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Son los aniversarios aguijón de la amnesia y, con suerte, revulsivo para la indolencia que sobrevive en el tópico o el prejuicio. También, desde luego, sana oportunidad para honrar a los héroes y a los muertos. Aunque su principal aliciente tal vez sea la invitación a poner en claro lo que comportan esa persona señalada y la efeméride, lo que en verdad significan, a día o en el año de la fecha, en virtud de la experiencia acumulada hasta el citado instante, para quienes quieran ser con inteligencia sensibles a los hechos, la persona y la efeméride en cuestión desde la encrucijada del presente.

Abordo así la oportunidad de escribir, con motivo del recién transcurrido centenario de su nacimiento, sobre W. H. Auden, el poderoso poeta, un líder indiscutido en su momento (de ahí que Samuel Hynes le pusiese a un famoso libro el título de The Auden Generation. Literature and Politics in England in the 1930s), al estudio de cuya obra de juventud dedicara yo una parte no pequeña de mi propia bisoñez. Me moveré así, y nunca mejor dicho lo de la movilidad, dentro del paradigma de la recepción; y no sólo por enmendar un pasado en lo que tuvo de síntoma generacional, corrigiendo con retraso culpable un error, sino ante todo por un afán de servir al futuro consignando, desde una vocación de permanencia en el juicio, lo que a la postre hubo y lo que su intelección nos enseña. Recordando que Auden fue grande y noble en sus fallos de apreciación, pero mucho más grande y mucho más noble aún en su rectificación. Un cambio de rumbo, el del poeta, que algunos fuimos demasiado estúpidos para comprender, o tal vez demasiado cobardes y acomodaticios para reivindicar, en aquella España de la transición.

Porque España, cómo no, es importante para este argumento. En realidad, es poco menos que esencial. No en vano resulta archisabido que «Spain» supone la obra paradigmática que otorga su carácter a la llamada thirties poetry. De esta composición declara Stephen Spender, y lo hace bien a posteriori, en su ya anticomunista —y arriesgadamente honesta— autobiografía de 1953, World Within World, que es «the best poetic statement in English of the Republican case». Si a ello añadimos que la guerra civil española fue vista como un enfrentamiento arquetípico entre el bien y el mal, la last great cause por excelencia, una ocasión única, tal pregonaban los Hemingway y los Dos Passos, para tomar vigoroso partido en pro de la causa de la humanidad, por parte de toda una avalancha de artistas, escritores e intelectuales, tanto europeos como norteamericanos, parece obvio que no cabe subestimar su relevancia. ¿O acaso no fue Auden el poeta más sabio, el más reverenciado de su generación, el único indiscutidamente superior al resto?

Sin embargo, no es menos sabido que de los Collected Poems de 1976, publicados al poco de morir el poeta, se excluyen ostensiblemente y por deseo de éste determinadas composiciones, pertenecientes a los años treinta y que son las debidas a la vertiente «comprometida» del autor. Que «Spain», en primerísimo lugar, y acto seguido todos los poemas de inspiración marxista (como «A Communist to Others») venían causándole hondas tribulaciones a Auden desde el mismo final de la guerra de España era ostensible. Por eso, ya en su recopilación de 1944 había optado el poeta por ordenar los poemas según el orden alfabético de sus primeros versos, una medida ciertamente extravagante, al objeto de oscurecer toda posible lectura histórica o evolutiva, después de eliminar aquellas piezas, antes tan ensalzadas por la opinión dominante, con las que ya no se identificaba. Mientras que en el prefacio a la recopilación de 1965 decía nada menos que lo siguiente:

«Some poems which I wrote and, unfortunately, published, I have thrown out because they were dishonest, or bad-mannered, or boring. A dishonest poem is one which expresses, no matter how well, feelings or beliefs which its author never felt or entertained. For example, I once expressed a desire for “New styles of architecture”; but I have never liked modern architecture. I prefer old styles, and one must be honest even about one’s prejudices. Again, and much more shamefully, I once wrote:

History to the defeated

May say alas but cannot help nor pardon.

To say this is to equate goodness with success. It would have been bad enough if I had ever held this wicked doctrine, but that I should have stated it because it sounded to me rhetorically effective is quite inexcusable».

