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Tendría que estudiarse hasta qué punto el trasfondo de las novelas de Henry James traduce un conflicto personal y dibujan el encuentro —muchas veces cruento— entre la cultura americana y la europea. Cristopher Newman, el protagonista de El americano, una de las mejores y más célebres novelas del indispensable escritor americano, es el prototipo del ciudadano del Nuevo Continente: un hombre hecho a sí mismo, nacido de la nada, capaz de vencer la miseria de un entorno hostil y que a golpe de esfuerzo ha sido capaz de ascender por la escala social. Pero al americano, a este digno y fiel hijo de Franklin, le falta el aura o, por decirlo con otra expresión, el brillo y el prestigio que dan los siglos. En resumen, le falta ese aire de nobleza que otorga el viejo continente.

La fascinación que a Newman le provoca la cultura  —vale igual decir Europa— es la misma que la fascinación que sienten los nobles por el dinero en la hora de su fatídico crespúsculo. Estados Unidos crece en éxito en la medida en que Europa y su aristocracia mueren por inanición. Podría decirse que lo que le falta a uno al otro le sobra: historia y linaje, en un caso, y en el otro, dinero, pragmatismo, capacidad de mudar e innovar. Eso explica que la obra, construida con la ordenada estructura clásica y siempre perfecta a la que nos tiene acostumbrados James, siga atrapando aún hoy día a cualquier lector: aún no hemos superado muchos de nuestros complejos. Como ocurre en los textos clásicos —incluso podríamos decir que por ello son clásicos—, la trama literaria en ocasiones transmite algo más que una simple historia.

Cristopher Newman, el americano, se ha retirado de los negocios henchido de dólares y cansado de ese activismo productivo. Quiere descubrir la belleza de Europa y se plantea un viaje que tiene algo de sabático y de iniciático: una iniciación a la cultura que es al mismo tiempo un cambio de vida y un descanso. La encrucijada entre el nuevo y el viejo mundo se concreta en un matrimonio. La novela descansa sobre la imposibilidad de comprar algunas cosas: a Cristopher se le resiste su matrimonio. Madame Cintré quiere casarse, pero muchas veces es inútil luchar contra el linaje. La familia se opone y lo hace tajantemente: «No nos podemos resignar a una persona mercantil».

El encuentro entre el viejo y el nuevo mundo —dolorosamente sentido en la prístina relación entre Cristopher y Madame Cintré— es también el conflicto entre los nuevos valores y los viejos, aquellos que siguen apelando a una dinámica histórica y que aparecerán reflejados con sus adornos góticos y sus composturas anticuadas. Y refleja asimismo la virulencia entre las irrupciones de un individuo autónomo y absolutamente libre y la coacción que ejercía la historia y la tradición. El americano es, pues, el relato de una comunicación distorsionada, de la incapacidad de expresar lo antiguo en lo nuevo y lo nuevo a través de lo antiguo. No hay en James ningún tipo de moralismo —ni una reivindicación de valores concretos—, sino la intención de comprender y hacer comprender el suplicio y las torturas que conlleva el alumbramiento de nuevos mundos, de nuevas sociedades y de nuevas costumbres.


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