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Aunque he tenido la fortuna de poder saludarlo personalmente varias veces y he peregrinado en más de una ocasión a su casa bonaerense de la calle Maipú, mi más lejano recuerdo de Borges, de cuya muerte se cumple ahora, en 2011, el vigésimo quinto aniversario, es televisivo. Lo entrevistaba Joaquín Soler Serrano en TVE. Siempre que el entrevistador se dirigía al escritor argentino, el periodista empleaba un sonoro «Maestro» que se salía de la pantalla. Y Borges protestaba: «Pero no me llame maestro. Yo no soy maestro de nadie.» La modestia de Borges rechazaba que lo llamaran maestro y, sin embargo, pocos escritores ha habido en la historia de las letras universales a los que más convenga ese apelativo. Para mí, en la ya larga historia de la literatura escrita en español, solo Cervantes puede competir con el autor de Elogio de la sombra en calidad, hondura y permanencia.

Uno leyó por vez primera a Borges en la mili, entre guardia y guardia, allá por 1970, cuando empezaron a salir en la colección de bolsillo de Alianza Editorial sus títulos más emblemáticos. Debí haberlo leído antes, pero yo entonces era progre y elegía mis lecturas entre los autores engagés, que es como decía Jean-Paul Sartre que tenían que ser los escritores, y yo a Sartre le obedecía en todo, lo que convirtió mi adolescencia en un infierno de abyecciones totalitarias. Afortunadamente, todo pasa, y eso hizo mi etapa «comprometida», pasar del todo y para siempre, como una exhalación hedionda.

Leer a Borges es soltar el lastre para que el globo a bordo del cual viajas gane altura y no acabe estrellándose contra la montaña vecina

Uno de los agentes que purificaron mi espíritu fue el autor de Ficciones. Puedo decir sin temor a equivocarme que en mi vida de lector hay dos fases bien diferenciadas: la previa al conocimiento de Borges y la posterior a su lectura. Nada es lo mismo que antes cuando se ha discurrido por la literatura de Borges con los ojos y con el alma. Hay una especie de subversión íntima que trastorna tu comprensión del mundo, haciéndola a la vez más rica y más liviana. Leer a Borges es soltar el lastre necesario para que el globo a bordo del cual viajas gane altura y no acabe estrellándose contra la montaña vecina. Si eso no es ser un maestro, un maestro de los de verdad, de los que odian que los periodistas los llamen maestros, que venga Zeus y me contradiga.

Decía Pablo Neruda en un horrible poema de su peor libro, Las uvas y el viento (Santiago de Chile, 1954), que él y sus camaradas de partido eran «stalinianos» y que llevaban ese nombre con orgullo, y hasta que los hombres, para ser felices y comer perdices, y casarse con la princesa y no terminar en la panza del lobo, debían ser eso, «stalinianos». Bueno, pues a mí, y a mucha más gente, nos ocurre que somos «borgianos», que es una forma más elegante —y, sobre todo, menos violenta— de acercarnos al paraíso.

Un paraíso que, en nuestro caso, no depende del triunfo del proletariado y que (a nuestro pesar) no está lleno de huríes, como el de Mahoma, ni consiste tan solo en la visión eterna de Dios, sino que hemos soñado sub specie bibliothecae, que para eso somos discípulos del maestro Borges o, por mejor decir, borgianos. Siempre he creído que ese paraíso —el único en que algunos creemos, o sea, la literatura— es, ante todo, placer, deleite. En eso coincido plenamente con el autor de El Aleph, con quien comparto otras aficiones secretas que crean vínculo de clan, como los poemas homéricos, las letras fantásticas o la épica de los antiguos germanos.

Leer a Borges es una actividad descaradamente epicúrea. Algo así como tropezar en una librería de viejo con dos editiones principes: la de The Monk (1796, tres volúmenes), de Matthew Gregory Lewis, y la de The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson. Algo así como ver en el cine un programa doble en el que echasen dos maravillosas películas de los años treinta del siglo pasado: The Devil-Doll (1936, Muñecos infernales), de Tod Browning, y Barbary Coast (1935, La ciudad sin ley), de Howard Hawks.

