daba una fiestecita, y allá se fueron de charla Chesterton y el párroco que acababa de conocer, un irlandés «bajito, de rostro afable y expresión de duende». Chesterton se explayó en el camino sobre el tema del mal, en su versión de crimen y vicio y, a lo largo de la charla, el padre O’Connor demostró poseer un conocimiento del Príncipe de las Tinieblas que le causó admiración y asombro. Al llegar a la casa, estaban entre los invitados dos estudiantes de Cambridge simpáticos y pedantuelos que, después de hablar con el padre O’Connor, alabaron su versatilidad y su conocimiento en varios temas. Pero uno de ellos añadió: «Sin embargo, yo no creo en esa clase de vida que lleva él. Está bien que a uno le guste la música religiosa y todo eso cuando tienes que estar encerrado en una especie de claustro y no sabes nada de las maldades del mundo. Yo prefiero al que vive fuera y se encara con el demonio y conoce sus peligros. Ser inocente e ignorante puede tener cierta belleza, pero es mejor no tenerle miedo al conocimiento». A Chesterton le hizo tanta gracia la ignorancia de esos dos pipiolos sobre las experiencias y la sabiduría que almacenaba el padre O’Connor, que comenzó a idear a un curita poco atractivo e insignificante que pasara siempre desapercibido y que, sin embargo, tuviera su propio método infalible, o su falta de método, como algunos pensaban, para descubrir las hazañas de cualquier asesino o delincuente y dejar boquiabiertos a los detectives profesionales encargados del caso. Que un sacerdote católico fuera más inteligente que Sherlock Holmes sorprendería, no solo a los policías, sino a todos los ingleses no católicos, y eso, tal vez, les hiciera preguntarse a algunos de ellos sobre esa rara posibilidad.

La otra casualidad fue algo, en principio, más corriente, y ocurrió siete años más tarde. Frances le dijo un día a su marido que no les quedaba ya ni un penique, y él, como había hecho antes con su novela aún sin escribir entonces, El Napoleón de Notting Hill, se fue a ver al editor y le preguntó qué temas había en demanda. Lo único que sé —le respondió el editor— es que el Saturday Evening Post anda escaso de historias policiacas. Y allí mismo, en la editorial, Chesterton comenzó a escribir la primera historia de El candor del padre Brown, «La cruz azul», y así surgió ese curita muy distinto en apariencia al padre O’Connor, con su apellido vulgar, desaliñado, bajo y amorfo más que rechoncho, de cara inexpresiva y redonda como un pudin, chato, de ojos grises que parecían vacíos, cabeza grande de búho cubierta por una teja de clérigo descomunal y siempre con su paraguas deforme y viejo al brazo, lloviera o hiciera sol. Su aspecto irrelevante ocultaba y sobrepasaba, a veces, la aguda inteligencia del padre O’Connor. Y el pueblo inglés, orgulloso de su policía y aficionado a las historias policiacas, comenzó a interesarse por un sacerdote católico y a sentir admiración y a sentirse intrigado por él. Un acontecimiento.

Chesterton fue reuniendo sus cincuenta historias policiacas en cinco volúmenes, titulados respectivamente El candor, La sabiduría, La incredulidad, El secreto y El escándalo del padre Brown. Su popularidad fue inmensa y, con el padre Brown, Frances y Gilbert superaron los baches económicos con creces, porque el cura detective no solo les dio con frecuencia el pan nuestro de cada día, sino también la mantequilla y la mermelada.

En «La cruz azul», además del padre Brown, aparecen dos personajes más, Arístides Valentin, jefe de la policía de París y famoso en el mundo como investigador de delitos, y Flambeau, un veterano ladrón de joyas, perseguido sin éxito por la policía de tres países. Es un gascón —quizá un vasco francés— de estatura gigantesca fortaleza física sin igual y grandes bigotes como sables, del que se cuentan, entre otras muchas hazañas, cómo puso a un juez boca abajo para «aclararle la mente» sosteniéndole a pulso en el aire por los talones, o cómo corría por la calle Rívoli de París con un policía pataleando debajo de cada brazo.

Arístides Valentin desaparece ya en «El jardín secreto», la segunda historia. Era un enemigo acérrimo de lo que llamaba él la superstición de la cruz y, después de asesinar a un potentado norteamericano porque iba a donar millones a la Iglesia católica de Francia, se suicida antes de pasar por la guillotina, que tan ingeniosamente había colaborado con él en la realización de su crimen.

