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Columnista de referencia en La Vanguardia, poeta y ensayista, Antoni Puigverd (La Bisbal d’Empordà, 1954) acaba de publicar en castellano y en catalán La ventana discreta. Cuaderno de la rueda del tiempo (Libros de vanguardia, 2014), un generoso dietario que se lee como un ensayo sobre el paso del tiempo, el sentido del arte, la cultura y la vida y, en definitiva, el valor intelectual de la discreción en una época definida por el exhibicionismo y el culto a la inmediatez.

·           En el libro, usted huye de lo fugaz para reflexionar sobre el sentido de lo humano: indaga sobre los sentimientos y se pregunta por la transmutación de los valores. Hay una perplejidad en La ventana discreta que reivindica la necesidad intelectual de la duda, especialmente en un mundo azotado por los dogmatismos maniqueos. “La duda, ciertamente, corroe la propia identidad”, escribe. Creo que todos los grandes humanistas de Europa, de Montaigne a Erasmo, estarían de acuerdo con esta afirmación. Lo propio de la democracia serían las identidades imperfectas, prudentes, más que las grandes exhibiciones de la voluntad… 

·         Una visión cínica sostiene que  la democracia mantiene la guerra por medios pacíficos y que esto es ya un gran avance. Lo es, ciertamente. Pero nunca aleja realmente el peligro de la guerra. Es más, la violencia verbal maniquea puede llegar a ser una forma de guerra menos cruenta, pero no menos dañosa para las personas y los bienes. El bullying puede no ser físico, pero destroza igual a quien lo sufre. Para conjurar la guerra real o simbólica, es necesario el rigor cívico. Y uno de los ingredientes esenciales del rigor  cívico es la contención. La contención implica aceptar límites a tu identidad personal o colectiva. Aceptar que no podrás desarrollarlos al máximo. Aceptar la imperfección.  

Para no quedarme en mera retórica abstracta lo concretaré a partir de mi identidad catalana. Una parte de catalanes, ahora aparentemente menor que en otros tiempos, aprendimos a aceptar el límite que implica la existencia del otro a fin de garantizar el bien mayor: una  sociedad de equilibrios. Lo aprendimos durante el franquismo, cuando nuestra lengua era perseguida y nuestra identidad invisibilizada. A conseguir este equilibrio empleamos las mejores de nuestras energías en el antifranquismo y después en democracia. El catalanismo integrador cree que no hay nada más importante que la unidad civil. Unidad que se funda en la aceptación de la diferencia y en el respeto a las minorías. Es distinto del nacionalismo de origen herderiano, que preside la vida española y que preside también ahora, desde hace unos años, la vida catalana. Aunque ambos nacionalismos son modernos y democráticos, amén de tener un discurso integrador, pues se jactan de aceptar al diferente, no pueden resistir la tendencia al uniformismo, a la ilusión de la pureza, a la persecución de la homogeneidad, al perfectismo nacional, lo que implica la construcción de un relato falso sobre el pasado, en el que la historia juega un papel predominante. Desde hace años, debido a la fuerza del independentismo catalán, está de moda criticar la manipulación de la historia que se da en Cataluña. Una manipulación que enfatiza el relato romántico.  El problema de esta crítica es que se hace sin espejo. Leo hoy mismo una entrevista a Carmen Iglesias, directora de la R.A. de la Historia  en la que carga sin ambages y con gran saña contra la educación en Cataluña (afirmando cosas de las que no tiene pruebas, por ejemplo: “¡Que a unos niños en Cataluña les pregunten “quién nos roba” y contesten “España”, eso es adoctrinamiento!”. No sabemos de dónde saca una señora de tan alto rango institucional esta afirmación (he sido profesor de instituto y sigo manteniendo mucha relación con este tipo de centros, no tengo noticia alguna de que lo que sostiene  Iglesias sea cierto). Y sin embargo, sin necesidad de inspeccionar centros, simplemente abriendo el televisor podríamos comentar  la serie de gran éxito que TVE programa sobre los Reyes católicos que ahora continúa sobre el emperador Carlos, en los que se habla de “lengua común” (¡en el siglo XV!) se evita citar Barcelona y Valencia y, por supuesto, en la época de los Papas Borgia, cuya correspondencia con sus hijos fue  escrita en catalán, dicha lengua no existe.  La identificación romántica entre España y Castilla sigue vigente  en el máximo instrumento de creación de ideología que es el televisor y esto sucede ante la total despreocupación de la intelectualidad española, que solo sabe ver la paja en ojo ajeno.  

