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Los cuentos de Andersen se han convertido, desde el momento de su escritura, en parte irrenunciable del canon de Occidente. El mundo recreado en ellos forma parte de nuestro imaginario, configurado poco a poco por las lecturas de los cálidos días de nuestra infancia; o gracias a la imagen, no solo de las ediciones ilustradas para niños, sino de las adaptaciones fílmicas.

De alguna manera, esto nos salva. Y es que en narraciones como «La pequeña cerillera», «El patito feo», «La sirenita» o «El traje nuevo del emperador» reconocemos, seguramente, nuestra primera vivencia de la compasión, de la propia valía, de la belleza interior, de la entrega o de la sencillez.

Hay veces que merece la pena sumergirse en los primeros años de la vida de un escritor, en busca de sus temas o motivos. Esta es una de ellas. Hans Christian Andersen nace en Odense, Dinamarca, en 1805, hijo de un zapatero y de una lavandera. Sus primeros años de existencia se suceden en medio de la pobreza y, en ocasiones, de la miseria. Tiene que abandonar sus estudios tras la muerte de su padre. Fracasa en su aventura en Copenhague apenas cumplidos los catorce años, cuando prueba suerte como cantante, actor e incluso bailarín en el Teatro Real; este periodo termina con el rechazo de dos obras de su autoría en 1822. Por suerte, el director del teatro le acogerá bajo su protección y le pagará la continuación de sus estudios.

Su primer éxito es su famoso poema «El niño moribundo», publicado en la revista literaria más prestigiosa del momento, Kjøbenhavns Flyvende Post. Y aunque durante años intenta triunfar en el mundo de la novela (El improvisador) y del drama (El mulato), y escribe libros de viaje (Siluetas) en los que refleja las impresiones de sus recorridos por gran parte de Europa, su fama duradera le vendrá de la mano de sus cuentos, a los que podemos sumar títulos como «La reina de las nieves», «Las zapatillas rojas» o «La princesa y el guisante». Cuentos que, por cierto, el mismo Andersen se dedicó a leer en voz alta desde 1858. Hasta 1872, tres años antes de su muerte en 1875, seguirá publicándolos.

En vida entabló amistad con el escultor Bertel Thorvaldsen, conoció a Franz Liszt y Felix Mendelssohn, y a poetas como Ludwig Tieck y Adalbert von Chamisso; en Inglaterra se hizo amigo de Dickens. Junto con la de este último, y junto con la de otros narradores como Charles Perrault y los hermanos Grimm, su obra pervive a pesar de las modas y de las ideologías, en esa tensión constante que todo cuento de valor supone entre el enseñar deleitando y la mera belleza de una simple narración.

 


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