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No hay hoy una disciplina científica más prometedora que la neurociencia. Pero también es un campo arriesgado, pues con frecuencia las interpretaciones que más éxito y difusión tienen son aquellas que incurren en reduccionismos materialistas. En este ámbito la filosofía tiene un papel importante que desempeñar y su misión tendría que ser la de reivindicar una concepción integra da de la persona y una clara oposición a la transgresión de los límites científicos: la ciencia puede informarnos sobre la configuración neuronal de determinadas funciones, pero no puede comprender y explicar lo que no constituye su objeto. Lo espiritual es irreductible y cuando los neurocientíficos se arrogan el papel de filósofos a menudo realizan sugerencias triviales.

Más prometedora resulta la aplicación de los descubrimientos neurocientíficos a la esfera educativa. Alfred Sonnenfeld explica los últimos datos que nos aporta la ciencia, pero supera los planteamientos reductivos para proponer una filosofía de la educación atenta al desarrollo integral del niño. Esa integración de ciencia y filosofía se muestra enriquecedora y, sobre todo, fiel a la naturaleza del hombre como ser encarnado, sin dualidades ni contraposiciones. Este breve ensayo, sólido y serio, puede además ofrecer muchas claves para orientar a padres y educadores en el desarrollo de su importante tarea.

Sonnenfeld conecta el propósito de la educación —la maduración de la persona— con el anhelo de felicidad de todo hombre. Educar es ayudar a crecer, pero con la vista puesta en la construcción de una personalidad fuerte y recia atenta a la diferencia entre la felicidad personal y la satisfacción frívola del deseo. Por ello mismo, el análisis está conectado con la esfera ética: esta disciplina no puede ser considerada una abstrusa disciplina filosófica, sino que su principal preocupación debe ser la de educar el carácter. A mi juicio, uno de los equívocos que consigue solventar este ensayo es el que afecta a la noción de felicidad. Sonnenfeld subraya que la felicidad no estriba en el tener, sino en el ser. «Se trata —comenta— más bien de una actitud» que relaciona con la motivación: «la felicidad ficticia es la que vie-ne de fuera, como regalada, sin esfuerzo personal. La que procede del interior, de dentro del sujeto, es la verdadera, y se adquiere como consecuencia de la actitud que tomamos ante las diferentes situaciones de la vida». La felicidad, pues, está en saber de algún modo independizarse de los factores externos, ejercer cierto señorío sobre los actos y tener la capacidad suficiente para ejercer esa dimensión interior de la libertad que, en ocasiones, es la gran olvidada en los manuales de ética. La vinculación de la felicidad con el esfuerzo es lo que reafirma el carácter ético de la educación y también de la vida humana.

A mi juicio, uno de los equívocos que consigue solventar este ensayo es el que afecta a la noción de felicidad.

Con los datos de la neurociencia y la explicación del funcionamiento de los sistemas motivacionales, la perspectiva ética de construcción de la personalidad cuenta con herramientas para ser más eficaz en la tarea educativa. Pero, en concreto, ¿cuáles son esas claves de las que habla el título del libro? Sonnenfeld se refiere a la educación en la cooperación —frente a la tesis del gen egoísta, explica que los genes son cooperativos—, la empatía, el desarrollo del sistema motivacional, que es lo que cargará al niño con los resortes suficientes para enfrentarse a las diversas circunstancias de su existencia, el sufrimiento o el fracaso y la educación en el trabajo.

La familia es el contexto más adecuado para la maduración de la personalidad. En efecto, también la neurobiología enseña que la actividad neuronal está vinculada con el entorno y los estímulos que reciben de fuera. En este sentido, en Estados Unidos están proliferando proyectos de investigación que, con el fin de reducir la brecha entre pobres y ricos, han puesto un énfasis especial en la educación durante los primeros años pero combinan la promoción de las habilidades cognitivas y no cognitivas con la intervención en el entorno familiar y social del niño. Los resultados son esperanzadores. En esta línea, Sonnenfeld habla de un concepto que puede resultar decisivo: el liderazgo parental, pues el ejemplo de padre y madre es uno de los pilares en que los niños construyen su personalidad. El vínculo familiar es tan importante que puede servir de orientación en el caso de las frustraciones, o bien determinar una existencia desnortada. Pues el niño busca criterios y los puede encontrar en los padres que ejercen ese liderazgo moral o, de otro modo, si no encuentra cobijo en el hogar, buscará sucedáneos fuera.

Es especialmente interesante, en el contexto actual, la reflexión sobre la dimensión espiritual y ética del trabajo. Pues hoy, por la presión del ambiente, se ha impuesto una concepción instrumental y pragmática del trabajo humano, que lo concibe en términos demasiado economicistas. Sonnenfeld redescubre que el trabajo humano es, en términos clásicos, una praxis y que enriquece a la persona y la conduce a una «vida lograda». «Esta nueva luz sobre el significado del trabajo, de hacer todo por amor, ayuda a superar ciertas mentalidades que no acaban de apreciar la importancia del trabajo, tanta veces oculto, del hogar o de aquel que carece a simple vista del brillo humano y de éxitos profesionales». Por eso, recuperar el valor humano, ético y trascendente del trabajo es hoy más necesario que nunca.

Josemaría Carabante


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