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Cuando se escribe sobre el siglo XX  la historia del horror parece repetirse de la manera más amarga. Guerras mundiales, Gulag en la Unión Soviética, campos de exterminio en la Alemania nazi, revolución cultural en China, regímenes totalitarios en diversos lugares del  mundo, junto a un largo catálogo de males que se podrían agregar a la lista. Entre ellos emerge con fuerza propia la bomba atómica, arma letal y de consecuencias múltiples, con la que las fuerzas norteamericanas atacaron Japón, específicamente Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.

Ese es el tema que trata el reciente libro del autor japonés Kenzaburo Oé (premio Nobel de Literatura en 1994), Cuadernos de Hiroshima. Se trata de un trabajo que reúne los artículos escritos por Oé entre 1963 y 1965 —en pleno contexto de la Guerra Fría y de la amenaza nuclear— sobre las secuelas de la bomba atómica en la sociedad japonesa, con especial atención en los sobrevivientes. Tarea difícil, considerando que «la gente de Hiroshima prefiere guardar silencio hasta el momento de enfrentarse a la muerte», como le explicó un dermatólogo. El autor procuró, en sus viajes a la ciudad, conocer de primera mano los efectos de la bomba, a los que habían estado ahí el 6 de agosto de 1945 y los días siguientes, saber cómo vivían los afectados en los hospitales, conversar con médicos y pacientes, saber de los movimientos por la paz y contra el uso de las armas atómicas y tratar de contar después lo que podríamos llamar las permanentes secuelas de Hiroshima.

Uno de los dramas más grandes de la bomba atómica es que muchos de sus efectos solo se comenzaron a ver con el tiempo. A los miles de muertos en los primeros días se sumaron otros en los años siguientes, víctimas de la leucemia (la «enfermedad de la bomba atómica») y la radiación. A ellos habría que añadir los que «se han suicidado o han perdido el juicio» producto de que se les diagnosticara alguna enfermedad originada por la bomba atómica. Las consecuencias genéticas en algunas personas, la falta de apoyo económico e incluso la incomprensión son otros de los temas que aparecen en las páginas de los Cuadernos, fijando un cuadro dramático pero real de lo que fue Hiroshima para Japón y para el mundo. A lo cual podemos agregar la fortaleza de aquellos sufrientes que no se resignaron, siguieron luchando durante años a pesar de las secuelas y los dolores acumulados; algunos trabajaron incluso en exceso, para evitar pasar postrados en cama o recordando todo el día su condición desmejorada, decididos «a vivir, a trabajar honestamente hasta que la enfermedad acabase con todo» (p. 168).

Oé menciona un par de ejemplos de notable valor humanista. Los hospitales tenían la política de no mostrar los bebés cuando venían con deformidades, pero la contrapartida se manifestaba en esas madres que rechazaban el aborto y preferían seguir adelante con sus embarazos, e incluso eso les daba más fuerzas para vivir. El otro caso es el trabajo heroico de los médicos, tanto inmediatamente después del ataque del 6 de agosto como en los años siguientes, cuando debieron lidiar —sin medios y en ocasiones sin los conocimientos suficientes— contra un enemigo muy superior a sus fuerzas, motivados por la gran vocación y el deseo de servir a la causa de la vida humana.

Una de las conclusiones que se pueden extraer del libro es que tan importante como la capacidad destructiva de la bomba es el inmenso sufrimiento humano que produce. Por otra parte, también emergen algunas consecuencias imprevisibles, pero que tienden a aumentar los males: por ejemplo, la insensibilidad de la sociedad hacia los que han sufrido, lo que «demuestra la profundidad de la devastación moral en nuestro país» (p. 172), olvido alentado en ocasiones por los éxitos de la sociedad de consumo.

En palabras de Shigetó, médico que constituye un ejemplo moral para el premio Nobel japonés, sigue siendo necesario recordar. «Lo que no se conoce todavía suficientemente es la clase de infierno por el que tuvo que pasar la gente de Hiroshima, ni sus sufrimientos, diecinueve años después del bombardeo, derivados de las enfermedades provocadas por la radiación» (p. 182).

El libro en ocasiones peca —aunque quizá no pueda ser de otra manera— de nipón centrismo, aunque ello sea entendible, las frases aparecen como demasiado categóricas: «la experiencia vital más inhumana de todo el siglo XX» (p. 27); «Hiroshima se revela como la herida más profunda de la humanidad» (p. 106); «la destrucción atómica de Hiroshima fue el peor “diluvio” del siglo XX» (p. 128). No cabe duda que fue un suceso traumático y con males multiplicados a raudales. Pero de la misma manera no hay razón para no considerar Auschwitz como la herida más profunda, o el Gulag como la experiencia vital más inhumana o las dos guerras mundiales como el peor diluvio de la última centuria. El problema de fondo pervive: a tantos males acumulados, es difícil elegir cuál fue peor. Quizá sea mejor dejar atrás las estadísticas y volver a la esencia del problema: la inmensidad del mal moral y físico provocado por los totalitarismos, por la bomba atómica y por la destrucción convertida en sistema. Y detrás de eso, recuperar el corazón de una verdadera civilización: la persona humana.

En 1964 Oé señaló que la dignidad humana «es lo más importante que descubrí en Hiroshima» (pp. 106-107), convicción que lo acompañaría toda la vida. «La gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima —explica Oé en una entrevista de 2011— es la dignidad del hombre, tanto de los hombres y mujeres que murieron en aquel instante como de los supervivientes que sufrieron el impacto de la radiación en la piel y durante años padecieron un sufrimiento extremo que espero haber sido capaz de reflejar en algunos de mis escritos» (p. 216). Este libro es el reflejo de la responsabilidad social de un intelectual, por volver a poner de nuevo al hombre en el centro del análisis de la historia, con todos sus lamentables dramas y sus inmensas posibilidades.


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