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Asistimos a unos tiempos en los que las evidencias del pasado se han convertido en interrogantes y, afortunadamente, esas mismas dudas sirven como trampolín para afrontar el porvenir de forma imaginativa. Lo que una vez pudo ser considerado como una extravagancia o —en el peor de los casos— una forma parcial e interesada de interpretar la realidad, hoy se ha convertido en una cuestión que nadie puede obviar con el desdén de las convicciones inamovibles. Esto es, precisamente, lo que ha ocurrido con el hoy ya tan manido debate sobre la crisis del Estado de Bienestar. Tan manido, pero no por ello menos pertinente, como el gran número de voces que, no sólo en el ámbito académico, proclaman la necesidad de pensar y discutir sobre este asunto. Con ello, y no es en absoluto irrelevante, se pone sobre el tapete la idea de que existe un consenso generalizado acerca de la necesidad de reflexionar sobre dicha crisis y, ante todo, de plantear las reformas que se consideran oportunas.


La cuestión reside ahora en aclarar los diagnósticos y definir las posibles terapias; y obsérvese que utilizar estas metáforas médicas —como suele ser frecuente a la hora de abordar este debate— no es algo en absoluto inocente: la medicina —al menos la que sigue la deontologia hipocrática— parece tener medianamente claro qué es la enfermedad y la salud; quizá existan disparidades sobre los diagnósticos y las terapias, pero sabe muy bien cuál es el destino final de su trabajo. En las ciencias sociales no existe tal grado de coherencia epistemológica —ni nadie se la puede exigir, dicho sea de paso—, y buena prueba de ello es que pocos temas existen hoy en su agenda teórica que como la crisis del Estado de Bienestar demuestre más claramente que no parece posible llegar a un acuerdo de mínimos sobre cuándo algo está enfermo, el nivel de su gravedad, los órganos afectados, y los tratamientos más adecuados. La cuestión se complica sobremanera cuando se observa que, por si fuera poco, los conceptos de salud y enfermedad son profundamente problemáticos. Ya dijo Weber que en las ciencias sociales los fines últimos van de la mano de los valores, y que éstos son susurrados a nuestros oídos por el daimon —tal como Goethe entendía el término— de cada uno.


El libro que nos ocupa es una buena muestra de todo lo anteriormente dicho. Su editor, Henri Cavanna, es el director del Forum International des Ciencies Humanes de París, que ya en 1981 reunió a un grupo de expertos con el objeto de reflexionar sobre el Estado de Bienestar. En 1996, la Universidad de Navarra auspició la creación de un foro de debate con el mismo fin. Para ello reunió a otro grupo de profesionales de distintas áreas de las ciencias sociales, visiblemente adscritos a distintas posiciones ideológicas. La recopilación de sus ponencias ha tenido como fruto un libro de sumo interés para aquéllos que deseen tener una visión global de los principales temas que se están debatiendo en la actualidad sobre la crisis del Estado de Bienestar, así como de la variedad de distintas perspectivas desde las que ésta se afronta.


Dejando de lado las peculiaridades de cada una de las aportaciones realizadas por los diversos autores de la compilación, existe un elemento que debe ser resaltado a la hora de valorar el libro: la casi omnipresente preocupación por la globalización de la economía y sus consiguientes efectos sobre la estructura del Estado de Bienestar. Y ése es quizá su mayor activo: la forma en que combina las causas internas de la crisis del Estado de Bienestar con las externas. En este sentido, son especialmente interesantes las aportaciones de Glazer, Kuhnle y Matzner.


La aproximación de Glazer (uno de los clásicos del pensamiento neoconservador y excelente analista de los efectos perversos de las políticas sociales en los Estados Unidos) pone de manifiesto que, a pesar de que el nivel de desarrollo del Estado de Bienestar de los Estados Unidos es menor que el europeo, no por ello se puede considerar a aquél como una excepción, ni se puede dejar de establecer similitudes sobre la evolución de este último hacia posiciones semejantes al americano. Su tesis se podría denominar convergencia institucional, y viene a decir que, en virtud de la progresiva estructuración de corte federal en Europa, en cuanto a la provisión de los servicios sociales a través de los Estados y municipios, así como la creciente diversidad étnica europea (debida, fundamentalmente, a la inmigración), el modelo europeo de bienestar tenderá a equipararse al de los Estados Unidos. Afirmación quizá excesiva, pero digna de ser tenida en cuenta, sobre todo cuando analiza la forma en que las políticas sociales de este país se equiparan en la práctica a las de discriminación positiva.


