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Ausencia, tensión, movimiento: tres sustantivos que se bastan para articular, de manera excesivamente esquemática, el amor en el extenso poema del Cántico espiritual, de san Juan de la Cruz. Porque el amor, para el fraile de Fontiveros, no es algo estático, como a veces se describe la experiencia mística, sino más bien un arco tensado, la flecha que ansía el blanco. Si en Noche oscura el alma se evade en busca del Amado «sin otra luz y guía / sino la que en mi corazón ardía», en el Cántico espiritual la amada gime de dolor ante la ausencia de su anhelo y emprende, ya desde la primera estrofa, su búsqueda: «¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste / habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido».

En esta búsqueda, la pasión amorosa se derrama por la naturaleza. Si el Amado, «Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / e, yéndolos mirando, vestidos los dejó de su hermosura», la amada, en su búsqueda, anhela ver reflejados los ojos del Amado en los semblantes plateados de la cristalina fuente.

La lira introducida por Garcilaso y enaltecida por fray Luis se presta de forma admirable a la expresión ansiosa y serena a un tiempo del amor en el Cántico espiritual. En ella se recogen temas y motivos no solo del bíblico Cantar de los cantares, su modelo primero, sino también de la tradición grecolatina, de la lírica popular, la poesía trovadoresca y la cancioneril, la tradición petrarquesca que fluye en nuestras letras a través de Garcilaso, la lírica ascética de fray Luis de León. El empleo de motivos y temas de esta vasta tradición permiten contemplar en los versos la experiencia del amor humano, como también descubrirlo transfigurado por esa unión del alma que, por serlo con Dios, es inefable.

Se cuenta que san Juan compuso las primeras treinta y una estrofas del Cántico espiritual en prisión conventual. Su fuga de ella en medio de la noche semeja la del alma que, ante la ausencia del Amado, se escapa «por la secreta escala» para ir a su encuentro; y el convento de las Carmelitas Descalzas en el que encuentra refugio, la espesura en la que encontrarse con el Amado: «Gocémonos, amado, / y vámonos a ver en tu hermosura / al monte o al collado / do mana el agua pura; / entremos más adentro en la espesura».


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