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En la noble y añeja colección Araluce de nuestra infancia descubrí hace milenios lo que en aquella serie se conocía como la Canción de Rolando, en versión adaptada para la juventud y rica y bellamente ilustrada con seis o siete láminas en color fuera de texto. El ilustrador, cuyo nombre no recuerdo, nos ofrecía una visión de la epopeya especialmente patética, dentro de un cierto expresionismo sombrío, lo que contribuía a aumentar el impacto que producía la lectura. Historia de traiciones emblemáticas y de desmesurados heroísmos, la Chanson de Roland es una pieza brillantísima de lo que los alemanes llamarían Volksepos o épica popular, pese al fantasmagórico (o no tan espectral) Turoldo que figura como copista en el manuscrito de Oxford. Para el niño de nueve o diez años que era yo al asomarme a aquel librito de Araluce, la aventura de compartir con Rolando, Oliveros y compañía la desazón de sentirse traicionados y, a la vez, la alegría brutal de morir rodeados de cadáveres enemigos, constituyó una experiencia que aún hoy, más de medio siglo después, resuena en mi memoria con la insistencia apocalíptica de un tamtam que llama a la guerra, desafiando a la muerte. La épica me enseñó que nuestros más íntimos terrores pueden ser doblegados recurriendo a la máscara del heroísmo. Con ella velando nuestras facciones, todo cobra sentido dentro del sinsentido general de la vida humana. La Canción de Rolando, que luego tuve ocasión de disfrutar en su lengua original (en edición, cómo no, del inevitable Joseph Bédier) y, más tarde, en la preciosa versión de Benjamín Jarnés que publicó Revista de Occidente en los años veinte del siglo pasado, me dio una confianza tal en las posibilidades del hombre para superar su propia condición que puedo decir, sin temor a equivocarme, que obró en mí como una especie de manual de autoayuda a lo sublime, cuando no a lo divino. Fruto de aquel arrobamiento, que conservo todavía hoy en lo esencial, fue un poema pretenciosamente titulado «Roland ofrece a Aude, y no a Durendal, como homenaje el último de sus pensamientos» y que vio la luz en uno de mis primeros libros de versos, Elsinore (Madrid, Azur, 1972). En él me rebelaba ante el incontestable hecho épico de despedirse de la espada antes de morir y no pensar, como las leyes de la courtoisie aconsejarían, en la dama de nuestros sueños. La lírica empezaba a devastar mi espíritu con sus dudas existenciales.


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