Según se podrá apreciar, porque la alusión a «Spain» es directa y quema por dentro a quien la profiere, la abjuración y el arrepentimiento son completos. Auden no sólo considera perversa la doctrina contenida en este extenso y ambicioso poema, de cuya alta factura literaria y considerable influencia es dolorosamente consciente; sino que se acusa a sí mismo de frívolo o de impostor, por haber adoptado una actitud y empleado un lenguaje por razones, aduce, más estéticas que filosóficas o que tuvieran su base en una convicción genuina. Por haber seguido los impulsos de la moda y el Zeitgeist, diríamos entonces, que promueven en todas las épocas la vanidad amoral y la fabulación ansiosa de cosechar el aplauso; por gregarismo, que es debilidad humana habitual, y del que no se libran tampoco las rebeldías juveniles; y habiéndose situado por todo ello a espaldas de la solvencia ética y epistemológica.

Conviene aquí tener en cuenta que «Spain» se escribe en Inglaterra, tras la breve y traumática visita del poeta a España. Al atinado decir de Edward Mendelson, en su edición de The English Auden. Poems, Essays and Dramatic Writings, 1927-1939 (donde por cierto encontramos una versión de «Spain» recortada y expurgada, en la que se aminora su servicialidad a la causa revolucionaria; para encontrar una versión completa, aunque con alguna errata, hay que ir a la antología Poetry of the Thirties, del canadiense Robin Skelton, que reproduce la original), el texto implica ya una atenuación de su grado de «compromiso» anterior. No podía ser de otro modo. Tal y como yo lo entiendo, Auden se hallaba sumido en un difícil viraje de ciento ochenta grados, por lo que no tenía más remedio que proceder gradualmente. No tanto, o no sólo, porque el entorno del poeta, y no digamos el ambiente literario británico al que regresaba, siquiera para trasladarse al poco a los Estados Unidos, estuvieran aún fervientemente persuadidos de su «verdad progresista»: la de que la libertad, el humanitarismo, el comunismo, la decencia, el Frente Popular, la solidaridad y las autoridades de la II República caían todos de un mismo lado, justamente ese que Auden ardía en deseos de abandonar; sino, con seguridad, por una más que imperiosa necesidad de fabricarse una modesta transición, de preservar el propio equilibrio psicológico.

Pero vayamos a lo ocurrido, que es escueto y se conoce. Había primero decidido Auden alistarse como combatiente, porque, según le comentara a los allegados, ello era corolario ineludible de su compromiso. Después, antes de emprender el viaje, opta por convertirse más bien en conductor de ambulancia. Sin embargo, una vez en España, las autoridades —que si algo dominaban a fondo era la movilización de artistas e intelectuales; recuérdese que el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, de 1937, llegó a disponer, según nos cuenta de primera mano Stephen Spender, de un Rolls-Royce pertrechado de champagne en el que trasladar a los invitados— deciden que les resulta mucho más rentable contar con él como propagandista, tarea que, empero, dista mucho de satisfacerle y de la que apenas tarda en distanciarse. El propio Auden nos describe, ya en los años cincuenta, de qué forma se le derrumba el mito de la II República nada más pisar el suelo de Barcelona, y descubrir que se hallan cerradas todas sus iglesias:

«To my astonishment, this discovery left me profoundly shocked and disturbed. The feeling was far too intense to be the result of a mere liberal dislike of intolerance, the notion that it is wrong to stop people from doing what they like, even if it is something silly like going to church. I could not escape acknowledging that, however I had consciously ignored and rejected the Church for sixteen years, the existence of churches and what went on in them had all the time been very important to me».