Soy y he sido muy crítico sobre el llamado procés, lo que ciertamente no es fácil en un momento en el que el independentismo es hegemónico, pero me resisto a establecer una descripción  maniquea, especialmente viendo lo cómodamente instalada que está la clase intelectual española en los tópicos de tradición romántica que propagó hasta la náusea el franquismo (educador de las generaciones que han mandado en España hasta ahora mismo, no se olvide).  

·         “Sólo perdura la moral de los hipócritas”, leemos en su libro. Sabemos que las democracias ricas disfrutan de un alto grado de confianza en las instituciones. Un pacto de veracidad entre las partes es fundamental, lo cual a su vez exige algún tipo de compromiso con la verdad y no tanto con la representación. Sin embargo, esto ha entrado en crisis en las últimas décadas. Si nada es verdad…, ¿con qué moral se construye una sociedad? ¿Y cuáles son sus efectos?

·           Con la mentira solo se construyen teatros y escenarios que se queman cuando la dureza de la realidad embiste. La transición se construyó sobre la mentira del abrazo y del consenso, cuando en realidad fue un pacto de impotencias.  Mientras la situación de empate (o de miedo del otro) duró, el equilibrio se mantuvo. Aznar, consciente de que la hegemonía democrática del PSOE de González podía eternizarse, rompió con el mito del consenso e impulsó una “segunda transición” fundamentada en la dialéctica amigo / enemigo. Y su combate, guste o no, hay que considerarlo ideológicamente vencedor. Pervive incluso durante los años de Zapatero, que para resarcirse, intenta reconstruir el bando republicano y ganar en el presente retórico la guerra que perdió la república en el frente. A partir de entonces, las trincheras de la guerra están recreadas teatralmente y el fuego retórico no deja de aumentar. Como decía antes, estamos coqueteando teatralmente con la guerra.  

Otras formas de hipocresía están ocultas en palabras de moda. Austeridad o transparencia. Siempre quieren significar una obligación para otros. ¿Y qué decir de la corrupción? Es la cruda verdad que se ocultaba detrás del escenario en el que palabras sacrosantas como nación y patriotismo se usaban como fetiche. Aunque la hipocresía que más directamente me subleva es la de mi generación (usando el término en sentido laxo). Ha encabezado todas las modas. Su volubilidad es de campeonato. Ninguna generación en la historia ha presidido tantos y tan distintos candeleros: desde los sesenta hasta hoy en que, por edad, empieza a declinar y desaparece lentamente de la primera fila. La generación progre ha ido abandonando  iconos, ideas y proyectos como quien tira un kleenex. Ha hegemonizado el discurso cultural e ideológico supuestamente de izquierdas en Catalunya y España gracias a la táctica de ir cambiando el rumbo en cada esquina coyuntural.  Lo digo en mi cuaderno: “Ha pasado del comunismo al liberalismo sin traumas; del combate por la pluralidad cultural, a la subordinación a las industrias culturales; de la modernidad fuerte, a todas las debilidades de la posmodernidad; de la seriedad, a la obligación de la broma; del marxismo, a la gastronomía; de la política, al fútbol; del catalanismo, al cosmopolitismo; del progreso colectivo, al triunfo personal. Del acento social, a la entronización del derecho individual”. Nada era verdad para ella, la generación más ideologizada es también la más falsaria.  

·        Usted lleva años ejerciendo la labor de articulista de opinión en el diario barcelonés La Vanguardia, por lo que sigue con gran detenimiento la actualidad política del país. Para alguien que no es catalán o no vive en Cataluña, dos cuestiones resultan acuciantes: ¿cómo le explicaría el procés?, ¿tiene alguna posibilidad de éxito? A lo que yo añadiría una tercera: ¿cuánto hay de representación en este desencuentro?  

