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Don Antonio Maura, uno de los grandes fabricantes de frases lapidarias que han pasado a la historia de nuestro parlamentarismo (de él es, por ejemplo, la famosa invocación a la transparencia resumida en la petición de « ¡luz y taquígrafos!»), dijo que «la memoria es evidentemente una de las prófugas de la política». La mala memoria forma parte del juego político, y no solo en el pequeño regate y en la necesidad de imponer la conveniencia frente a inoportunas manifestaciones anteriores, sino en momentos graves y trascendentes de nuestra historia. Por ello, el ejercicio del recuerdo es esencial. Sin sectarismo. No como nostalgia ni como desquite, sino, simplemente, como lección. Eso que George Santayana resumió en una frase imborrable que puede leerse en el campo de exterminio de Auschwitz: «Los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla».

La Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) ha lanzado al mercado de los interesados por la política, no donde habita el olvido, sino justamente donde debe anidar la curiosidad por saber quiénes han sido y qué han hecho los protagonistas de nuestra historia, una serie de biografías políticas de fácil lectura (menos de 200 páginas), confiadas a expertos reconocidos en materia de investigación histórica, que han lanzado su mirada a tres grandes figuras de la reciente vida española: Cánovas del Castillo, Antonio Maura y Francisco Silvela.

Seguir la trayectoria, el pensamiento y la acción política de estos tres personajes, que eran prácticamente contemporáneos (Cánovas, el mayor de ellos, nació en 1828, Silvela, quince años más tarde y Maura, el más longevo, un cuarto de siglo después del artífice de la Restauración), unidos por un ideario común conservador, es acercarse a un periodo vital de nuestra historia en el que hubo, como en todos, luces y sombras, pero en el que se vivieron momentos trascendentales: desde el anarquismo terrorista (que acabó con Cánovas y estuvo a punto de hacerlo con Maura) a la guerra de Cuba y el 98, desde la Semana Trágica al Desastre de Annual.[[wysiwyg_imageupload:3152:height=160,width=100]]

El primero de los volúmenes, dedicado a Cánovas del Castillo, ha sido escrito por Carlos Dardé, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria, que es un gran especialista en la España de la Restauración. En el libro hace un retrato integral de aquel político malagueño, que concitó muchas antipatías (hasta Ortega no disimuló su total desprecio hacia «la fantasmagoría de la Restauración»), pero que sentó las bases del  liberalismo español («el liberalismo conservador», que es el título de la biografía) y que dejó, en medio de las tormentas que rodearon la vuelta de los Borbones a España, una abundante obra de historia y de ensayo. Cánovas es, sin ninguna duda, uno de los personajes que los españoles deberían conocer mejor. Saber algo más que esa famosa definición suya, fruto de su desdeñosa ironía, de que «es español el que no puede ser otra cosa».

Pero Cánovas era profundamente español, alguien que conocía muy bien a sus compatriotas y que pudo decir que creía «haber llevado, con ayuda de mis amigos, una de las más difíciles obras de la historia de España». En la crisis que desembocó en la independencia de Cuba, su posición fue mantener la tesis de que Cuba formaba parte de la nación, a pesar de los 9.000 kilómetros que la separaban de la metrópoli. Winston Churchill, que fue reportero en la guerra del 98 (donde se aficionó para siempre a los puros habanos), escribió asombrado, según cuenta el profesor Dardé, «que los españoles tenían el mismo concepto y usaban el mismo lenguaje para su patria y para sus colonias».

Como también era profundamente español aquel hombre de Palma de Mallorca que tuvo muchas dificultades a la hora de expresarse en castellano cuando llegó, para estudiar Derecho, a la Universidad de Madrid y al que todo el mundo llamaba don Antonio, y el rey, de usted: Maura, del que José María Marco, un experimentado escritor y articulista, con una copiosa y brillante obra a sus espaldas (de la que los lectores de Nueva Revista pueden dar fe), ha trazado un retrato riguroso, preciso y muy interesante, acercándonos los diversos ángulos de una figura de enorme influencia que dedicó su vida entera a la política. Mejor dicho, a la regeneración de la política. Algo que no era fácil, por la inercia del pasado, el caciquismo y la cerrazón de unos y otros. En una de sus horas bajas (que, a juzgar por el perfil que de él traza Marco debieron ser pocas, porque estaba siempre dispuesto para la batalla parlamentaria, en la que se crecía para brillar con fuerza), escribió a un amigo que su oficio era el de «espectador de desastres».

Maura («La política pura», ha titulado su trabajo José María Marco), a pesar de la imagen construida por sus enemigos, que cristalizó en el «Maura, no», como expresión de rechazo total a cualquier fórmula que incluyera su vuelta a la presidencia del Gobierno después de su papel rector en tantos Gobiernos anteriores, fue un habilísimo político de raíces cristianas, tolerante, situado en el centro, que aspiraba a crear una clase media consistente en un país que fuese una democracia y a ser un reformador que hiciera de España una nación de ciudadanos. «Por mí no quedará», dijo una vez, y esa frase fue el lema del ducado de Maura, con que el Alfonso XIII distinguió a su familia. Hizo muchas leyes (como la de la Escuadra, la de Huelga, la antiterrorista), se alió con Cambó en busca de solución para el problema catalán, luchó por sacar a España del aislamiento internacional y acuñó para su partido un eslogan imbatible: «Nosotros somos nosotros».

Creía que no había que anular la política, sino, como decía Silvela, dignificarla. Francisco Silvela es el tercer hombre de esta entrega biográfica de FAES. El libro, dedicado a la memoria de Luis Díez del Corral, ha sido escrito por Luis Arranz Notario, que ha desarrollado su actividad docente y de investigación en la Universidad Complutense de Madrid, y que lo titula «Entre el liberalismo y el regeneracionismo», dos polos que también podrían encuadrar a las dos figuras anteriores. Los Silvela eran tres hermanos, Manuel, Luis y Francisco, todos personalidades destacadas de la vida política y jurídica, pero solo el pequeño —aunque fue un gobernante efímero, como lo define Arranz— llegó a presidente del Gobierno.[[wysiwyg_imageupload:3153:height=159,width=100]]

Cánovas, que no se llevaba bien con él, profetizó que Silvela le sucedería al frente del partido conservador, aunque su gestión no sería un éxito. Pero,¿en qué consiste el éxito en política? Quizá en ser consecuente con las ideas propias, procurando que, como nos cuentan estas tres biografías, algunas se puedan llevar a la práctica y alguien las recuerde. Porque, a fin de cuentas, como dice la escritora mexicana Ángeles Mastretta, «somos lo que dejamos en los otros, lo que recuerdan de uno». Cicerón lo dijo de otra manera: la vida de los muertos es la memoria de los vivos. Los políticos que se recuerdan —podemos decir ahora— son los que valieron la pena. _


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Ha sido, a lo largo de su larga trayectoria periodística, director del diario “Madrid” y presidente de la agencia EFE, entre otros muchos cargos.