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Ha aparecido hace ahora unas semanas una tercera entrega de la nueva etapa, al margen de la política y con propósitos pedagógicos, del ex presidente del Gobierno, José María Aznar, en la que responde a la necesidad de promover valores capaces de satisfacer las aspiraciones de una juventud que se apresta a participar con su voto en las próximas elecciones generales, bajo la candidatura del actual presidente del PP, Mariano Rajoy.

Aznar expresa en las Cartas a un joven español un resumen de las ideas que constituyen la base doctrinal de los principios y convicciones que movieron al PP a emprender la gran empresa de mejorar la sociedad española a través de un proceso moderado, centrado y reformista. Son ideas sencillas que se oponen, de modo frontal, a otros modos de concebir la política, basados en la violencia, el extremismo radical y la ruptura revolucionaria.

El gran pecado cometido por los sucesivos gobiernos del Partido Popular en las anteriores legislaturas, circunstancia que le ha granjeado la eterna enemistad de la izquierda, ha sido demostrar con hechos que la moderación, el equilibrio y el espíritu reformador, pudieron ser llevados a la vida real y ofrecieron, más pronto que tarde, resultados sorprendentes.

Para los encarnizados enemigos de esos planteamientos liberales, el peligro era evidente: ¿Qué hacer, entonces, con las ideas movilizadoras de masas, tan seductoras como las que legitiman la lucha antisistema, las revoluciones pendientes y las reivindicaciones nacionalistas?

José María Aznar intercambia opiniones sobre esos temas con Santiago, figura simbólica representativa de un joven español de hoy que le plantea diversas cuestiones controvertidas y le interroga sobre la actitud más adecuada para enfrentarse a ellas. Algunas de esas cuestiones se refieren a principios generales, como el verdadero sentido de la libertad y la responsabilidad, la función del liderazgo, los derechos y deberes de los ciudadanos o el valor de la familia y la educación.

Otras veces, las cartas plantean ya situaciones que afectan de modo directo a la realidad de nuestro país: ¿qué debemos entender por nación española? Desde luego, no le parece al autor un concepto «discutido y discutible», sino muy claro y bien definido en todos sus términos. Aznar entiende el sentimiento de España en una doble dirección: como deber y como pasión y afirma, contra los que rechazan la existencia real de una nación española que «España problema, es la solución».

El terrorismo, empleado como arma coactiva contra los ciudadanos y el Estado para alcanzar objetivos políticos, atrae la atención del joven destinatario de las cartas. Nadie puede negarle a Aznar, como a sus colaboradores en las tareas de gobierno, un conocimiento profundo de las maniobras y tácticas seguidas por los terroristas y, en particular, los de ETA. Por eso le escribe a Santiago; «Cada vez estoy más convencido de lo inútil de cualquier tipo de contacto con los terroristas, que ven en las treguas una maniobra estratégica para tratar de dividir a la sociedad, reaprovisionarse, rearmarse y volver a organizarse. Sin contar con que salen reforzados moral y políticamente».

Recuperar el papel fundamental de la familia como célula base de la sociedad, responsable primera de la formación humana y moral de sus miembros, acapara también la atención de Santiago, que recibe respuestas claras a los interrogantes que hoy se manejan con tanta frivolidad como desconocimiento de causa. La familia se concibe como la unión de un hombre y una mujer, que aceptan libremente el compromiso de establecer una comunidad de vida y afectos con carácter permanente.

Igualar al valor humano y social de la familia con otras formas de unión le parece al autor un error que puede traer consecuencias negativas. Respecto al derecho de adopción infantil concedido a parejas homosexuales, se apunta: «¿Qué pasará cuando un niño o una niña no puedan llamar padre ni madre a quienes se dicen sus progenitores pero que en muchos casos no lo van a ser? ¿Qué idea del mundo y de la realidad van a tener unos niños así criados? ¿La de que todo es posible? ¿La de que las leyes pueden dar satisfacción a todos los deseos?».

En la ultima carta, con el título de «Vale la pena», José María Aznar lanza un mensaje de optimismo dirigido a los jóvenes y los anima a participar en las responsabilidades políticas de forma pacífica y moderada, sustentada en principios de un liberalismo sano, en defensa de las ideas que, dentro de las tradiciones heredadas de la cultura clásica y del cristianismo, han conformado los valores más positivos de las democracias occidentales.

Valores que él entregó, al abandonar definitivamente la lucha política, en manos de los que tan dignamente la sucedieron y que, a su vez, serán transmitidos, depurados de posibles errores, como el testigo en una carrera de relevos, al corredor siguiente. El cual, a su vez, tras superar la distancia que le haya sido asignada, lo confiará al compañero mejor situado para continuar así la progresión que viene marcada por los tiempos de la historia.


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