·            Necesitaría el espacio de un libro para explicarlo bien. Desde mi honesto punto de vista, la cosa empieza con Aznar. Aprovechando muy hábilmente la indiscutible razón moral de la lucha contra Eta, se propuso reunificar España, esto es: corregir en sentido recentralizador lo que él, ya desde sus años de funcionario en la Rioja, consideraba el error principal de la constitución: el título VIII. No importa que, en realidad, Aznar, por razones tácticas (es decir: sus pactos con Pujol), fuera uno de los presidentes españoles más concesivos con el nacionalismo catalán. Lo importante era, como se dice ahora, el relato: la visión de España que su gobierno y su entorno mediático pusieron en circulación. Contribuyeron a elaborarlo un grupo de intelectuales partidarios del republicanismo cívico y abanderados de la tradición ilustrada que, describiendo la democracia en términos estrictamente franceses (como si la Suiza confederal o el Reino Unido no fueran democracias), atacaron al catalanismo identificándolo con la premodernidad.  Aznar hizo posible la síntesis que aún es hegemónica en la España de matriz castellana: la síntesis entre la idea falangista y la idea liberal de España. La síntesis entre Azaña y José Antonio o, si quieren, entre Mayor Oreja y Fernando Savater. Una síntesis que permite a los que participan de ella atacar a los nacionalismos (exceptuando el español que, al parecer, desapareció por ensalmo con la constitución) por antiliberales y anticívicos. Una España de ciudadanos que se defiende de los nacionalismos, tachados de feudales, egoístas y premodernos.  

 La fuerza de esta síntesis aznariana tiene tal impacto en España que, en un momento dado, cree estar en condiciones de ir más allá. Pretende enmendar, de facto (mediante un tribunal constitucional obscenamente politizado) los equilibrios y ambigüedades que dieron lugar a la Constitución. Ciertamente, los errores catalanes contribuyeron a ello (la malograda aventura del nuevo Estatut). Y el golpecito de gracia lo da la crisis, que convierte los gastos de las autonomías en un peso insoportable y permite la recentralización mediante decretos y normativas.   La tensión que Aznar introdujo en su relato de España suscitó en Cataluña una reacción alérgica (la ERC de Carod), que, sumada a la anemia final del maragallismo (el último intento del españolidad catalanista) y a la debilidad ideológica del PSC, acabó causando una caída de naipes en cascada:  los errores del Tripartito, la experiencia frustrante del Estatuto, la reacción tremendista en contra del Estatut por parte del PP y la sentencia del TC que lo dejaba todo en un callejón sin salida fabrican la situación actual. Una situación que podríamos describir en estos términos: el independentismo se apodera del relato al fracasar los proyectos centrales (CiU i PSC). Aprovechando la dinámica negativa que había dejado la sentencia del TC, propuso un giro de 180º. Enseguida logró generar una dinámica popular, confluyó con el nacionalismo de Convergència en tránsito generacional y ha obtenido un resultado importante, pero corto: 47%.

 El gran error del soberanismo fue ignorar la complejidad interior catalana. Del mismo modo que la visión hegemónica de España, vigente desde Aznar, se empeña en ignorar la complejidad interna española y sigue insistiendo en una idea muy discutible: la democracia es a la francesa o no es. El hecho es que podría ser suiza, alemana o anglosajona, pero no hay que ir tan lejos: Ernest Lluch y Herrero de Miñón encontraron un buen antecedente histórico en casa, el austriacismo, que sigue esperando en el limbo.  

·            Un tema que me interesa es el colapso del catalanismo moderado. ¿Tiene alguna posibilidad de rehacerse o forma ya parte inevitablemente del pasado? De hecho, ¿no cree que la solución definitiva al procés sólo puede llegar de las filas del propio catalanismo moderado, en lo que tiene precisamente de transversal? Y una cuestión que se entrecruza con la anterior: ¿volveremos a conocer un catalanismo con voluntad hispánica, que no sea independentista?  