El padre Brown parece ya resuelto en la primera historia a reformar a Flambeau y apartarle de la delincuencia. Engaña al engañador y le predica hablándole de la razón en las últimas páginas y Flambeau se asombra de los trucos para realizar delitos y de la jerga carcelaria que conoce el cura. En «Las pisadas misteriosas», la tercera historia, le amenaza «con el remordimiento que nunca muere y con el fuego que nunca se extingue». En la historia siguiente, «Las estrellas errantes», Flambeau oye con paciencia una bella y larga perorata para inducirle a la conversión. Y, por último, el famoso ladrón y estafador se convierte en un detective no menos famoso y en compañero y discípulo del padre Brown en una de las historias más significativas, «El hombre invisible». Y después de ser un brazo de la justicia no pocas veces, se enamora de una dama española, se casa con ella y compran un castillo en España con un viñedo y un huerto, y allí vive retirado Flambeau, «La Antorcha», con su verdadero apellido, Duroc, recordando sus hazañas y sintiendo, a veces, algún descontento por su paz matrimonial y burguesa. Así aparece ya al comienzo de la cuarta serie titulada El secreto del padre Brown, aunque este volverá a requerir su ayuda alguna vez para que Flambeau, como don Quijote, «no se deje morir». El lugar de Flambeau, que fue ladrón pero no mató a nadie, porque con escribir un poema violento se liberaba ya de la violencia que llevaba dentro, lo fueron ocupando otros agentes de la policía de los que sabemos poco más que el nombre, James Bagshaw, Pinner, Grinstead, Burns, Cook, y cuyo papel no va más allá de mostrarnos su incapacidad ante la sabiduría del padre Brown.

Lo que menos importa en las historias policiacas del padre Brown es lo que más importa en las historias de otros autores, como Conan Doyle o Agatha Christie: la intriga, el ingenioso método de resolver el crimen. Ni tampoco las historias del padre Brown cuentan jamás con la pedantería insufrible de las de Conan Doyle o la alta clase social y ostentación de riqueza de las de Agatha Christie. El padrecito Brown, en sus historias, y siempre cara a cara con humildad inalterable y aire inocente, refuta a los anglicanos, agnósticos, ateos, escépticos, materialistas, al llamado «hombre práctico»; vence a un científico discutiendo de lógica; protesta porque en Londres siempre se oye con prejuicios el testimonio de cualquier católico; trata de explicar el catecismo a su modo a policías y delincuentes, o reafirma la inmortalidad de la Iglesia de Cristo porque, como dijo san Antonio de Padua, «solo los peces sobreviven al diluvio». Chesterton renueva y profundiza el género policiaco. Podéis ver, entre otras, las historias tituladas «La peluca morada», «La persecución del señor Blue», «La maldición de la cruz de oro» o «El problema insoluble».

El padre Brown no podía impresionar a nadie por su aspecto, pero sí daban mucho que pensar y que admirar los resultados que obtenía cuando investigaba o, quizá, investigar sea una palabra demasiado importante; mejor decir por los resultados que obtenía cuando él andaba por allí fisgando.

Y aunque en su persona hay algo que él sabe perfectamente inexplicable y reconoce que su secreto está oculto en su carácter, a instancias de un vecino americano de Flambeau, trata, por caridad, de explicarse. Y empieza diciendo que su único secreto es que él fue el que robó o mató a todas las víctimas y que, por lo tanto, sabía cómo se hacía en cada caso.

Y a continuación, por fortuna, aclara lo que ha dicho: «Planeé con extraordinario cuidado cada uno de los crímenes; consideré con suma atención cómo se podía realizar un acto semejante, con qué método y en qué estado mental un hombre podía verse en condiciones de cometerlo. Y cuando estaba seguro de sentirme exactamente como el asesino, entonces, como es lógico, sabía de quién se trataba. Ningún hombre es capaz de nada bueno hasta que no sabe lo malo que puede ser, o podría ser».

Pero nos descubre, además, otros secretos, fruto de sus experiencias:

Él —dice— suele darle mucha importancia a las ideas vagas y puede creer lo imposible, pero no lo improbable. Si un ladrón es demasiado capaz, como Flambeau, nunca es el asesino.

Las cosas pueden estar, a veces, demasiado cerca para verlas bien. Por ejemplo: un hombre que tenía una mosca en un ojo, al mirar por el telescopio descubrió que había un terrible dragón en la Luna.

Cuídate del hombre al que olvidas, porque estás con él en desventaja. Y cuídate incluso más de la mujer a la que olvidas.