Más Ateneo que Píndaro, más Apolodoro que Esquilo, más Aulo Gelio que Virgilio (ibant obscuri sola sub nocte per umbram [Eneida, VI, 268]; los borgianos andamos por la vida como Eneas y la Sibila por los infiernos), más William Jones que Kalidasa, más Marcel Schwob que Marcel Proust, Borges pensaba que, en literatura, la creación ex nihilo no pasa de ser una broma de mal gusto. Y vindicaba la literatura de género frente a la «gran» literatura, el cuento o la nouvelle frente al roman, la quintaesencia frente al fárrago (y eso que nunca le gustó Gracián), la diversión frente al aburrimiento.

Como hizo Borges en «Otro poema de los dones», agradeciendo al Creador la existencia del puñado de cosas que le eran más queridas (en el momento, claro está, de escribir el poema, porque, como decía Heráclito, «todo fluye», y las cosas queridas hoy pueden ser odiadas mañana), así también debemos dar gracias al «infinito laberinto de los efectos y las causas» por la literatura de Borges, por la posibilidad que nos ofrece de viajar con él por países soñados de erudición (esa erudición lúdica que utilizaron antes que él narradores como Edgar Allan Poe y Ambrose Bierce, además del citado Marcel Schwob), de auténtica nobleza de espíritu, de sentido moral y de coraje. Leer a Borges (y a los escritores que Borges recomienda, porque «Borges» también son aquellos autores que Borges leyó y prologó y nos regaló en las muchas colecciones dirigidas por él) es llevar a cabo un viaje tan alucinante, al menos, como el Fantastic Voyage de Richard Fleischer (¿cómo no iba a serlo con una Raquel Welch de veinticinco años en el reparto?). Un viaje sin alforjas, a tumba abierta, pero limpio de polvo y química, como tienen que ser los viajes y los sueños.

Le pasa lo que a Rabelais, Cervantes y Shakespeare: Borges es un humorista excepcional

El humor es vital en el maestro Borges. Tanto en su vida (en la historia de las letras en lengua castellana solo conozco dos casos de escritores sobre los que se ha tejido una deliciosa maraña de anécdotas chistosas: Quevedo y Borges) como en su obra. Le pasa lo que a tres de mis autores favoritos: Rabelais, Cervantes y Shakespeare. Borges es, como ellos, un humorista excepcional. Y ello en un siglo como el XX, tan estirado, tan enfático, tan pagado de sí mismo, tan encantado de haberse conocido, se agradece de corazón.

Por lo demás, aquella poesía española de las últimas décadas que no se propone fastidiar al lector como principal objetivo, es deudora del maestro Borges. De él proceden la ironía, el humor, el uso del endecasílabo, la presencia de un fuerte elemento narrativo, la estructura cerrada del poema, el rigor en la construcción. Los mejores poetas españoles son BORGIANOS. Sin Borges, la literatura del siglo XX se hubiera limitado a ser lo que ha sido casi siempre a lo largo de estos últimos cien años: o un caos ininteligible para uso de «intelectuales» elitistas, o simplemente un juego inane y aburrido (con gratas excepciones, eso sí, como Dada o Oulipo). Y es que, siguiendo las razones de mi amigo el Marqués de Tamarón en su libro Del siglo XX y otras calamidades, el siglo pasado solo aportó al devenir del hombre cuatro abyectas calamidades que los borgianos detestamos: fascismo, comunismo, psicoanálisis y arte moderno.

En la página 59 de la edición príncipe de El oro de los tigres (Buenos Aires, Emecé, 1972) figura una portadilla con el título de un poema, «El amenazado». En la 61 consta el poema propiamente dicho, eliminado más tarde, no sabemos por qué, en sucesivas ediciones de la Poesía completa de Borges. Dice así, entre otras cosas:

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.

[…]

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

[…]

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

En poemas como ese, y en una de las tankas, la sexta, de ese mismo libro (página 22: «No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla. / Ser en la vana noche / el que cuenta las sílabas»), hemos aprendido los discípulos de Borges a mirar el mundo y la vida, lo que somos y lo que deberíamos haber sido. Seguro que al maestro le leyeron Blind Man with a Pistol (Un ciego con una pistola), la estupenda novela de Chester Himes publicada en 1969. El título de la misma no puede ser más borgiano. Ciegos, con la pistola ardiendo del desamor y la desesperanza quemándonos el alma, pero con la pomada de la literatura aliviando nuestras heridas, eso somos nosotros, los lectores de Borges, «sueños de una sombra» (como definió al hombre el viejo Píndaro), fieles discípulos de un maestro que cuenta sílabas (¡nada menos que cuenta sílabas!) en la noche oscura del mundo.


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