Epifanía íntima y fundamental donde la haya, nuestro personaje experimenta de golpe su propia caída del caballo. Tengamos en cuenta que no se trata de un beato (en «Reading», define así la religión de su preferencia: «Roman Catholic in an easygoing Mediterranean sort of way. Lots of saints»), sino de un curtido escritor marxista de treinta años acostumbrado a imponerse, lo que confiere más peso a su hallazgo. La causa del bando republicano no es la causa de la libertad o de la civilización, comprueba, sino la de quienes la maltratan con denuedo. Esa utopía de democracia directa, avances científicos ilimitados, compañerismo afectuoso, comunión con la naturaleza, lujos inofensivos («To-morrow the exchanging of tips on the breeding of terriers») y simple gozo de vivir que él nos pinta con tan vivos colores en «Spain», como postal esplendorosa de la sociedad sin clases a la que el comunismo nos llevará en el inmediato mañana, y para construir la cual serían una contrapartida asumible la guerra, la brutalidad y hasta el asesinato de personas inocentes, es en verdad la más macabra de las distopías. Se trata de una mentira infame, de una estafa abyecta, la misma que, en cascada creciente, irían denunciando, espantados y en considerable número, buenos excomunistas y exprogresistas como el propio Stephen Spender, Cecil Day Lewis, George Orwell, Arthur Koestler, André Gide, Ignazio Silone o Richard Wright, entre otros. Por no hablar, claro, en la segunda mitad del siglo XX, de Alexander Solzhenitsin, del cual, para que nos ubiquemos, dijo el novelista Juan Benet, profiriendo una frase tan insigne como el chalet de El Viso en el que vivía, con aquel rutilante Jaguar a la puerta, que su mera existencia era suficiente para justificar los campos de exterminio estalinistas.

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Auden era proclive a disertar sobre lo humano y lo psicosocial desde una mayor distancia, a través del milagro interpuesto que nos suministra, sin fallarnos, la gran literatura. De ahí, sin duda, que su crítica deslumbre y dé tanto placer duradero, exenta como está de todo academicismo, de cualquier asomo de presunción. Claro que ello no quiere decir que no esté hablando del hombre, del sufrimiento, de la traición o la política. Sino que muy al contrario le será, por predisposición y cortesía de poeta, más caro discurrir, con tal motivo, acerca de Shakespeare; o analizar con ojos nuevos la presencia atemporal del mal entre nosotros, a propósito de Dostoievski y de Dante:

«Like Dostoyevsky, Dante exploits the figures of Satan and Iscariot to remind us of the reality of evil. He’d have had only scorn for the mechanistic theory that’s tried to turn society into a mass of pleasure-seeking units. The modern view is: we live in a world of imperfect materiality. The perfection of technical methods helps us to progress. Almost no one believes in a force of evil; no one now can conceive conditions so bad economic measures cannot cope with them. The technician, the modern man, looks on natural catastrophes and moral disorders as flaws in the overall machinery of living. Individuals to him are objects to handle, things responsive to manipulative techniques. But Dante explained evil rationally».

De esta suerte, destacaríamos que Auden es uno de los primeros intelectuales europeos en transitar —más allá de los viajes de ida y vuelta que se dieron en los años veinte entre fascismo y comunismo, cuando pocos sabían a ciencia cierta lo que se cocía— la posteriormente concurrida senda que va de la asunción del comunismo, frívolamente acariciado desde el dandismo burgués, hasta el más sobrio y honesto de los desengaños, y que lo hace en un periodo extraordinariamente incierto y difícil. La mayor parte de sus coetáneos emprenderán idéntico camino algo después, cuando la información sobre los juicios de Moscú era más exhaustiva y cuando empezaba a resultar innegable que la praxis comunista resultaba por sistema genocida. Por supuesto que ello no impediría que nuevas generaciones se dejasen embaucar por el comunismo, con el único resultado, al cabo de sus respectivos periodos de ensoñamiento y enajenación cognitiva, de acabar mirándole cara a cara al espanto. Llámense Kingsley Amis, o Robert Conquest o François Furet, volverían a ser otros brillantes escritores e intelectuales de fuste quienes, tras la II Guerra Mundial, inmunes a las lecciones duramente aprendidas por sus colegas de los años treinta, y obcecados en su alegría apocalíptica y antisocial, volverían a dejarse tentar, durante los años de su primera juventud, por la idea comunista.

