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Esta novela, publicada en 1961, la segunda que escribió Gabriel García Márquez (1927), tiene influencias de los años que el autor colombiano trabajó en el cine, redactando numerosos guiones cinematográficos hasta su dedicación exclusiva a la literatura. «Es una novela —ha escrito— cuyo estilo parece de un guión cinematográfico. Los movimientos de los personajes son seguidos por una cámara. Y cuando vuelvo a leer el libro, veo la cámara». Ya en La hojarasca, su primera novela, había iniciado el autor colombiano su ciclo temático sobre Macondo, que tan buenos resultados le daría más adelante y cuya obra más significativa es Cien años de soledad, publicada en 1967. Esta obra es la más representativa del efervescente realismo mágico, que tanta trascendencia tendría para la literatura hispanoamericana y europea, ya que es, quizás, la obra más internacional de ese boom rompedor que protagonizaron los escritores hispanoamericanos.

Cien años de soledad es una obra deslumbrante, fantástica, muy imaginativa, desbordante. Nadie discute ni su originalidad ni su calidad. Sin embargo, algunos preferimos la sobriedad estilística de El coronel no tiene quien le escriba, una obra maestra del realismo sin etiquetas. Se aprecia que García Márquez ha realizado un ejercicio de autocontrol para que su novela no se desparramase en las notas características del realismo mágico, con fantásticas aventuras y personajes que realizan acciones insólitas y extravagantes. Nada de esto acontece en esta novela. Tampoco el autor la conduce hacia territorios políticos, y eso que el trasfondo social de la novela, ambientada en la década de los cincuenta, podía haberla llevado la novela hacia esos derroteros, como les sucedió a otros autores colombianos.

«El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita». La pobreza se ha instalado en su vida y en la de su asmática mujer. Toda la esperanza está puesta en la llegada de una carta oficial que reconozca su pensión por los servicios militares prestados durante tantos años. Pero la carta no llega. Cada viernes, el coronel acude al puerto a ver si su carta llega en la lancha del correo. Después de dieciocho años bajando, su esperanza empieza a resquebrajarse. Apenas tienen qué comer. El matrimonio sobrevive con agrias discusiones y empeñando los escasos objetos de valor que tienen y que forman parte de un pasado que tienen un tanto idealizado en sus recuerdos. Solo les queda alimentar un gallo de pelea que han heredado de su difunto hijo, muerto en un estallido de violencia sobre el que el autor pasa de puntillas para no desviar la atención en lo que de verdad quiere contar: la lentitud del transcurrir del tiempo sin que apenas suceda nada de nada.

García Márquez describe dos meses en la vida de este coronel que sirvió en las campañas de Aureliano Buendía. Pero su vida no tiene nada de fantástica ni de mágica. En él todo es desasosiego, espera, constatación semanal de un fracaso que disfraza agarrándose a una tímida esperanza. La novela es perfecta en su realismo, impecable en cómo consigue narrar el paso del tiempo y contenida en su sobriedad narrativa. Esta novela demuestra también la versatilidad de García Márquez, que ya había quedado demostrada con anterioridad en los numerosos guiones, relatos y reportajes periodísticos que escribió, muchos de ellos de una sobresaliente calidad. Puede que El coronel no tiene, quien le escriba sea una excepción en su desmesurada trayectoria narrativa. Otros la vemos, en su simplicidad, como la quintaesencia de su arte como escritor.


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