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Los números de la vida humana mueven a la sonrisa por su precariedad. Veinte años nos parecen, por ejemplo, una cifra respetable, de la que poder servirse para inmortalizar un tango («que veinte años no es nada», etc.) o escribir un poema («ahora que de todo hace ya veinte años», de Jaime Gil de Biedma). A mí, y no exagero un ápice, los veinte años transcurridos desde la aparición de la primera entrega de Nueva Revista se me antojan harto improbables, porque me parece que fue ayer -sí, ayer mismo, a la caída de la tarde- cuando nos reunimos todos los amigos de Antonio Fontán en el hotel Villa Real de Madrid, sito en la plaza de las Cortes, 10, a brindar por la botadura de su nuevo paquebote de papel, entre político y cultural, que nació con el nombre de Nueva Revista y que ahora cumple cuatro lustros exactos de feliz y fecunda travesía.

Don Antonio me había publicado mis primeros artículos de prensa cuando era director del diario Madrid y, poco después, había sido profesor mío de Filología y Crítica Textual Latinas (una asignatura irrepetible que cursábamos los estudiantes de Filología Clásica en la Autónoma) en mi cuarto curso de carrera, que coincidió con el otoño de 1971 y el invierno y la primavera de 1972. Lo recuerdo siempre con libros que acababan de salir en las cuatro esquinas del orbe y que él conseguía, como por arte de birlibirloque, nada más ponerse a la venta, lo que suscitaba en mí pasmo y admiración a partes iguales. Otro motivo por el que, a mis diecinueveaños, decidí adoptar a Fontán como modelo tiene que ver con el arte. Recuerdo que en aquellos años, o tal vez un poco más tarde, había aparecido en Francia un monumental Watteau de Jean Ferré en cuatro imponentes volúmenes que Fontán comentó muy elogiosa y pormenorizadamente en ABC, mi periódico. Me pareció genial que un catedrático de Latín como Antonio Fontán se dedicase a glosar tan colosal monografía artística, pues siempre he creído que no hemos nacido tan sólo para ser una sola cosa, sino para desplegarnos como abanicos vivos en diferentes parcelas del saber, como hacía mi profesor de Crítica Textual Latina. Y eso que todavía no había llegado su momento como protagonista de nuestra Transición política, en la que tanto brillaría como presidente del Senado y como ministro, lo que confirmaba la imagen de intelectual polifacético y de humanista comprometido con la realidad que me había forjado de mi maestro.

Pero volvamos de los orígenes a aquella tarde de 1990 en que se presentó Nueva Revista en el hotel citado. ¡Qué jornada tan deliciosa! Éramos jóvenes. Creíamos firmemente que el futuro nos pertenecía. Estábamos implicados en una tarea colectiva que implicaba no sólo rescatar a la sociedad española de entonces de aquel felipismo que hoy incluso añoramos -pues todo es susceptible de empeorar-, ofreciéndole la posibilidad de abrirse a la luz del pensamiento liberal -una doctrina que cuesta tanto introducir en España-, sino también, y sobre todo, divertirnos lo indecible con aquel juguete privilegiado que era para nosotros Nueva Revista, donde podíamos escribir sobre cualquier cosa, con tal que fuéramos éticos, inteligentes y brillantes, y de esas tres cualidades estábamos sobrados por aquel entonces.

Nueva Revista era y es don Antonio Fontán por encima de todo, pero en sus inicios fue también cosa de su subdirector, Sucre Alcalá, un nicaragüense maravilloso que siempre me atendió con una amabilidad y un afecto fuera de lo común y con cuya amistad me sigo y seguiré honrando hasta que la muerte nos separe. Fue Sucre, bajo la atenta aquiescencia benévola de Fontán, quien me encargó la primera sección de la que me hice cargo en Nueva Revista, ni más ni menos que la rotulada «Literatura Fantástica»,de la que luego saldría más de un libro, como atestigua la existencia de dos entradas bibliográficas con mi firma: Baldosas amarillas (2001) y De Gilgamesh a Francisco Nieva (2005). Disfrutábamos como niños buscando las ilustraciones que iban a enriquecer los textos que yo enviaba, que iban desde la epopeya de Gilgamesh y el cuento egipcio de Los dos hermanos hasta Madame d’Aulnoy, el hombre pez de Liérganes, Horace Walpole, el Drácula de Stoker -del que acabo de conseguir, ¡por fin!, un ejemplar glorioso de la editio princeps (1897)- o la saga de Corum de Mike Moorcock br1.gifEra la primera época de nuestra revista, en la que los artículos -y especialmente los míos- aparecían profusamente ilustrados, y Sucre, la inconmensurable Pilar Soldevilla y el que suscribe nos afanábamos en buscar imágenes que casaran con los textos, lo que nos divertía muchísimo.

Luego Nueva Revista se hizo más seria desde el punto de vista del formato, pero igualmente interesante. Contribuí con otras dos secciones a esta segunda época, que hoy continúa su andadura. La primera de ellas se tituló «Poetas de línea clara», dándome pie a que desarrollara mi teoría tintiniana de la poesía; se dieron cita en ella vates imprescindibles como Cavafis, Chesterton, Cirlot, José del Río Sainz o Manuel Machado, junto a jóvenes promesas -hoy no tan jóvenes- como mi entrañable amigo y colaborador Fernando Lanzas. Tengo que darle forma de libro a mis «Poetas de línea clara»; don Antonio me lo ha recomendado más de una vez, y quiero hacerlo «antes que el tiempo muera en nuestros brazos». La segunda se rotuló «Algunas de las mejores poesías de la lengua castellana», siguiendo la hoja de ruta marcada por mí mismo al publicar, en 1998, Las cien mejores poesías de la lengua castellana en la colección Austral de Espasa Calpe, tras las huellas, beneméritas siempre, de don Marcelino Menéndez Pelayo, que urdió otro florilegio con el mismo título a comienzos del siglo XX. En esa última -por ahora- sección a mi cargo aparecieron versos de gente como Luis Rosales, dos condes -el de Salinas, de nuestro Siglo de Oro, y el de Foxá (1903-1959), al que últimamente acostumbran a vejar y prohibir las autoridades municipales sevillanas-, Álvaro Mutis, Álvaro García o una sextina formidable de Esteban Torre.

Sólo me queda desear a Nueva Revista un futuro aún más esplendoroso que su pasado, lo cual es desearle mucho. Y dejar constancia en estas líneas de mi cariño y devoción por un proyecto que hoy cumple veinteaños y que, con la ayuda de Dios y el necesario impulso de mi querido y admirado Antonio Fontán, aspira a estar presente mucho más tiempo entre nosotros.


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