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Molière retrató en sus comedias los vicios de siempre en el contexto de su época y de este modo dejó obras siempre contemporáneas por los temas abordados con personajes inmortales, que se identifican con la hipocresía, la hipocondría, los celos, la coquetería, la misantropía o la avaricia (por citar solo a algunos). Este último defecto se singulariza en El avaro (1668) y para destacarlo, exagera hasta el extremo los rasgos de la personalidad de Harpagón, conduce al ridículo las intervenciones del protagonista y plantea situaciones absurdas de indudable comicidad. Además, conocedor de las reacciones de los espectadores (no conviene olvidar que Molière es al tiempo actor y comediógrafo), escribe con total dominio de la escena y de los resortes que provocarán diferentes reacciones de su público, del regocijo a la compasión. Así, en busca de la risa, se hace cómplice con el espectador de alguno de los personajes para engañar o burlarse de otro, consiguiendo la perplejidad primero, la carcajada después; acude al equívoco para forzar escenas chocantes; complica las situaciones hasta lo paradójico originando continuos enredos; o bien, para hacer reír cuando la risa no sigue a las acciones dramáticas, maneja el lenguaje con precisión para reiterar la palabra cómica, buscar las frases de doble sentido o suscitar los equívocos verbales; además, indica en las acotaciones los gags cómicos visuales que, añadidos a las reacciones estrafalarias de los personajes inducidas por la forma de comportarse, mantienen al espectador o lector con una eterna sonrisa.

Las notas enumeradas, algunas de sus obras escritas en clave de farsa y una tradición para escenificarle siempre con un tono desenfadado y burlesco, han llevado a proponer puestas en escena de comedias como El avaro dentro de este subgénero que, pendiente de provocar la risa sin pausa, borra los rasgos definitorios de los personajes e impide apreciar el brusco choque entre la realidad y la deformación de esta, consecuencia del deterioro que conlleva la avaricia. Además impide apreciar la intención crítica, pretendida por Molière.

El lector que se acerque a El avaro se regocijará con las extravagancias de Harpagón y los recursos del autor, pero disfrutará con la evolución de este personaje en la comedia durante los cinco actos y observará la humanidad y riqueza de sentimientos de los dos hijos, Elisa y Cleanto, y sus respectivos pretendientes, Valerio y Mariana, a su vez pretendida por el viejo avaro. Asimismo, percibirá otros temas que no escapan a la censura de Molière en esta comedia de costumbres de la época: la educación estricta que aboca a comportamientos contrarios a la razón, como es el caso de Mariana; un escrupuloso decoro que impide la libre expresión de los sentimientos y el engaño; un falso sentido del honor; el amor que se profesan las parejas; las relaciones paterno filiales; o el disentimiento sobre los casamientos concertados. Molière introduce estos elementos en una comedia que posee mucho ritmo interno y estructurada mediante una sucesión de escenas breves, donde nada sobra y todo se concentra.


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