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Aunque Léon Bloy, autor de El mendigo ingrato, no debe de ser uno de los autores predilectos de Javier Gomá (Bilbao, 1965), éste arranca su nuevo ensayo Dignidad, con un método del escritor francés. Sostenía Bloy que una vez que se detecta cuál es la palabra más repetida en una obra literaria, se tiene una herramienta insuperable para encontrar su razón de ser. Gomá vio que la palabra «dignidad» aparecía con llamativa frecuencia en sus ensayos; y supo que allí se escondía el tesoro de su filosofía.

Dignidad, (Galaxia Gutenberg), 216 págs.

Lo cual tiene su importancia porque la obra del jurista y filósofo Gomá, especialmente su Tetratología de la ejemplaridad, goza de una inmensa influencia social y cultural en este país. La Tetralogía de la ejemplaridad (Taurus, 2014), es​ un proyecto filosófico desarrollado a lo largo de una década y compuesto por los siguientes títulos: Imitación y experiencia (2003, Premio Nacional de Ensayo), Aquiles en el gineceo (2007), ​ Ejemplaridad pública (2009) ​ y Necesario pero imposible (2013).

La “Tetratología de la ejemplaridad”, de Gomá, goza de una inmensa influencia social y cultural en este país

Dispuesto a investigar ese concepto, piedra angular del arco de su pensamiento, Gomá se topó, sin embargo, con su extraña ausencia en los tratados contemporáneos. Este libro es el intento de remediar esa falta de fundamentación y aclarar los perfiles del concepto. Con todo, ni este arranque personal ni el afán teórico agotan la naturaleza del volumen. Con Dignidad, Javier Gomá ha escrito, además, un secreto libro de combate, un ensayo quintacolumnista.

 ¿Por qué camufla esa dimensión conflictiva? Porque le interesa mucho situar la dignidad como un principio indiscutible e indiscutido. No quiere correr el riesgo de que todo el edificio de la modernidad se derrumbe sobre su cabeza. En el capítulo I adelanta: «La dignidad es el concepto más revolucionario del siglo XX, dotado de tal fuerza transformadora que su mera invocación, como si de una palabra mágica se tratara, ha servido para remover pesados obstáculos que frenaban el progreso moral de la humanidad dando impulso a su formidable avance en la última etapa». Subrayemos el conjuro: «su mera invocación, como si de una palabra mágica se tratara».

No le interesa el cuestionamiento de la dignidad ni desentrañar sus orígenes, sino exponer sus virtualidades y, así, exponenciarlas. Quiere concentrarse a toda costa en el siglo XX: «La Transición marca la mayoría de edad de España como país moderno», afirma, considerándola muy significativamente como la máxima realización hispánica de la dignidad política.

Antes ha afirmado del siglo XX: «Dicha mutación material implica una democratización de la antigua distinción aristocrática a todos los miembros pertenecientes a la especie humana, algo así como una aristocracia de masas: todos, por el solo hecho de esa pertenencia, la poseen por igual y siempre. Además, esta dignidad igualitaria se percibe como autofundada, no dependiente de otra instancia que le preste fundamento (razón, libertad, moralidad); plena desde el principio y no necesitada de perfeccionamiento, ni expuesta a pérdida, agotamiento o desgaste por una eventual conducta indigna de su titular; absoluta y no relativa a otros, hombres o animales; centrada, por último, no en los deberes que impone a quien la posee, sino en su derecho a exigir a los otros, universalmente, que la respeten».

Advierte que, aunque «durante milenios, la dignidad del hombre fue una dignidad participada, en los tres últimos siglos ha sido redefinida como inmanente y propia». Esta dignidad —que podemos comparar nosotros al barón Munchausen sacándose de las arenas movedizas a pulso de su propio pelo— es la que está llamada, según Gomá, a rescatarnos por sí misma, sin otro punto de apoyo.

Aunque la mejor manera de instaurar el carácter indiscutible de la dignidad humana sea, para nuestro filósofo, no discutirlo, él es muy consciente de los retos y resquicios que afronta en estos tiempos y democracias nuestras. Entre otros, ponen a prueba la fortaleza de la dignidad el transhumanismo, la eutanasia, la bioética y las ideologías explicadas por Jean-François Braunstein en La filosofía se ha vuelto loca (Ariel, 2019) y por Douglas Murray en The Madness of the Crows (Bloombury, 2019). Javier Gomá no los nombra, pero aporta una importante definición, que es un golpe de audacia y de talento, en cuanto que conlleva una gran carga de profundidad: «Dignidad es lo que estorba». Y lo explica: «De modo que si en la tradición la dignidad ha sido representada principalmente como una perfección, ahora vemos cómo su significado se amplía para comprender también la imperfección humana, donde muchas veces se hace notar con más potencia y plasticidad aún».

Otra sugerente idea del libro nos da una nueva pista de que, aunque quiere transmitir seguridad y serenidad, Gomá no ignora lo proceloso de la situación contemporánea. Según él, más aún que a través del ejemplo, hoy la dignidad se aprende por el escándalo.

El método del barón de Münchausen se queda, pues, para la teoría, porque la dignidad, por muy evidente que la deseemos, requiere una urgente y decidida defensa práctica. En su libro, Gomá propone tres:

1ª) La vindicación de la amistad, como forma de relación entre los hombres que supera con creces los dictados de la justicia. Se trata de un gran proyecto posromántico.

Gomá se remite a Montaigne: «Nada es tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre. Ni hay ciencia tan ardua como saber vivir bien y de modo natural”

 

2ª) Una visión gozosa del propio ser humano, para lo que Gomá se remite a Montaigne: «Nada es tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre. Ni hay ciencia tan ardua como saber vivir bien y de modo natural. Entre nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar nuestro ser». Gomá no se enfrenta directamente al nihilismo y al antihumanismo contemporáneos, pero los socava.

y 3ª) La más extensa propuesta práctica es la recuperación de un estilo literario elevado. Por debajo de la preocupación estilística de Gomá, parece latir el diagnóstico del conde de Maistre: «Toda degradación individual o nacional viene inmediatamente anunciada por una degradación rigurosamente proporcional del lenguaje». El extenso y hermoso capítulo dedicado a fray Luis de León no es, en consecuencia, un interludio de crítica literaria. Explica: «Una filosofía de la dignidad, para ser completa, debe comprender también una poética». Y viceversa, retroalimentándose: la literatura al final no es «un quehacer meramente literario y necesita la contribución de un impulso exterior de naturaleza moral sin el cual no hay elevación posible. […] El estilo elevado no es más que el eco de un espíritu noble [que depende] de la recuperación del perdido apetito de grandeza».

Aunque lo silencie pudorosamente, Javier Gomá viene a darnos, en la prosa y en la actitud, en las mismas páginas de su Dignidad, su propio modelo ejemplar de aquello a lo que nos invita.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.