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Hasta el 2 de septiembre permanecerá abierta en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía la muestra Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas.Procedente de París, del Centro Pompidou, donde la vieron casi ochocientas mil personas —ha sido la segunda muestra más visitada en la historia del Centro—, suscitó tanto interés que, los últimos días, el museo tuvo que permanecer abierto las 24 horas del día. El Reina Sofía sigue sus pasos y las colas han invadido los edificios y plazas que rodean el edificio. Será fácil que supere las cifras de París, teniendo en cuenta que se prolongará durante los meses de verano. Si calculamos que la entrada individual a la exposición temporal cuesta ocho euros, el Reina Sofía ingresaría más de seis millones de euros. Todo un éxito para momentos de crisis y financiación menguante.

Hay que remontarse hasta 1983, a las muestras del Palacio de Pedralbes en Barcelona y al entonces Museo Español de Arte Contemporáneo en Madrid, para encontrar una antológica de estas características. En aquella ocasión se reunieron 400 obras, mientras que ahora se ofrece una selección que supera las 200 entre pinturas, esculturas y dibujos. Entonces aún vivía Dalí —fallecería seis años después— y eso facilitó que viajaran algunas de las piezas más importantes, no solo de su propiedad  que luego pasaron por legado testamentario al Estado español— sino de coleccionistas privados, y museos que nunca más han vuelto a verse juntas. Fue algo memorable para los que la visitamos.

La muestra que nos ocupa se propone, en palabras de su comisaria Montse Aguer, «revalorizar al Salvador Dalí como pensador, escritor y creador de una particular visión del mundo. Tomando como punto de partida su método paranoico-crítico». Algo un tanto genérico pero que ha obligado a los organizadores a ofrecer una imagen lo más completa posible de las múltiples facetas y actividades a las que se dedicó el artista durante su larga vida. Quizá por ello han optado por un cierto orden cronológico en la exhibición. Un recurso que ayuda a repensar el papel —tan denostado como atractivo— que Salvador Dalí ha tenido en el arte del siglo XX, más allá de su papel de integrante del movimiento surrealista. Sin embargo, el subtítulo de la muestra no pretende engañar a nadie y está tomado del artículo «San Sebastián» (1927), su primer manifiesto artístico, ligado al surrealismo, en el que figuran todos los tópicos del artista controvertido, singular, prolífico e imaginativo, capaz de generar un arte perturbador porque establecía una relación directa con los espectadores.

Salvador Dalí nació en Figueras el 11 de mayo de 1904. Su padre, Salvador Dalí i Cusí, abogado y notario, era de carácter estricto, mientras que su madre, Felipa Domènech, siempre le animó en su carrera artística. Cuenta el propio Dalí que, con cinco años, lo llevaron a la tumba de su hermano y le dijeron que él era su reencarnación, una obsesión que se prolongó a lo largo de su vida como demuestran algunos de los retratos de su hermano presentes en la muestra. También tuvo una hermana, Ana María, cuatro años más joven que él.

Hay que tener cuidado con la exposición del Reina. Dependiendo de la puerta por la accedamos a la muestra, nos podemos encontrar en la sala 3 y, si no nos percatamos, seguir el recorrido por las once salas que componen la exposición y ya sin posibilidad de recuperar las dos primeras salas que incluyen las casas, calles y playas de Cadaqués. Son esos paisajes y también algunos retratos, como el de su padre, los que hacen pensar en un pintor excelentemente dotado desde joven, quizá porque hasta entonces también permanecía ajeno a las desgracias familiares. La primera sala es buena muestra de todo ello.

Pero en febrero de 1921 murió su madre. Dalí tenía dieciséis años. «Fue el golpe más fuerte que he recibido en mi vida. La adoraba. No podía resignarme a la pérdida del ser con quien contaba para hacer invisibles las inevitables manchas de mi alma…». Tras su muerte, el padre de Dalí contrajo matrimonio con la hermana de su esposa. Dalí nunca lo aprobó y quizá por ello se fue a Madrid.

En 1922 llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En la Residencia mantuvo una relación con Federico García Lorca. Aquellos febriles años quedan especialmente bien reflejados en la colección de dibujos que el Reina ha sacado de sus almacenes para esta muestra. Dibujos sobre papel timbrado de la Residencia donde figuran las influencias que el pintor tenía de lo que se estaba haciendo en Europa aquellos años. Estos papeles incluyen también algunos de sus primeros autorretratos (hay varios de la primera época en la sala dos de la muestra), pero sobre todo su magnífica serie Putrefactos. Aquella estancia duró solo cuatro años. Como todo el mundo sabe, Dalí fue expulsado de la Academia en 1926, poco antes de los exámenes finales, por afirmar que no había nadie en ella con condiciones para examinarlo. La Cesta de pan, fechada aquel año, y que sí estuvo presente en la muestra del 83, da fe de las lecciones aprendidas. Y se fue a París.

