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Fue mi admirado Jon Juaristi quien hace ya bastantes años me recomendó la lectura de Alvaro Mutis (Bogotá, Colombia, 1923). No voy a decir cuánto me gusta el Mutis narrador, porque aquí lo que importa es el Mutis poeta, que reunió su poesía (1948-1988) bajo el título de Summa de Maqroll el Gaviero en un tomo de la benemérita colección Visor (1992). Gozaba ese volumen de un esclarecedor prólogo de Rafael Conté, en el que el crítico situaba al poeta en la mejor tradición épica de la modernidad, desde Walt Whitman hasta Borges, pasando por Claudel, Saint-John Perse y Neruda. Parecía que los excesos de la vanguardia habían desterrado definitivamente lo narrativo del territorio de la lírica, cuando autores como Alvaro Mutis, rebosando cultura histórica y escepticismo, nos devuelven la fuerza narrativa de la épica anónima, la del Cantar de ígor, la Chanson de Rolando el Beowulf, y ello en un marco del siglo XXI, porque la poesía de Mutis no sólo no es anacrónica, sino que resulta profética de la poesía que a buen seguro va a ser “moderna” la centuria que viene.


No es de extrañar, así, que la obra poética de Alvaro sea de gratísima lectura, pues toda poesía de calidad que no pretende enarbolar la bandera neovanguardista ni erigirse en depositaría de los secretos del universo o de los misterios del ser, suele ser divertida de leer, contagiosa, centelleante, y la de Mutis lo es en altísimo grado. Parece lógico que el poeta colombiano afincado en México se interese por la poesía de uno de los triunviros de NUEVA REVISTA, Julio Martínez Mesanza: un idéntico anhelo de aventura, una misma postura de rebeldía ante la political correctness que nos devora el alma, una interpretación moral pareja de la literatura y de la vicia reúne a Alvaro y a Julio en la misma casilla.


Por lo demás, la poesía de Mutis transciende la frontera de los géneros, tan fastidiosamente esgrimidos por profesores y manualistas, y se convierte en mera escritura, o sea, en un discurso paralelo a la vida que manipula el mito y la historia con fines comunicativos. La letanía, la enumeración (nada caótica, por cierto), la anáfora, el formulismo, son elementos fundamentales en la poesía de Alvaro, que tiene algo de inscripción arcaica grabada en un desfiladero inaccesible, sin que la dificultad de acceso al lugar signifique de modo alguno dificultad de acceso a la inscripción, pues la claridad de su escritura es un hecho incontrovertible.


Ofrezco a continuación uno de los poemas en que Mutis declara su amor imposible a la Infanta Catalina Micaela, hija de Isabel de Valois y de nuestro Felipe II, de cuya muerte hace ahora cuatrocientos años. El poema consta en el libro Crónica regia y alabanza del reino (Madrid, Cátedra, 1985), dedicado íntegramente a la memoria del Rey Prudente.


REGRESO A UN RETRATO DE LA INFANTA CATALINA
MICAELA, HIJA DEL REY DON FELIPE II


Algo hay en los labios de esta joven señora,
algo en el malicioso asombro de sus ojos,
cuyo leve estrabismo nos propone
el absorto estigma de los elegidos,
algo en su resuelto porte entre andaluz y toscano
que me detiene a mitad del camino
y sólo me concede ocasión de alabarla
desde la reverente distancia de estas líneas.
No esconden bien el fuego de sus ensoñaciones,
el altivo porte de su cabeza alerta,
ni el cuello erguido preso en la blanca gorguera,
ni el enlutado traje que se ciñe a su talle.
Tampoco el aire de duelo cortesano
consigue ocultar el rastro de su sangre Valois
mezclado con la turbia savia florentina.
La muerte ha de llevarla cuando
cumpla treinta años. Diez hijos dio a su esposo
el Duque de Saboya. Fue tierna con su padre
y en Turín siguió siendo una reina española.
Torno a mirar el lienzo que pintó Sánchez Coello
cuando la Infanta aún no tenía dieciocho años
y me invade, como siempre que vengo a visitarla
a este rincón del Prado donde vive
en un casi anónimo recato, el deseo imposible
de sacarla del mudo letargo de los siglos
y llevarla del brazo e invitarla a perdernos
en el falaz laberinto de un verano sin término.


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