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Aunque la opinión común, especialmente en España, sea bastante insensible a las cuestiones de fondo y, muy en especial, a las de índole teórica o filosófica, libros como estos, procedentes de tradiciones muy distintas, pero con un trasfondo bastante común, representan una novedad que pudiera indicar la inminencia de cambios de calado en nuestro panorama cultural, pero tal vez represente un exceso de optimismo apuntar en esa dirección, porque no basta que se nos permita asomarnos al fondo de una de las disputas intelectuales más peleonas que nos han acompañado desde el comienzo mismo de la modernidad para que la vida intelectual española cobre una nueva densidad. Se trata, en efecto, de saber si la existencia del mundo es inteligible, y si ello nos obliga a sacar alguna especie de conclusión sobre su sentido, o si, por el contrario, el mundo puede reducirse a ser un puro hecho, sin razón alguna que lo explique, de modo tal que eso nos obligase a renunciar a encontrarle cualquier sentido y, aún más, a reconocer que todo intento de encontrarlo sería disparatado.

Dicho muy en general, esa es la cuestión de la Teodicea, aunque no solo eso, porque tras la disputa última se esconden, más o menos en desorden, las cuestiones de todo tipo y, muy en especial, la relativa al alcance de nuestro conocimiento, un asunto que a muchos les parece que ha quedado sometido a una especie de arbitraje indiscutible establecido por Kant ya hace más de doscientos años. Según esa reputada sanción, la ciencia como tal no puede sobrepasar los límites de lo fenoménico, y cuando se deja llevar por categorías que lo olvidan se ve conducida a paradojas sin salida. Ahora bien, esta renuncia tan peculiar ha sido asumida de forma excesivamente timorata y complaciente entre los filósofos, pero, si hacemos caso a Arana, que muestra numerosos ejemplos como para que le creamos, no ha sido nunca respetada seriamente por los científicos.

En estos dos libros, de muy distinto tamaño y tema inmediato, se muestra muy claramente una disidencia militante respecto a esa voluntaria limitación de la inteligencia, o de la razón, pues se apartan de manera sonora y desprejuiciada de la ortodoxia kantiana dominante en amplios sectores de la filosofía contemporánea. El libro de Flew ha dado lugar a un amplio debate en el ámbito anglosajón por la especial circunstancia de que su autor se pasó buena parte de su vida intelectual previa defendiendo exactamente lo contrario de lo que ahora argumenta, es decir, siendo un ateo convencido y militante. Su libro tiene, pues, algo de confesión y autobiografía, pero su importancia no reside en su carácter testimonial, sino en la clase de argumentos que emplea. Flew sostiene con enorme vigor que las razones que ha expuesto respecto a la inexistencia de Dios han llegado a parecerle completamente falsas, y esa especie de conversión no tiene nada que ver, en su caso, con motivos religiosos, sino con estrictas consideraciones de índole lógica y epistémica. No se trata, pues, de un libro de espiritualidad, sino de filosofía, de un rechazo a las razones de los ateos militantes para abrirse a una visión teísta de la realidad.

¿Qué es lo que dice Flew? El filósofo inglés, que es tenido por uno de los mejores expositores de Hume, el santo patrón de la clase de escepticismo que desemboca en el laudo kantiano, reivindica las buenas razones para creer en la existencia de Dios sin salirse del estilo y la tradición de la filosofía analítica, lo que no deja de ser un doble motivo de escándalo. Tampoco ha sido el primero que lo ha hecho, y, en la práctica, confiesa haber aprendido cosas con la lectura de Alvin Plantinga, un reputado analítico norteamericano que, tras negar la suposición habitual de conflicto entre fe y ciencia (cosa que suele argumentarse especialmente en el caso de la biología evolutiva), se ha atrevido a defender que, en el fondo, existe una armonía básica entre las enseñanzas de la religión y los supuestos de la ciencia, tesis que puede parecer muy razonable a los creyentes, pero que resultan enormemente rompedoras en el ámbito de la filosofía analítica, en especial si, como hizo Plantinga, se añade que existe un fuerte conflicto intelectual entre las exigencias de la ciencia misma y las creencias que los ateos suministran como evidencias.

El libro de Flew supone una retractación pública de sus posiciones anteriores, algo que Flew hace movido de su profunda convicción de que, lo mismo que enseñó Platón con la figura de Sócrates, y que hicieron la mayoría de los filósofos antes de Hume y de Kant, hay que dejarse llevar por las exigencias de la argumentación sin que importe el confort con que nos acoja el destino a que esto nos lleve. Esta apuesta por las capacidades de la razón para mostrarnos la verdad y para obligarnos con esa especial necesidad de la buena lógica, constituye una novedad bastante llamativa en un ambiente intelectual que, dígase lo que se diga, ha venido siendo bastante complaciente con un sinfín de conveniencias y restricciones que nada tienen de estrictamente racionales, por muy aconsejables y bien acogidas que acaben por resultar en una determinada cultura. Flew, que ya había anunciado en 2004 que la biología molecular necesitaba de alguna intervención, digamos, externa, para que se pudiera entender el ensamblaje correcto de elementos tan diversos y complejos, ha dado un paso más, y afirma con toda claridad y sencillez que para poder explicar el origen de la vida, el comienzo del universo y la consistencia y estabilidad de las leyes naturales que nos presentan las ciencias de hoy mismo, nos vemos obligados a reconocer la existencia de Dios, si no queremos hacer alguna especie de truco intelectual para evitarlo. Ante la insólita contundencia de sus argumentos, sus contrarios no han jugado demasiado limpio y han querido ver en el análisis de Flew una muestra de debilidad senil, pero Flew tuvo tiempo suficiente para contestar con entera firmeza a esas insinuaciones marrulleras, porque dijo lo que dijo en plena posesión de sus nada escasas capacidades y su amplia cultura filosófica, únicamente en virtud de razones, sin mediación sobrenaturalde ningún tipo, de manera completamente racional.