Uno de los alicientes de la exposición del Reina Sofía son las películas, documentales y entrevistas grabadas a Dalí. Se van sucediendo a lo largo de las salas, en función de la cronología o de su contenido. La primera se sitúa en 1929, e incluye su colaboración con el director de cine Luis Buñuel en el cortometraje Un chien andalou (Un perro andaluz). Dalí trabajó como coguionista en este corto de 17 minutos que recoge alguna de las imágenes antológicas del surrealismo (como el ojo cortado con una cuchilla de afeitar, aunque dicha imagen es más obra de Buñuel que de Dalí). Un chien andalou fue el modo en que Dalí logró incluir sus imágenes oníricas en una dimensión real. La sucesión de escenas provoca en el espectador un torrente de sensaciones que se ven continuamente frustradas por otras. La segunda película que produjo con Buñuel fue L’âge d’or (La edad de oro), rodada en el Estudio 28 de París en 1930. Fue prohibida durante años por grupos fascistas y antisemitas, que desarrollaron una fuerte campaña de descrédito en la prensa en el cine parisino en el que se exhibía.

En agosto de ese mismo año conoció a su futura esposa, Gala. Nacida Elena Ivanovna Diakonova, era una inmigrante rusa, once años mayor que él, y entonces casada con el poeta francés Paul Éluard. Gala comienza a aparecer ya por esas fechas en sus cuadros. Sin adquirir las omnipresencia de años posteriores, su imagen puede seguirse a través de casi toda la exposición del Reina. Es como la metamorfosis de un ser, de una esposa, casi de una diosa, en la que el mismo Dalí encuentra el contrapunto a sus autorretratos.

En la sala cuatro figura el mejor surrealismo de Dalí. Hay que agradecer a los organizadores la presencia de obras decisivas, hasta ahora nunca expuestas en España, como Alucinación: seis imágenes de Lenin sobre un piano (1931, Centre Pompidou, París), El Ángelus de Gala (1935, MoMA, Nueva York), Bañistas (1928, The Salvador Dalí Museum, St. Petersbourg, Florida). También en esa misma sala cuelga otra obra muy relacionada con su biografía. Por aquellos años el padre de Dalí tuvo conocimiento de su hijo por una noticia publicada en la prensa, en la que hablaba del dibujo de un Sagrado Corazón con la siguiente inscripción: «En ocasiones, escupo en el retrato de mi madre para entretenerme». Fue el final de la relación familiar. Fue desheredado y repudiado. Ya no volvió a su tierra con su familia, sino con Gala. El verano siguiente, Dalí y Gala alquilaron la pequeña cabaña de un pescador en una bahía cerca de Portlligat. Compró el terreno, y a lo largo de los años fue ampliándola hasta convertirla en su fastuosa villa junto al mar, hoy reconvertida en casa-museo. Gala y Dalí se casaron en 1934 en una ceremonia civil, y volverían a hacerlo por la Iglesia católica en 1958.

Pero volviendo atrás en el tiempo, en 1931 Dalí pintó una de sus obras fundamentales, La persistencia de la memoria (Museo de Arte Moderno de Nueva York) en la que manifestó su rechazo del tiempo como algo rígido o determinista. La pequeña obra maestra (24 × 33 cm), presente en el Reina, es todo un resumen de lo mejor de aquellos años. El paisaje, los relojes de bolsillo que se derriten y los insectos que los devoran serán elementos del universo daliniano que, como explicó él mismo en sus memorias, estarán siempre ligados a los recuerdos de su infancia.

Tremendas resultan en la siguiente sala, la siete, dedicada a El rostro de la guerra, las dos pinturas y el boceto pre paratorio del Presagio de la guerra civil (1936) del Museo de Arte de Filadelfia. Las imágenes de los dos personajes devorándose o del cuerpo destruyéndose son la mejor imagen y metáfora de la guerra civil española de la que el artista huyó. Lo que vendrá después es un surrealismo más elaborado, con los viejos elementos e iconos ya antes apuntados, pero que no consiguen hacer olvidar lo visto en esta sala.

Otro de sus símbolos recurrentes de Dalí es el elefante. Aparece por vez primera en el Sueño causado por  el vuelo de una avispa sobre una granada un segundo antes de despertar (1944) del Museo Thyssen de Madrid, también en la muestra. Los elefantes dalinianos, inspirados por el obelisco de Roma de Gian Lorenzo Bernini, suelen aparecer con «patas largas, casi invisibles de deseo» y portando obeliscos en sus lomos. Conjuntadas con esas delicadas extremidades, los obeliscos —en los que algunos han querido ver un símbolo fálico— crean un sentido de fantasmal irrealidad. También aparecen así los elefantes en La tentación de san Antonio (1946). Esta pintura, conservada en el Musée Royaux des Beaux-Arts de Bruselas, es sin duda una de las obras maestras de la muestra. Otro de sus símbolos recurrentes, el huevo, que enlaza con los conceptos de vida prenatal intrauterina, y a veces de la esperanza y el amor, está presente en varios cuadros de la muestra, quizá el mejor es Niño geopolítico contemplando el nacimiento del hombre nuevo (1943), también propiedad del Museo Dalí de Florida, como tantas otras obras presentes en el Reina.

