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El último diálogo entre Peter Seewald y el ahora papa emérito tiene mucho menor calado teológico y filosófico, pero mayor profundidad biográfica y trasluce en sus páginas un calor humano, la afectuosa cercanía de quien se ha considerado siempre, con humildad, un servidor de la Iglesia. No hace falta recordar los méritos intelectuales de Benedicto XVI, pero la entrañable conversación con este anciano de blanco se antoja, a nosotros, lectores inmersos en una sociedad posmoderna y superficialmente vertiginosa, un bálsamo o una suerte de lenitivo que calma nuestras ansiedades y nos redimensiona en lo eterno. Esto sería suficiente para recomendar su lectura.

Quien conozca la trayectoria de Benedicto XVI no encontrará en estas páginas ningún dato desconocido, aunque sí tomará conciencia de lo que supone la fidelidad a una vocación. Benedicto XVI explica su renuncia —tan polémica en los medios— como una decisión que no debe interpretarse en función de criterios mundanos ni de luchas de poder, ni tan siquiera como una abdicación de responsabilidad, ni una respuesta a determinadas presiones. Fue una respuesta sobrenatural —y libre, absolutamente libre, insiste— y fiel, y muestra la confianza de este papa bávaro en los planes de Dios y la intimidad que tiene con Dios, así como su voluntad de «no renunciar a la cruz».

Frente a quienes gustan de las comparaciones —entre san Juan Pablo II y Benedicto XVI y entre este y Francisco—, la transición entre estos tres pontificados no revela cesuras ni golpes de timón. Sí hay cambios de acento, como explica Benedicto XVI, consecuencias no de innovaciones ni revoluciones, sino que nacen como fruto de diversas misiones. También en su retiro en Mater Eclesiae Benedicto XVI continúa su ministerio y ofrece un testimonio de vida que encarna con el bello ejemplo del silencio el reto de mostrar al mundo la centralidad de la fe. Ahora este hombre, incómodo ante multitudes, disfruta de un «contacto más íntimo y cercano» con el Señor.

Confiesa que, al ser elegido papa, consideró que su principal misión era reubicar de nuevo el tema «Dios y la fe». Es de esta cuestión, central para la vida religiosa y para la Iglesia, de donde nacen las aportaciones principales de su pontificado —ecumenismo, razón y fe, el cristianismo en la cultura, la nueva evangelización—, los textos magisteriales y encíclicas e incluso su investigación sobre Jesús.

Como explica, valiéndose de sus extraordinarias dotes docentes, entiende la fe como iluminación y, en efecto, también ahora su figura se manifiesta reveladora y profunda. Con la ayuda de siempre directas preguntas de Seewald, Benedicto XVI repasa los principales hitos de su trayectoria de servicio. Y lo que destaca en ellos no son las cada vez más altas responsabilidad que asumió este inquieto y perspicaz teólogo sino la combinación en su existencia de la rigurosa investigación teológica y la sencilla y tradicional vida de piedad.

Las aportaciones de Ratzinger a la teología han sido muy relevantes, como es conocido. Cierto es que le tocó la tarea de modernizar y adaptar la investigación teológica en un momento en que esta se había anquilosado. Por eso, en su momento, el autor de Introducción al cristianismo, que se apartaba de la neoescolástica, fue considerado progresista. Pero aclara: la intención no era cambiar la teología, ni su trabajo estaba marcado por raptos antidogmáticos, sino que nacía de su compromiso eclesial. «La teología sin Iglesia se convierte en un discurso hecho en nombre propio y entonces deja de tener relevancia», sostiene. Sin duda, en su labor teológica, Ratzinger ha combatido el ensimismamiento que acecha al teólogo. Seewald no orilla la pregunta por H. Kung, compañero suyo, y explica que, a su juicio, la teología deja de serlo cuando se dedica a reflexionar sobre sí misma y abandona su finalidad: la de profundizar en la fe de la Iglesia.

Es este prisma el que hay que tener en cuenta para ponderar las aportaciones de Ratzinger al concilio y su intervención junto al cardenal Frings; la pretensión del concilio no fue modificar las cosas, sino que existía una sincera voluntad de profundizar en la fe y renovarla. A tenor de su participación en el concilio se entiende mejor su tesis sobre las diversas hermenéuticas —continuidad y ruptura— y sobre todo exige tener en cuenta la distinción debido, precisamente, a su activa implicación en la teología conciliar. Realista como es, Benedicto XVI no duda en señalar que el principal error del concilio fue no haber pensado en las consecuencias fácticas y en las repercusiones prácticas que tendría.

El recorrido biográfico lo concluye Seewald preguntando al papa emérito por los asuntos más complicados que tuvo que afrontar durante su pontificado. Las preguntas pueden parecer incómodas, pero la valentía a la hora de responderlas y no soslayarlas, así como la sencillez con que el papa explica las decisiones o aclara determinadas situaciones, ha de ser considerado como un ejercicio de transparencia de una honestidad intachable. Benedicto XVI no es un burócrata; tampoco un hombre deseoso de poder y reconocimiento y cualquiera que lea estas páginas puede convencerse de ello, sino un intelectual en el que la investigación y la vida están estrechamente intrincadas; un hombre de fe prudente y sabio.


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