·         No veremos el resurgimiento de un catalanismo moderado si en España no aparece un españolismo moderado que reconozca la posibilidad de articular el país de acuerdo con la realidad española tal cual es y no según dicta la plantilla francesa, identificada abusivamente con la única posibilidad de democracia. La mayoría de la sociedad catalana quiere encajar con naturalidad en España; pero necesita cerciorarse de que el resto de España también lo desea. La aventura del Estatut fue nefasta, pero perfectamente constitucional y, curiosamente, la respuesta española fue tan crítica, reticente y severa entonces como lo es ahora con la reclamación de  independencia. No será fácil que renazca el catalanismo moderado mientras no aparezca con claridad (Podemos ya lo hace) un planteamiento español consciente de que la sociedad catalana necesita sutura y no severidad, reconocimiento de la diferencia y no desprecio o problematización de la misma.  

El catalanismo es hispanista. Siempre lo ha sido. Lo que no está claro es si en el resto de España están de acuerdo con una España no uniforme, lo que no significa desigual. El rey Felipe es el único alto personaje actual que ha reiterado esta distinción, que no es bizantina, sino capital: unidad no equivale a uniformidad. Podríamos añadir: igualdad no implica homogeneidad. Cuando la intelectualidad española deje de jugar  a este fácil juego de reducir democracia al modelo francés (asociándose con naturalidad con el mito romántico de una España unida desde hace 500 años, un mito tan ahistórico como cualquiera de los que defiende el nacionalismo catalán), cuando esto suceda, el catalanismo que defiende la entente respetuosa e inclusiva con el resto de España, lo tendrá más fácil. Ahora los moderados lo tienen difícil porque en cualquier sociedad la tensión binaria obliga a escoger. En el resto de España se dice y se repite que el independentismo separa. Y es cierto. Pero de los separadores nadie se acuerda, a pesar de que están en el origen del problema.   

·         En La ventana discreta, usted anota: “Arruinada la ficción racionalista, queda tan sólo el nihilismo como creencia social”. Supongo que se trata de una consecuencia más de la moral hipócrita. Pienso en Artur Mas, por ejemplo. Como figura política surge del ecosistema pujolista. No se le conocen especiales veleidades independentistas, pero a partir de un momento dado busca capitalizar el secesionismo, primero con el eje común del “dret a decidir” y después directamente con la ruptura. Su legado es, cuanto menos, complejo: una Cataluña más polarizada en los extremos ideológicos, la destrucción del catalanismo moderado, una caja quebrada y su propio partido –CiU– destruido. ¿Sería una simplificación excesiva definirlo como nihilista? Y, en todo caso, ¿cómo cree que pasará a la historia?  

·         Sobre Mas he escrito mucho.  He criticado su incapacidad para el diálogo, su tozudez interesada, el simplismo de sus planteamientos, la instrumentalización de las instituciones, sus cambios de camisa, sus reduccionismos, su confusión de la parte por el todo. Algunos intelectuales del nacionalismo me han acusado incluso de contribuir a “la campaña de  odio a Mas”.

 Ahora bien, un error constante y obsesivo de la prensa de Madrid ha sido creer que Mas era el insensato, el loco que arrastraba a los catalanes a la ruina. No es así: Mas sube al carro del independentismo porque no resiste la presión de la calle y confunde la parte con el todo (y también, claro está, porque entiende que el independentismo eclipsará la corrupción de su partido y las dificultades de gobernación de la Generalitat en plena etapa de recortes por la crisis). Al subir al carro, Mas concede al independentismo una fuerza centrista e incluso derechista que antes no tenía. Normaliza el independentismo. Pero, atención, no lo inventa. Esta corriente ya dominaba en la calle desde que, en 2010, el catalanismo moderado sufrió el bofetón de la sentencia del TC sobre el Estatut. Mas se suma a algo que ya está en marcha (y, como he explicado antes, si está en marcha es por causas que no competen solamente al nacionalismo catalán). Mas da fuerza y credibilidad al independentismo, pero no se lo inventa. No es el flautista de Hamelin.

