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Buen conocedor de la filosofía  contemporánea y, en concreto, del tránsito de la tradición a la modernidad en el pensamiento y en la acción social, el autor presenta ahora un interesante sobre ocho grandes figuras intelectuales del siglo XX. De algún modo se puede considerar que esas personalidades recibieron un lugar relevante en la Historia de las ideas contemporáneas, que Fazio publicó en 2006. Ahora las presenta más de cerca, subrayando la aportación específica de cada uno en el conjunto del pensamiento moderno.

Parece muy coherente, en tiempos de grandes conmociones, acudir a esas figuras señeras, testigos cualificados de su época, aunque ninguno alcance una asunción global de los cambios, como en su día Agustín de Hipona o Tomás Moro. Además, ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre cuestiones aún abiertas, como acaba de mostrar el no lejano debate sobre la identidad espiritual de Europa. Son demasiados los problemas, presentes en esos destacados intelectuales cristianos del período de entreguerras, que siguen sin estar encauzados más o menos definitivamente, a pesar del fabuloso impulso del Concilio Vaticano II.

El primer punto de optimismo es la misma realidad de las conversiones a la fe de grandes pensadores, cuando todo podía parecer perdido tras años de declive apenas detenido por un Movimiento de Oxford muy importante, pero que no llegó a cuajar en una transformación decisiva. Fazio repasa los nombres de los grandes conversos de comienzos del siglo XX, y muestra alguna de las motivaciones que pudieron contribuir a la gran decisión de abrazar la fe.

Muchos filósofos e historiadores abandonaron en diversas oleadas un racionalismo más o menos positivista, al comprobar que era una fuente intelectualmente agotada. Aparte de la referencia a Dios en los relatos de las conversiones, se da también, especialmente en la cultura gala, un  cierto deseo de recuperar las pasadas grandezas de la nación francesa. Llegará al extremo radical del movimiento de Action Française, que se menciona suficientemente, aunque haya sido culturamente pasajero. 

En realidad, sigue abierta la crisis de cultura occidental, y muy particularmente, la europea. Lo refleja bien la historia intelectual desde finales del siglo XVIII. Cada intento de solución, alejado de las raíces de Jerusalén, Atenas y Roma, ha contribuido en la práctica a ampliar y alargar los problemas. Tras la gran hecatombe de la I Guerra Mundial, se produjeron intentos serios de iluminar la crisis cultural, que seguiría creciendo, hasta estallar el segundo gran conflicto del mundo occidental.

Sin embargo, muchas de las propuestas de los ocho autores analizados en este libro, siguen arrojando luces para el momento actual de Europa. Ahí están las descripciones de la tensión entre la espiritualidad y la construcción del mundo; las relaciones no precisamente dependientes entre descristianización y política; el anhelo de una nueva cristiandad, caracterizada por el pluralismo y excluyente de enfoques clericales; la responsabilidad ética del cristiano confrontado a problemas sociales complejos; la recuperación de las raíces de Europa, frente a neopaganismos en parte precursores de la newage; en fin, la eclosión de los nacionalismos, letales para la universalidad de la Iglesia. El humanismo moderno construido de espaldas a Dios justifica en algunos autores cierta reticencia, cuando no crítica frontal, al mundo contemporáneo, con la correspondiente nostalgia del medioevo. Pero no hay siempre, ni mucho menos, afanes restauradores, especialmente en la organización política de la vida pública. Resultó muy significativa la enorme difusión  de esa nueva Edad Media preconizada por Nicolás Berdiaeff en 1924. Sin planteamientos clericales superados, desde aquella transfiguración cristiana de la sociedad se proponían enfoques atrayentes para superar la crisis de la modernidad.

Más de un lector apreciará el contraste paradójico que aparece entre los personajes elegidos, en contra de lo que podría esperarse de estereotipos: los cuatro franceses resultan más bien volcados a la acción social y política, mientras que en los británicos prevalece la reflexión intelectual.

El repaso de las aportaciones de  todos, aunque construidas en un contexto histórico distinto al actual, pueden facilitar cierto relevo generacional que contribuya a asentar con bases más firmes a una Unión Europea que, a falta de identidad religiosa, podría perder incluso su identidad cultural y geográfica con la incorporación de Turquía.


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