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Que en tan solo cuarenta años de vida haya logrado Poe escribir una obra que lo sitúa entre los diez o doce escritores más importantes de todos los tiempos nos habla de que el genio no necesita envejecer para serlo. Si descontamos las innumerables horas que gastó nuestro autor en la insalubre práctica de trasegar licores, su vida útil se reduce a muchos menos años de los cuarenta que vivió: no pasarían de veinte o veinticinco años los que consiguió estar sobrio el creador de Berenice. Además de borracho, Poe fue un psicópata. Cortázar, que lo trató mucho y muy de cerca, pues tradujo su obra completa al castellano, lo dejó dicho en letras de molde: «Poe ignora el diálogo y la presencia del otro, que es el verdadero nacimiento del mundo. En el fondo tampoco le interesa que le comprendan los seres a los que ama: le basta con que le quieran y protejan». Si eso no es ser un narcisista límite, o sea, un psicópata, que venga el doctor Freud y me convenza de lo contrario. Lo que ocurre es que la literatura se sitúa siempre al margen de la moral. Pueden escribirla extraordinarios hombres ordinarios como Cervantes o Shakespeare, niños mimados por la sociedad de su época como Sófocles o Voltaire, buenísimas personas como Robert Louis Stevenson o auténticos seres asociales como Poe. Sea como fuere, las letras del planeta Tierra posteriores a la muerte de Edgar Allan Poe son diferentes, más ricas, más profundas, más diversas, porque no hay género literario contemporáneo que no derive, de una u otra manera, de la obra de aquel caballero esclavista del profundo Sur que nació en Boston para despistar a sus biógrafos. Conviene recordar que a Poe nadie le hizo caso en aquellos adolescentes Estados Unidos de América en los que le tocó vivir. Solo su poema El cuervo, aparecido en 1845, obtuvo resonancia pública. Sus cuentos no pasaron de ser ocurrencias de visionario para solaz de friquis de la época (que ya los había por aquel entonces), hasta que llegó Charles Baudelaire, su traductor al francés, e introdujo en Europa la narrativa de Poe en cinco volúmenes, hoy mitológicos, aparecidos entre 1856 y 1865. Únicamente a partir de ese momento podemos hablar de instalación definitiva de Edgar Allan Poe en una suite del Olimpo literario, a la derecha de la de Montaigne, a la izquierda de la de Shakespeare y enfrente de la de Cervantes.


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