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Dostoievski gusta colocar a los personajes de sus novelas delante de situaciones extremas, ante las que reaccionan con el cálculo de la inteligencia y el impulso y fulgor de los sentimientos; al tiempo, el carácter extraordinario de las acciones protagonizadas saca al subconsciente de su letargo y entra en conflicto con la parte racional, impulsándoles a transitar por caminos existenciales no frecuentados. En este contexto sitúa a Raskolnikov en Crimen y castigo (1865), un joven estudiante que, agobiado por las deudas e imposibilitado para mantener a su familia, planea con frialdad y detalle el asesinato de la prestamista Alena Ivanovna para robarla. Todo se desarrolla según las previsiones, pero la aparición de Isabel, hermana de la usurera, a la que asesina, y las llamadas infructuosas de un cliente mientras él está en el interior de la casa, le excitan y trastornan, obligándole a huir, presuroso y sin el botín. Aquí termina la primera parte.

En las cinco restantes, el lector asiste a la búsqueda de lugares seguros por parte de Raskolnikov, a la investigación policial, a los interrogatorios, con los ingredientes de una novela de acción. Sin embargo, esta se convierte en marginal, porque lo que atrapa es la apertura de la conciencia del protagonista, en su lucidez y desvarío, en el reconocimiento del mal y la justificación del asesinato, en la febrilidad y el sosiego, en la desfachatez y los remordimientos, en la sagacidad y la torpeza, en el dolor y el amor, en la insensibilidad y la ternura: sentimientos contradictorios que conviven de modo tormentoso en el estudiante. Dostoievski permite conocerle, sin mediación del narrador, y sobre él proyecta algunas de las ideas que le atormentaban: la remisión de la culpa, la purificación por medio del dolor y el amor, la existencia del mal en un mundo creado por Dios, la coexistencia del temor y la felicidad, etcétera.

Raskolnikov suscita a un tiempo compasión y repulsa: esta es una de las virtudes de Dostoievski, despojar de todo maniqueísmo al protagonista y concebir una personalidad poliédrica que, según muestre una u otra cara, cambia la percepción del lector y de los restantes personajes. Estos, a su vez, se dibujan con trazos firmes y no se empequeñecen ante la consistencia de Raskolnikov; su presencia permite diálogos espontáneos, verosímiles y coherentes, al tiempo que concentrados en la expresión y con fuerza dramática, aprovechados   tensión narrativa merced a estos diálogos, a las aperturas de la conciencia del protagonista y al narrador que, además de conducir la acción, propone un interesante juego entre el ser y el actuar de Raskolnikov y, en menor medida, de otros personajes. Lo psicológico y las reflexiones intelectuales no deben opacar las formidables descripciones de un San Petersburgo humilde y reconocible a día de hoy, en contraposición al distinguido de otros escritores: sus calles, los interiores de las casas o las formas de vestir son toda una pintura de época.


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