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El Aleph sucede, como colección de cuentos, a Ficciones. Algunos de los relatos más representativos de Borges, como «El Aleph», que da título al volumen, y «La casa de Asterion», están contenidos en sus páginas. En ellos se mezcla de forma admirable un estilo narrativo riguroso y exacto que, a partir de una anécdota mundana o nacida de la vasta erudición del autor, introduce la especulación. Los temas, recurrentes en Borges, son la inmortalidad, el infinito, el destino, la soledad, el doble.

No hay duda, y es algo aceptado por la crítica y sus innumerables lectores, que Borges es el maestro del relato breve. La dimensión de cada una de sus ficciones pretende, como esa esfera oculta en el sótano de la mansión de Daneri, a la que este da el nombre de Aleph, la mínima extensión; pero, a la vez, también como esa esfera, contener en sí la vastedad de sus lecturas, la infinitud del universo entero y simultáneo, quizás la divinidad.

Ese es el argumento del cuento que da título a la colección, el «inefable centro» del relato: el descubrimiento de un punto en el que están contenidos todos los puntos del universo, reflejados en él como en un espejo, «sin superposición y sin transparencia». Otros motivos espaciales borgianos abundan en lo mismo: el laberinto, la biblioteca infinita que en sí misma contiene todos los volúmenes posibles, lugares que replican otros lugares y que contienen todos.

Pero, además, en los relatos de Borges las posibilidades de la escritura, como los reflejos del Aleph, no tienen límite. Y si la combinación de signos en la frase y de las frases en un discurso es siempre nueva, también lo es la manera en que Borges reformula sus propias lecturas, quizás también infinitas. De ahí los quiebres constantes en la lógica de la realidad, las paradojas, la ironía, la negación del mismo relato; porque el Aleph contemplado —lo dice al final el mismo Borges— puede no ser el único, puede ser falso, reflejo quizás del Aleph auténtico.

Puede que este sea uno de los encantos de la narrativa borgiana: el juego en la construcción de tramas, en la interpretación constante. En este sentido, vale la valoración que José Miguel Oviedo hace del Borges creador de relatos: «Escritor cuyo rigor (de geómetra o arquitecto de laberintos y de austeras pirámides verbales) no le impidió ser amable y entretenido como muy pocos».


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