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Álvaro García es un joven poeta treintañero nacido en Málaga. Ha escrito versos hermosísimos, como los que se agrupan bajo el rótulo «Galeones», un poema que forma parte del libro Para lo que no existe (Valencia, Pre-Textos, 1999). Con «Galeones» me despido de esta sección, que tantos buenos ratos me ha proporcionado. La idea de la misma me vino de una antología que publiqué en 1998 en la colección Austral de Espasa-Calpe: Las cien mejores poesías de la lengua castellana. Cuando intenté reducir a una cifra tan pequeña los mejores poemas de la literatura en español, se me quedaron muchos en el tintero, y quise recordarlos en estas páginas. El de Álvaro García no había visto aún la luz, pero ya estaba de algún modo en mi mente cuando no lo incluí, porque en el mundo de la poesía ocurren siempre cosas mágicas, como que haya memoria del futuro y cualquier otro tipo de glorioso disparate por el estilo. En la sección que hoy finaliza, como en aquella otra que se llamó «Poetas de línea clara», traje a NUEVA REVISTA mis juguetes poéticos favoritos, esos con los que uno nunca se cansa de jugar, las lecturas que uno quiere compartir con el mundo. Pero esto se ha acabado, y mis secciones se cubrirán muy pronto con el manto protector del olvido. Hoy es el día de Santiago, uno de los más calurosos del año, y, sin embargo, hace frío en mi corazón, que no se rige por la temperatura de la calle, sino por los rigores invernales que entraña toda despedida.

Tesoro de un naufragio es el naufragio mismo,
su memoria callada y encallada,
su silencio abismal y su misterio
transitado despacio por los peces.
Se naufraga para algo.
Lo que ahí abajo late sin latir
es el haber perdido
flotación en la historia y ser sustancia
de la que el tiempo se alimenta.
Los siglos no andan solos,
comen derrotas,
trizas de pabellones,
afanes que navegan y que un día se hunden.

Pátina, aportación
del alma al tiempo o viceversa.
Cuando el mar le hace sitio al barco,
la memoria no es sólo
astillería húmeda que pasa del abismo
a la mañana del museo.
Es también galeones que yacen en lo oscuro.

La luz le duele un poco
al fragmento del barco que vuelve con poleas y derramando olvido.

El tiempo se despieza y es algo más que piezas.
No es ajuar en vitrinas y es temblor.
Es vida oscura o luminosa.
O algo intermedio,
que tal vez sea el espíritu y que escapa
mientras secamos piezas con un rótulo al lado,
como piratas de nosotros mismos.


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