Frente al libro de Flew, testimonial, polémico, la lectura del de Juan Arana nos proporciona un placer más largo, más sostenido y más reposado, aunque, si no lo entiendo mal, el espíritu que anima a este largo empeño está muy en consonancia con la argumentación del de Flew, lo que puede subrayarse reparando en que el prologuista de Flew es un conocido discípulo del autor de Los sótanos del universo.Arana, que es también teísta, no se dedica a esa cuestión de manera directa, sino que nos enfrenta decididamente con un problema absolutamente clave en la historia de la ciencia y, en especial, de la filosofía de la naturaleza y la cosmología. La estrategia intelectual que se fija como canónica en la filosofía y en la reflexión sobre la ciencia a partir del análisis de Hume y de la respuesta kantiana, ha sido un tanto hipócrita y, de alguna manera, falsamente ascética, imponiendo una especie de dogmatismo pretendidamente no dogmático que ha impedido plantear siquiera algunas cuestiones básicas como las que Arana aborda en su extenso y minucioso trabajo. La idea de causalidad, la noción de determinación o la de ley, habían quedado reducidas a un ámbito puramente formal o epistémico sin que se considerase legítimo preguntar sobre la realidad que seguramente debiera existir tras ellas. Arana muestra con mucha claridad cómo los científicos que de verdad han contribuido a que la ciencia avance, no, por tanto, los que se han limitado a querer patentar una determinada imagen más o menos sistemática de ella, han sido mucho más pragmáticos y posibilistas que los filósofos sistemáticos, y no han tenido temor alguno a saltarse las supuestas barreras entre ciencia y metafísica para conocer mejor lo que les interesaba entender, lo que les parecía problemático. En consecuencia, han sido mucho menos pudorosos que los filósofos postkantianos a la hora de manejar términos comprometidos como ley, orden, diseño, estructura, determinismo, contingencia, finalidad, certidumbre, reducción, discontinuidad, emergencia, evolución, entre otros. Esa es también la actitud que adopta Arana, que se zambulle desde la primera de estos centenares de páginas en problemas que no son nada simples, pero que interesarán a cualquiera que quiera comprender mejor lo que la ciencia tiene que decirnos. Arana empieza por advertir que el propio Hume no fue fiel a sus doctrina restrictiva sobre la idea de causa, lo que no deja de constituir una circunstancia muy notable, y en lugar de tener en cuenta las restricciones teóricas que introdujo en el análisis de lo causal, usó de tal idea como el resto de los mortales prehumeanos, sin cautelas, en el fondo, completamente innecesarias.

El trabajo de Juan Arana está repleto de hallazgos históricos y conceptuales, que encantarán a los partidarios de la libertad intelectual y a quienes crean que el rigorismo disciplinario de manual apenas sirve ya para nada útil ante la magnitud, las repercusiones y el interés de las preguntas que podemos y tenemos que hacernos como sujetos racionales frente al magnífico espectáculo de un mundo complejísimo, pero ordenado, y que se deja entender con el auxilio de medios poderosos y de conceptos atrevidos. Arana hace uso de una actitud tan antidogmática como abierta, pero no huye nunca del espesor de los problemas y de sus aspectos más difíciles, de manera que no se puede leer este libro sin releerlo, pese a estar escrito con la ligereza de estilo de un buen escritor y la soltura de quien domina muy bien las cuestiones de que habla. Quienes prefieran leer pedanterías, harán bien en alejarse de un texto tan llano que puede parecer engañosamente simple. Es obvio que muchas de las sugerencias del autor son discutibles, porque el libro es un ordenado compendio de cuestiones abiertas, un libro de filosofía, en suma, pero que alegrará grandemente la vida de cualquiera que quiera examinar alguna de las grandes cuestiones que están en discusión en la ciencia de vanguardia, en la física o en la biología y en mil parajes colindantes apenas en cultivo reciente por unos y por otros.

Es muy raro tropezar con un libro como este en el que se sentirán a gusto tanto los científicos como los filósofos, porque ambos sentirán que sigue existiendo un lugar natural para su encuentro y sus disputas en aquellas cuestiones que los primeros no saben responder y que los segundos pueden ayudar a plantear con mayor claridad y generalidad, según obligación de su oficio. Es evidente que puede resultar muy fácil confundirse y dar palabrerío por rigor, pero cualquier lector me dará la razón al comprobar con asombro e íntima satisfacción que el autor sabe conducirse con maestría por veredas en las que los más se pierden hacia la pretenciosidad, la vaciedad o la pura tontería. Arana legitima en la práctica el diálogo fecundo entre científicos y filósofos en aquellas cuestiones que les son comunes y que son mucho más numerosas y fértiles que las que suele visitar al filosofía de la ciencia más habitual, no en vano Arana prefiere considerarse filósofo de la naturaleza antes que filósofo de la ciencia, una distinción que libera a la filosofía de una función tan secundaria como ancilar respecto de la ciencia, una actividad que siempre es menos científica de lo que los apologistas del cientificismo suponen.


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