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Cumbres borrascosas (Wuthering Heights) es, sin duda, una de las novelas más logradas de la época victoriana. Cuando Emily Brontë la publicó en 1847, la crítica lamentó algunos aspectos violentos y dolorosos de la trama; pero, a la vez, otorgó a la autora el reconocimiento de su talento para construir una estructura compleja, para evocar con fuerza los distintos lugares narrativos, para presentar una visión poética y grandiosa, y para conjugar los elementos góticos y los románticos. En estos últimos aspectos, no se equivocaba la crítica.

En efecto, en Wuthering Heights dos narradores, Lockwood y, sobre todo, Nelly Dean, nos entregan dos visiones de la historia de amor y odio que se desarrolla entre las vecinas «Granja de los Tordos» (Thrushcross Grange) y «Cumbres borrascosas» (Wuthering Heights): la una, tranquila y sosegada; la última, caótica. La pasión que une a Catherine con su hermanastro Heathcliff es una pasión reprimida y destructora. Pero al ser dos los narradores, y al ser el ama de llaves, Nelly, no solo testigo principal sino a la vez intérprete de los acontecimientos, la narración se torna compleja. A esto hay que añadir el manejo del tiempo, con la inclusión de flashbacks y la ruptura de la estructura lineal.

Difícilmente la prosa de Cumbres borrascosas refrena la pasión que se desborda a expensas de la razón, la imprevisibilidad del corazón frente al orden y la serenidad de las normas sociales. No en vano se puede decir que con la aparición de las hermanas Brönte (no solo Emily, sino Charlotte y Anne, también escritoras), el yo romántico descubre en la narrativa inglesa la voz que ya había encontrado en la poesía.


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