No llames benéfica a una fiesta hasta que estés seguro de que alguno de los presentes sabe lo que es caridad.

Hay dos formas de renunciar al mal: una es tener horror de él porque está muy lejos, y otra porque está muy cerca. Y ninguna virtud o ningún vicio están tan separados como esas dos virtudes.

En el mundo habría menos escándalos si la gente no idealizase el pecado y se las diera de pecadora.

La verdad va por detrás de la calumnia con un retraso de media hora, y nadie sabe cuándo o dónde la alcanzará.

Un hombre de ciencia no trata de probar nada; trata de descubrir lo que se prueba por sí mismo.

El mecanismo del comportamiento humano es revelador en algunas historias. En «El hombre invisible», el padre Brown encarga a un portero que vigile la casa durante veinte minutos y, cuando vuelve, el vigilante jura y perjura que no ha entrado nadie en ese tiempo, porque no se da cuenta, es incapaz de ver que ha entrado el cartero, que el que entra todos los días por la puerta de su casa también es «alguien». El hombre invisible es una gran metáfora de la situación social de miles de pobres y católicos en la Inglaterra de Chesterton, como vemos con la dama que llega a un hotel con mayordomo, doncella y chófer y, cuando el conserje le pregunta si va sola, dice que sí, porque ella no responde a lo que le preguntan, sino a lo que cree que le preguntan: si la acompaña gente de su clase, su marido, una amiga, un hijo, etc. Pero si un médico anda investigando una epidemia y a esa señora le pregunta «¿Quién vive con usted?», ella, en ese caso, nombrará a los de su familia y al personal de servicio, a todos. En otra historia, «El espejo del magistrado», al detective Bagshaw le parece muy sospechoso un poeta que deambula como enajenado por el jardín de la casa donde ha muerto un hombre, pero el padre Brown le exime de toda sospecha porque los poetas, cuando están pergeñando un poema, son así.

El éxito de sus historias llevó a Chesterton a formar parte del club de autores de relatos policiacos, el Detection Club, y a ser su presidente enseguida y disfrutar todos de su ingenio y su personalidad exuberante. Todos se comprometían, al escribir sus novelas, a seguir una serie de reglas entre las cuales figuraba que sus detectives no contaran con «ventajas de revelación sobrenatural». No creo que el padre Brown contara con revelación tan exclusiva como esa, pero yo diría que sí recibía alguna ayuda bastante parecida, y que eso le aureola de un enigma atractivo para cualquier lector de los que no se conforman con que dos y dos sean siempre cuatro. Muchas veces dan ganas de preguntarle: Pero, padre, ¿es que usted conocía ya la vida anterior de alguno de los implicados cuando se presentó allí, en el lugar del crimen? Pero, padre, ¿no cree usted que apura demasiado esa frase por la que condena al delincuente…? Sería imposible, y difícil, meterse a disputar con el personaje de Chesterton. A fin de cuentas, lo que ocurra con sus ladrones o asesinos al ser descubiertos, no lo sabremos nunca, porque Chesterton no quiere que los veamos esposados, o metidos en juicio o, menos aún, en la cárcel. Cuando el padre Brown dice la última palabra, cuando ha dicho «Amén» y se marcha, se acaba la historia. Lo demás es cosa de este mundo, no del otro. Así que, al hombre misterioso que conversaba siempre con Chesterton, pasó a representarle en el mundo, primero el padre O’Connor y, pocos años después, el padre Brown.

Más y mejores cosas podrían haberse dicho de ese pozo airón, de ese pozo de agua viva sin fondo que fue Chesterton, pero no en pocos folios. Sí diré que estuvo tan vigente en su época como hoy o, quizá, más todavía hoy que en su época, porque los males que él descubrió en su tiempo están ahora bien maduros o bien podridos en nuestros árboles del mal. Parece que en el mundo solo quedan ya tres grandes posibilidades de arriesgada aventura, que son compatibles: el Everest, el Amazonas y la práctica de un cristianismo tan individual como social o, lo que es igual, cada día más altos, más profundos y más justos. Las tres requieren ingentes esfuerzos y afán de superación. Pero Chesterton nos contó que a un hombre que ha bebido ya lo suyo y se dispone a tomar el vaso de whisky número once, podemos decirle: «Venga, deja ya de beber. Pórtate como un hombre». Pero a un cocodrilo que va a engullirse al explorador número once sería inútil decirle: «Venga. Pórtate como un cocodrilo: deja ya de comer». _


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