De esta manera, la política social está sufriendo un proceso de deslegitimación, al ser percibida como algo que sólo beneficia en exclusiva a diversos grupos étnicos y sociales muy definidos, y no al conjunto de la población. Kuhnle, por otro lado, adopta una posición distinta ante el futuro de los Estados de Bienestar europeos. De forma un tanto polémica, afirma que éstos están siendo armonizados tanto por los procesos políticos como por los de homogeneización económica. Por tanto, todo apunta a que se va a producir una convergencia a medio plazo en las políticas sociales, sin que ello niegue el creciente papel que va a tener la provisión privada de asistencia social.


A pesar de que considera que los Estados de Bienestar europeos están asegurados, atempera sus afirmaciones con multitud de interrogantes que deja sin responder, debido a la fase crítica por la que está atravesando Europa en lo que concierne a la voluntad de llevar a cabo un auténtico proceso de unión política. En cualquier caso, a pesar de que afirma que el mantenimiento de los Estados de Bienestar europeos siempre dependerá en mayor medida de las decisiones nacionales que de las directivas de Bruselas, su discurso trasluce una nostalgia por un impulso político más enérgico en la Unión Europea.


No es ésa precisamente la línea que sigue Matzner. Utilizando la teoría de juegos, y desde una posición que se podría calificar con reservas de socialdemócrata, arremete contra las políticas de estabilidad que han propiciado la construcción de la Unión Económica y Monetaria; es más, afirma sin reparos que, en caso de que las políticas rigurosas se sigan manteniendo, aumentará el desempleo, así como las diferencias de riqueza entre las regiones y, en general, la desigualdad. A la postre, su trabajo es una crítica a la ortodoxia económica representada según él por las teorías monetaristas y por una ardiente llamada a la aparición de otra teoría alternativa a éstas que en ningún momento especifica, si exceptuamos algunos apuntes —que, por su indefinición, bien podrían ser tildados de retóricos— sobre una vuelta a la regulación y repolitización de los procesos económicos y sociales.


Newton hace un repaso a las consecuencias de la llamada revuelta fiscal para llegar a la conclusión de que, a pesar de sus innegables repercusiones en la fiscalidad de los países occidentales, no parece que vaya a afectar a las bases del Estado de Bienestar de una forma sustancial. Tampoco se han cumplido las predicciones sobre la sobrecarga del Estado y su crisis de legitimidad. Aunque se pueda detectar cierta contestación, expresada a través de la desilusión de los servicios públicos y de conatos de revuelta fiscal, parece que el futuro del Estado de Bienestar está asegura de Ferrera y Rys sobre las características de los Estados de Bienestar del sur de Europa del primero, y sobre los procesos de transición de las economías de algunos países postcomunistas de Europa central del segundo.


El libro termina con un breve pero sustancioso trabajo de Bénetón. En él se pone de manifiesto de forma explícita algo que hubiera merecido muchas más páginas, cuando no libros: el sustrato y la dimensión moral que subyacen en toda reflexión sobre la viabilidad y reforma del Estado de Bienestar. De forma muy sucinta, Bénetón señala que las políticas sociales ignoran a menudo la dimensión moral de las acciones humanas. Si esto es así, no parece posible llegar a un acuerdo sobre la idea del bien común; por tanto, desembocamos en la constatación de que las políticas de bienestar cargan con la contradicción de intentar hacer el bien sin una noción clara del bien común. Algo tan simple tiene, a la vez, la virtud de ser luminoso. No hay que olvidar que el fundamento último de las críticas al Estado de Bienestar realizadas, tanto desde las filas neoconservadoras y neoliberales como desde las de la izquierda, se encuentra en los fundamentos éticos y morales de la convivencia. En definitiva, lo sistémico es una forma de reordenación e interpretación de los tan esquivos como equívocos impulsos de lo ético. Hablar sobre la reforma del Estado de Bienestar es pensar sobre un nuevo concepto de solidaridad. Entre otras cosas.


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