Y es que el núcleo de la exposición lo constituye su periodo surrealista y su método paranoico-crítico, que el artista catalán concibió como «un mecanismo de transformación y subversión de la realidad, posibilitando que la interpretación final de una obra dependiera totalmente de la voluntad del espectador». Fue en sus trabajos en torno al cuadro El Ángelus (1857-59) de Jean-François Millet en pensamientos inconscientes que jamás ha existido»— donde este método alcanza su máxima expresión. A esta obra y sus derivados se dedica toda una sala de la muestra.

Dalí llegó a Estados Unidos en 1934. La exposición de sus obras levantó un enorme revuelo en Nueva York. La sala ocho está dedicada a esta aventura. Aventura que le costaría cara, pues la mayoría de los surrealistas eran de izquierdas, y Dalí había mantenido una posición que se juzgaba ambigua en la cuestión de las relaciones entre arte y activismo político. Los líderes del movimiento, principalmente André Breton, lo acusaron de hitleriano, pero Dalí insistía en que el surrealismo podía existir en un contexto apolítico, y se negó a denunciar públicamente el régimen nazi alemán. Este y otros factores le hicieron perder el prestigio entre sus camaradas, y a finales de 1934 fue sometido a un «juicio surrealista» del cual resultó su expulsión del movimiento.

Dos de los artefactos surrealistas dalinianos más notables fueron creados en aquella etapa: el teléfono-langosta y el sofá de los labios de Mae West (realizados entre 1936 y 1937). El artista y mecenas Edward James le encargó estas piezas. «Las langostas y los teléfonos tienen claras connotaciones sexuales para Dalí —explica el catálogo de la muestra—, y de ahí él extraía una analogía entre la comida y el sexo». Este teléfono era operativo, y James adquirió cuatro de ellos para sustituir los queb tenía en su casa inglesa. En el Reina se muestra uno de la serie de seis aparatos completamente blancos, el que pertenece al Museum Boijmans van Beuningen de Rotterdam. El sofá de los labios de Mae West, hecho de madera y satén, recibía su forma de los labios de la célebre actriz que ya había retratado en 1935. Aunque el sofá se encuentra actualmente en el Museo Brighton and Hove, en Inglaterra, el Reina ofrece un diorama del conjunto del rostro.

A estos años corresponden también los decorados que hizo para la película Recuerda de Alfred Hitchcock, así como una otra de dibujos animados, Destino, en colaboración con Walt Disney. Iniciada esta última en 1946 no pudo ser completada hasta 2003 por Baker Bloodworth y Roy Oliver Disney. En ella se incluyen imágenes oníricas y extrañas figuras voladoras, inspiradas por la canción Destino, del letrista mexicano Armando Domínguez. Sin embargo, cuando Disney contrató a Dalí, su empresa no estaba preparada para asumir la creatividad del artista. Después de ocho meses de trabajo intenso, la compañía tuvo que abandonar el proyecto por dificultades presupuestarias y solo 57 años más tarde concluyó su producción. Su proyección en el Reina es uno de los alicientes cinematográficos de la muestra, como también la escena onírica de Recuerda de Hitchcock (1945), en la que se pretendía mostrar aspectos del subconsciente. Hitchcock, familiarizado con la obra de Dalí, pensó que su espíritu creativo podía potenciar la atmósfera que buscaba para su película. No son las únicas películas que muestra el Reina. En 1968 Dalí grabó un anuncio televisivo para la marca de chocolate Lanvin, toda una sorpresa para los que, tras visitar la muestra, ya creen haber visto todo del genio.

Gala murió el 10 de junio de 1982. Tras su muerte, Dalí perdió su entusiasmo por vivir. En noviembre de 1988 fue ingresado a raíz de un fallo cardíaco. El 23 de enero de 1989, oyendo su disco favorito —Tristán e Isolda, de Richard Wagner— murió a causa de una parada cardiorrespiratoria con 84 años. Fue enterrado en la cripta de Figueras, situada en su casa-museo. Había testado en 1982 a favor del Estado español como heredero universal de toda su obra.

Parte importante de la exposición del Reina está dedicada, gracias a las vitrinas que ocupan la parte central de cada sala, a su obra escrita: catálogos, carteles, libros, manifiestos, revistas, folletos…, todo un universo literario en el que destacan su autobiografía, La vida secreta de Salvador Dalí, 1942; un libro de diarios, Diario de un genio, 1952-1963; y varios ensayos, Oui: The paranoid-criticalrevolution, 1927-1933; El mito trágico de «El Ángelus de Millet», 1978), entre otras obras. En todas queda patente su fascinación por la ciencia y la tecnología, que le llevó a explorar nuevos lenguajes como la estereoscopia o la holografía, algo necesario para ofrecer esa imagen esencial y completa que se ha propuesto la muestra. Algo que también atrae a las masas. Como Dalí quería. _


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