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guelfos_img_0.jpgExisten dudas fundadas de que el libro aquí reseñado en realidad haya sido siquiera escrito. Las razones generales que abogan a favor de tal hipótesis no radican en la procedencia de sus capítulos, publicados originalmente en un blog dantesco ad litteram (www.guidocavalcanti.blogspot.com.es), sino en tres hechos muy amplios y a la vez muy elementales: que la parte escrita de la obra de cualquier autor humano, por rica que sea —tanto en cantidad como en calidad—, siempre es más escasa que su obra no escrita; que lo anterior sigue siendo verdad por extensa e intensa que sea la obra escrita de un autor humano; y que la mayor riqueza cualitativa —ciñéndonos ahora solo a esta dimensión— de la obra no escrita de un autor constituye un fenómeno meramente relativo. Esto es: que la obra no escrita de un autor siempre es más rica que la escrita, en todos los casos, pero siempre y únicamente en relación a la obra escrita de esa persona, y no en términos absolutos. Pues aunque siempre ocurre que la creciente extensión de la obra escrita de un autor es debida a la mayor riqueza de su obra no escrita, no siempre tal cosa es, sin embargo, claro indicio de la riqueza intrínseca de su creación. Y por ello no resulta infrecuente que la mera cantidad de publicaciones de un autor en realidad no pruebe sino su indigencia en comparación con la de otros. O que la obra brevísima de uno sea inconmensurablemente más valiosa que la casi infinita de otro. A veces hasta ocurre que el mejor libro de un buen autor es el que nunca escribió. Los casos sorprendentes o paradójicos que los hechos mentados propician son innumerables. Uno de los más llamativos, y por eso nos detenemos en él, es que, en ciertas extrañas ocasiones, incluso sucede que un libro escrito en realidad forma parte de la obra no escrita de su autor.

En nuestra opinión —ya lo hemos dicho—, el libro de Armando Pego Puigbó aquí presentado es precisamente una de tales obras no escritas. Y lo es, a su vez, por tres motivos fundamentales que lo sitúan en los antípodas de la presunta excelencia que tanto obsesiona a la actual burocracia académica: porque está bien escrito, porque es reaccionario «a su pesar» y porque, incluso a su pesar, es verdadero. Tratemos brevemente, y no de forma sucesiva sino en su interconexión, estos tres aspectos.

El libro de Pego que ahora glosamos es de aquellos cuyo riesgo más hondo —al que no dudan en precipitarse— radica en el hecho de estar bien escritos. La simple capacidad (o, peor, la facilidad) para los enlaces sintácticos no solo correctos sino creativos, así como para un vocabulario chispeante y avasalladoramente superior a la media, denuncia de inmediato la existencia de una fe lingüística y gramatical incompatible con la no existencia de Dios postulada por nuestro tiempo. ¿Quién se atrevería hoy, ciertamente, a declarar escrito un libro bien escrito? Naturalmente, un reaccionario, aunque tenga que ser a su pesar…

Pero el riesgo de escribir bien un libro condenándolo, así, a permanecer no escrito, radica igualmente en una segunda cuestión de parejo alcance general: pocos parecen contemplar hoy la posibilidad de que el énfasis puesto en el componente retórico y literario de una obra no signifique inmediatamente la evaporación de cualquier pretensión veritativa. ¿O acaso no ocurre que la atención centrada en los modos del hablar y del escribir desafían per se, en nuestra era postnietzscheana, la noción misma de una adequatio rei et intellectus? Si el libro está bien escrito y es, por tanto, bello, tal cosa significa, para la opinión imperante, que se instala en la quiebra del verum y el pulchrum. El surgimiento de la más mínima duda con respecto a lo absoluto de la mentada fractura implica, por supuesto, la ineludible expulsión de lo escrito a las tinieblas de lo no escrito. A su pesar, un libro que sobrelleva la sentencia que le impone no poder ser verdadero más que siendo reaccionario: la conciencia de tal condición atraviesa no solo los contenidos del libro de Pego, sino también y sobre todo su forma, y esto tanto pasiva como activamente —y de ahí que el riesgo del escrito acabe siendo grandioso—. Un libro que solo puede ser redondo tomando la figura de un estallido: el de la dinamita que la falsedad insertó en la redondez de la verdad y que esta —la propia verdad— no dudó en prender por mor de sí misma…

El libro que reseñamos, en efecto, aspira a superar en su propio desarrollo fragmentario —a través de espléndidos paradigmas literarios, musicales, filosóficos, teológicos…— el claroscuro de una neoescolástica del pseudodiscurso posmoderno, aspiración tanto más grave (en el sentido físico-etimológico del término) cuanto que no solo no desconoce, sino que se asienta en los terrores de la universal carencia de sentido del sentido transparente hoy dominante, proponiendo un paso más allá del mismo que en realidad se vuelve hacia arriba y hacia atrás

En pocas palabras, y como obra de un laico que se reivindica en cuanto tal contra toda especie de clericalismo eclesiástico y antieclesiástico, el libro solo logra inscribirse en el tiempo, que no escribirse, evocando la hoy cada vez más ininteligible experiencia monástica de la palabra y de lo eterno. Si se quiere comprender el contexto del texto, pues, nada más necesario que releer el clásico de Dom Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, al que el propio Pego dedica uno de los capítulos de su Paraíso. En el título de la introducción de este extemporáneo imprescindible (Gramática y escatología —el mismo que el del capítulo de Pego dedicado a rememorarlo litúrgicamente), el lector encuentra el subtítulo real —por supuesto, ausente— del libro reseñado: la clave más determinante de su tan intempestivo como inevitable carácter no escrito.

Alguien dijo unas décadas atrás que «hay cristianos que consiguen hacer tan invisible su cristianismo que en el mundo solo pueden percibirse paganismo e idolatría». No es este, sin duda, el caso de Armando Pego Puigbó y sus XXI Güelfos.

Carlos Llinàs


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