 Dicho esto, la personalidad de Mas es interesante como  sujeto de estudio. No sé si es nihilista, pero es impermeable. Es un jugador de póquer marmóreo. No ha cedido un palmo, a pesar de contar con cartas bastante malas. Esto ha sorprendido en Madrid, donde estaban acostumbrados a una caricatura pedigüeña, victimista y meliflua del catalanismo. El periodista P.J. Ramírez había escrito: “El catalán es  un tigre de papel, ruge pero no muerde”. Pues bien, con Mas dejó de ser un tigre de papel. De ahí la inquina que ha suscitado.

 Desde mi punto de vista, lo importante es, sin embargo, la división en el interior de la sociedad catalana que ha suscitado el planteamiento binario. Una división que no es dramática, como se afirma, pero sí importante, pues ha causado la muerte del principal activo de la cultura política catalana en los últimos 50 años: el catalanismo integrador e inclusivo. La decisión de avanzar hacia el precipicio sabiendo que el precipicio estaba ahí es el principal error de  Mas. Nunca explicaba a los catalanes los peligros de su jugada. Siempre se presentaba como víctima. Siempre confundía sus posiciones con las del país e identificaba España con el PP. Estos reduccionismos son habituales en política, pero en las delicadas circunstancias del presente son un abuso imperdonable. 

 Es fácil criticar a Mas, especialmente si se considera que toda la culpa es suya. Pero no era fácil presentar una alternativa a Mas. La sentencia del TC, que está en el origen de todo, no ha sido enmendada; y es la gota de vinagre que colma el vaso.   

·           Finalmente, me gustaría volver al libro y recuperar el final, donde usted reflexiona con Spinoza sobre el miedo y la esperanza. “Hemos perdido la esperanza –escribe–, de ahí que nuestros miedos sean tan intensos”. Es una cuestión que recorre todo el siglo XX: ¿cómo perseverar en la esperanza? ¿Dónde puede echar raíces?  

·          En su Tratado político, Spinoza sostiene que la esperanza sin miedo es ilusa; pero el miedo sin esperanza es ingobernable. Yo añado que el tiempo actual no permite la esperanza. Nuestro mundo está asustado por los cambios que se suceden vertiginosamente. La precariedad económica, hija de la globalización impide a los individuos de nuestra época confiar en su futuro. Las confusas tensiones multipolares, con nuevas potencias ajenas a la tradición occidental, ¿a qué mundo conducen? Como evolucionará lo que ahora percibimos como inquietante factor islamista? La globalización humana está creado unas sociedades culturalmente complejas en las que nadie se siente en casa, lo que crea orfandad y deseo regresivo. ¿La ciencia y la tecnología conseguirán atemperar, corregir o depurar las consecuencias negativas del progreso, que tanto empiezan a preocuparnos ahora, debido a las evidencias cada vez menos discutidas del cambio climático? No está claro que lo consiga.

 Incluso un avance evidente como es el de la ciencia médica que nos proporciona un aumento de los años de vida genera un problema, la superpoblación: no sabemos con qué postulados éticos nos tendremos que enfrontar pronto  a la vejez, a la enfermedad, a la congestión del territorio…  Estamos asistiendo a una época de decepción del progreso. La cultura humana lo fió  todo al progreso material y social. Me pregunto si los miedos y la falta de horizontes no derivan de este monocultivo. Si como dice el tópico, el dinero no da la felicidad, el progreso al parecer, tampoco. El progreso está ahí, pero la vida parece más triste (o igualmente triste) que antaño. Hay que edulcorarla con grandes dosis diarias de sensualidad y distracción: comer y ver series sin parar.

 La esperanza arraiga en los corazones libres y despreocupados. No estoy seguro de que nuestro tiempo permita la libertad y la despreocupación cordiales. A lo mejor, deberíamos explorar hacia adentro. Explorar la mina interior. No sé si estamos a tiempo, colectivamente, de hacerlo. Individualmente sí, por supuesto: la esperanza puede cultivarse en la intimidad como un bonsai. Pero decidimos centrar nuestra esperanza en el exterior, en lo material. ¡Y en  el exterior son ahora tantas las amenazas…!

 

  


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