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En los casos citados, no se retrasarían mucho en enmendar sus errores. A ellos les debemos algunos libros impactantes, en cuyas páginas está contenida la mejor refutación del comunismo, la más gráfica descripción de sus crímenes, la más vívida explicación de la patología que, una vez y otra, induce a jóvenes de talento a convertirse en «compañeros de viaje» de experiencias innegablemente perniciosas, mendaces y asesinas. Así publicó Furet, uno de los mayores historiadores del siglo XX, su voluminoso Le passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au xxe siécle, en 1995, poco antes de morir, siendo ya póstumo el apasionante intercambio epistolar, Fascisme et communisme, con Ernst Nolte. Pese a su brevedad, implica un diálogo de altura acerca de cuestiones interpretativas de máximo calado, y que tal vez podrían comenzar a estudiarse los que, sin ton ni son, andan a cuestas con el sonajero de la memoria histórica. Robert Conquest, por su parte, el prestigioso poeta y editor además de diplomático e historiador, se ha ido convirtiendo en el mayor sovietólogo de nuestro tiempo, siendo de lectura inexcusable su libro sobre el terror estalinista, en la edición revisada que es ya posterior a la apertura de los archivos soviéticos. Por completar el marco mínimo de las referencias más elementales, en fin, recomendaré la edición en Harvard University Press de The Black Book of Communism, verdadero memorial de atrocidades; sin dejar de ponderar, en una vena más divulgativa, el Koba the Dread. Laughter and the Twenty Million, del novelista Martin Amis, sugestivo por la intensidad de su escritura, y también en la medida en que relata la recurrencia del fenómeno en dos generaciones, la del padre y la del hijo.

Diríase, por tanto, que Auden no renunció jamás a esa función de liderazgo antes enunciada, sino que fue, a su manera y a la postre, pionero en descubrir en qué consiste el error al que venimos refiriéndonos, y con ello nos centramos, por ir acabando, en la memoria histórica. La «memoria histórica»… ¿de qué? ¿De la propaganda estalinista en los años treinta, que alegaba defender la democracia en España mientras desmentía el exterminio masivo de su propia población, manipulaba con ideología mendaz incluso el ámbito de la ciencia experimental (como se aprecia en el caso Lyssenko, para pavor de cualquier genetista) o asesinaba en secreto a un Peter Palchinsky, y con él el futuro de la ingeniería soviética, alardeando, con voluntarismo digno de mejor causa, de que la mentira oficial es por definición capaz de transformar cualquier realidad? ¿Esa memoria histórica? ¿La de Negrín, Ibárruri y Carrillo, contra la que Auden y sus hermanos reaccionan con pleno conocimiento de causa y singular coraje cívico a partir de 1937? Una de las falacias más divulgadas hoy en día, especialmente en la España que nos toca, es la de predicar que el llamado «antifascismo» supone una consecuencia del fascismo, una valerosa reacción a éste, y cronológicamente posterior. La realidad y la verdad histórica son exactamente al revés. Lo corrobora, con su peculiar perspicacia, el filósofo marxista Guy Debord: «El fascismo fue un modo extremista de defensa de la economía burguesa, que se sintió amenazada por la crisis y por la subversión proletaria, una reacción contra el estado de sitio de la sociedad capitalista, mediante la cual esta sociedad consiguió salvarse, dándose una primera racionalización de urgencia al hacer intervenir masivamente al Estado en su gestión». ¿Se necesita más? ¿De veras queremos seguir diseminando, porque conviene a la retórica comunista, que es el carro el que tira del caballo, y no al revés?

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En consecuencia, parece evidente que no hay coartada más esquizoide, para unos intelectuales aburguesados, hedonistas y celosos de la individualidad resignados a «comprender» a Lenin, Stalin, Mao, Castro o Pol Pot (o felices de hacerlo) como parientes más o menos lejanos de su propio «compromiso», que su pintoresca variedad del antifascismo democrático, esa que lucha codo con codo y comparte imaginario simbólico con los comunistas para «instaurar» la libertad; toda vez que han sido en nuestra experiencia histórica el fascismo (y no olvidemos lo mucho que Hitler, por lo demás un psicópata de cortísimas entendederas, copia directamente de Lenin y de Stalin, dos precursores que él odia y a los que tiene a la par muy en cuenta), o el autoritarismo reactivo de corte defensivo, los que, con tristísima y pavloviana asiduidad, retornan como respuesta, y no como detonante, cada vez que los humanos decidimos que nos apetece olvidar y barruntamos, con adanismo progresista siempre joven, que una buena revolución con fuego, expolio, destrucción y muertos puede despejar el tedio y aliviar el rencor (so pretexto de salvar al Hombre en abstracto, desde luego), aunque tiremos una vez más por la borda lo construido con esfuerzo y generosidad por los antepasados.


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